La política del Reino Unido tiende a la aceleración. Los plazos se consumen a velocidad de vértigo. La popularidad del laborista Keir Starmer, que se convirtió en primer ministro hace menos de dos años con una mayoría parlamentaria aplastante, no llega hoy al 19%, según la última encuesta de YouGov. Y su futuro político depende de las elecciones que se celebran el jueves —municipales en Inglaterra, autonómicas en Escocia y Gales—, en las que todos los sondeos vaticinan un hundimiento histórico del Partido Laborista. Starmer lucha por su supervivencia mientras la izquierda británica permanece apática y fragmentada y la ultraderecha sigue en auge.

En Inglaterra, más de 5.000 puestos municipales (consejeros de condados, distritos o municipios) están en juego. Aproximadamente la mitad están ahora en manos del laborismo, y la formación se arriesga a perder, según los sondeos más pesimistas, más de 1.800 de ellos. Las encuestas también vaticinan una caída del Partido Conservador —que dispone actualmente de unos 1.400 asientos—, pero no tan acentuada.

La extrema derecha de Reform UK, el partido de Nigel Farage, que hoy solo cuenta con dos de esos representantes, podría lograr hasta 2.400, según las encuestas más favorables. Por su parte, el Partido Verde de Zack Polanski aspira a conquistar territorios londinenses de cómodo dominio histórico laborista, como Hackney o Islington, y vender en la capital metropolitana culta y urbanita una “marea verde” que reconfigure las fuerzas dentro de la izquierda.

Los liberales demócratas, que habitualmente salen beneficiados en unos comicios caracterizados por el voto de castigo al partido gobernante, pueden arañar más puestos de los que tienen hoy (684) y ocupar, sin embargo, una triste quinta posición. Todo apunta a que estos comicios van a ser una batalla entre extremos.

Pero cualquier batalla electoral es también un juego de expectativas. En muchas circunscripciones la diferencia actual entre partidos es mínima. En un sistema mayoritario, donde el vencedor se hace con el puesto en liza y el resto de papeletas se tiran a la basura, todo tiene algo de impredecible.

Teniendo en cuenta las cifras de crecimientos y caídas tan brutales que están manejando las encuestas, si el resultado es luego menos abultado la lectura política tendrá que reformularse. “El laborismo podría perder cientos de representantes y afirmar, sin embargo, que su resultado no ha sido malo, y a la vez que Reform UK llegara a conseguir mil puestos nuevos y acabar siendo visto como el perdedor de estos comicios. Son unas elecciones con un punto extraño”, señala Peter Kellner, fundador y expresidente de la empresa YouGov.

El líder del partido ultraderechista Reform UK, Nigel Farage, el 10 de abril en Dagenham (Inglaterra).Carl Court ( GETTY IMAGES )Dominio nacionalista

En Escocia, donde se celebran elecciones autonómicas para el Parlamento de Holyrood (llamado así por el palacio donde reside la Cámara), los independentistas del Partido Nacional Escocés (SNP, en sus siglas en inglés) llevan camino de volver a gobernar. La clave estará en ver si alcanzan los 65 escaños que supone la mayoría absoluta o si de nuevo deben formar coalición con Los Verdes u otra formación progresista.

El líder del SNP, John Swinney, ha prometido un nuevo referéndum de independencia para 2028 si logra un claro mandato en los comicios, desafiando a la autoridad de Londres. Pero todo es más sutil. Si se ve obligado a formar un nuevo Gobierno de coalición por no alcanzar la mayoría absoluta, es muy posible que las aspiraciones secesionistas se guarden temporalmente en el cajón. Todas las encuestas señalan que los escoceses están infinitamente más preocupados por el coste de la vida o el deterioro de la sanidad pública que por soltar amarras del Reino Unido.

En Gales, donde también se celebrarán comicios autonómicos, todos los sondeos muestran un rechazo generalizado hacia Starmer. La cuna del socialismo británico, la región de las luchas mineras que lleva más de un siglo gobernada por la izquierda tradicional, se escora así hacia el nacionalismo.

