José Rafael “Piculín” Ortiz tuvo un paso breve por el CAI Zaragoza, pero lo suficientemente importante como para quedar unido a la historia del baloncesto aragonés. El pívot puertorriqueño llegó a la capital aragonesa en la temporada 1987-88, antes de iniciar su etapa en la NBA, después de haber sido elegido por Utah Jazz.
Su fichaje fue una apuesta de José Luis Rubio, entonces presidente del club y responsable también de la parcela deportiva, que años después recordaba perfectamente cómo se produjo aquella operación: «Yo todos los años iba a Estados Unidos a ver las Ligas de verano y lo vi jugar». Rubio sabía que no era una incorporación sencilla, porque Ortiz era un jugador con cartel y ya había sido drafteado por la franquicia de Salt Lake City, pero aprovechó la oportunidad cuando supo que quedaba libre: «Me puse en contacto con él. Le dije quiénes éramos y cómo era nuestro equipo».
La negociación terminó con éxito y Piculín firmó por el CAI, donde se puso a las órdenes de Ranko Zeravica. En Zaragoza disputó 31 partidos y ofreció un rendimiento notable, con unas medias de 18,3 puntos, 6,7 rebotes, 0,8 asistencias, 1,5 recuperaciones, 1,5 tapones y 15,4 de valoración por encuentro, jugando además 33 minutos y 43 segundos de media. También firmó un 57,5% en tiros de dos y un 69,3% en tiros libres, números que reflejan el protagonismo que tuvo en el juego interior del equipo. Su temporada fue tan buena que Utah Jazz volvió a interesarse por él y acabó reclamando sus derechos para llevárselo a la NBA. Rubio siempre lamentó no haber podido retenerlo más tiempo, aunque reconocía que aquella salida formó parte de una negociación con la franquicia estadounidense.
De Piculín destacó no solo su calidad en la pista, sino también su dimensión humana: «Aparte de buen jugador era una gran persona y hubo una relación de amistad». En Puerto Rico, además, Ortiz ya era mucho más que un buen jugador; como recordaba el propio Rubio, «allí es un Dios como jugador». Por eso, aunque su etapa en el CAI se redujo a una sola campaña, su recuerdo permanece vivo: fue un pívot dominante, una apuesta ambiciosa del club y uno de esos nombres que, con apenas un año en Zaragoza, dejaron una huella difícil de borrar.