El histórico Plaid Cymru (el Partido de Gales, fundado en 1925) será, según las encuestas, la formación más votada, pero difícilmente alcanzará la mayoría necesaria de 49 escaños para gobernar en solitario. En esa región, el voto es proporcional y, por tanto, el Parlamento está más fragmentado.

Pero lo más sangrante para el laborismo —y también para el Partido Conservador— es que, tanto en Escocia como en Gales, la ultraderecha (que hasta hace poco era una apestada en esos territorios) podría hacerse con la segunda posición.

División interna

En las últimas semanas se ha construido la idea, casi como un hecho indiscutible, de que un fracaso de los comicios del jueves sería el último clavo en el ataúd político de Starmer. El grupo parlamentario laborista está inquieto. La izquierda del partido reprocha al primer ministro una política económica tibia y austera que no ha impulsado el crecimiento prometido. Está, además, particularmente descontenta con la ambigüedad que ha mostrado Downing Street respecto a la masacre israelí en Gaza.

La derecha de la formación, por otro lado, es incapaz de ver una línea estratégica clara, una visión sólida como la que en su día impulsó Tony Blair, en un Gobierno que hoy se dedica a reaccionar ante cada nuevo escándalo y a intentar sobrevivir. El asunto Mandelson-Epstein (las turbias relaciones entre el exembajador británico en Washington y el pederasta estadounidense), el mayor bochorno que ha sufrido Starmer desde que gobierna, es un lastre que recuerda constantemente a muchos diputados laboristas la falta de juicio de su primer ministro.

Las únicas dos ventajas de las que dispone el acorralado líder laborista son, en primer lugar, la falta de organización —por ahora— de sus potenciales rivales internos. Y, en segundo, la guerra en Oriente Próximo.

Andy Burnham, durante la conferencia anual del Partido Laborista Británico en Liverpool el pasado septiembre.Phil Noble (REUTERS)

El alcalde de Mánchester, Andy Burnham, el más popular de los potenciales aspirantes a enfrentarse a Starmer, no tiene plataforma para lanzar su candidatura, porque el primer ministro se encargó de utilizar los mecanismos internos del partido para frenar su regreso a la Cámara de los Comunes. Angela Rayner, la ex viceprimera ministra y favorita de los sindicatos, no ha resuelto aún del todo los problemas con la hacienda pública que la llevaron a dimitir. Y Wes Streeting, ministro de Sanidad (el más representativo de lo que queda aún vivo del Nuevo Laborismo de Tony Blair), ha logrado que pesos pesados del ala izquierda de la formación se unan para impedir a toda costa su triunfo.

Ninguno de los tres está listo para dar el golpe definitivo e intentar descabalgar a Starmer, pero los tres han comenzado a preparar su estrategia entre bambalinas.

Hay un consenso general en la política británica en torno a la idea de que Starmer no será el candidato laborista de las próximas elecciones generales, previstas en principio para 2029. No obstante, en el clima de incertidumbre que existe hoy en Londres, todo es posible: que el primer ministro resista, contra viento y marea, si los resultados del jueves no son completamente catastróficos; que comience a pactar una retirada gradual, como pactó Blair con su ministro de Economía y sucesor, Gordon Brown, en 2006; o que todo explosione y los laboristas se enzarcen en una lucha fratricida similar a las que vivió el Partido Conservador en los últimos años.

“Tenemos ante nosotros una decisión. Podemos hundirnos en una política de lamentos y división o hacer frente todos juntos al actual momento, con un esfuerzo nacional que iguale en escala a las amenazas y turbulencias que enfrentamos”, escribió Starmer la semana pasada en una tribuna para el diario The Observer.

Esa es precisamente la segunda baza de un primer ministro al que se le agotan el tiempo y los recursos: la guerra de Irán y sus consecuencias económicas. Esa crisis mundial lleva a muchos diputados laboristas a pensar que no es momento para escenificar unos nuevos Idus de Marzo, apuñalar a un líder apenas elegido, y repetir el espectáculo lamentable que, irremediablemente, deriva en provocar más hartazgo y distancia en el electorado.