Naomi Lautier (París, 2011) tiene 14 años y pinta como si el mundo le hablara en un idioma propio. No hay en su obra un solo gesto aprendido ni una voluntad de encajar en tradiciones reconocibles. Lo suyo nace de otro lugar: una relación directa, casi física, con lo que ve, lo que siente y lo que necesita expresar. Está dentro del espectro autista, pero eso no le impide asaltar el mundo del arte: participa en una exposición colectiva en el barcelonés Espacio 123 y después comenzará un periplo que la llevará por una decena de exposiciones individuales por medio globo. El mundo del arte está a punto de conocer a Naomi Lautier.
‘Verdad’, de Naomi Lautier (2025).
“Todo comenzó con el incidente de la maceta”, recuerdan con una sonrisa sus padres, Joel y Alissa Lautier. Vivían en un pueblo de Barcelona (ahora viven en Málaga, donde charlan con EL PAÍS en perfecto español y donde Naomi va al colegio) cuando Naomi se puso a pintar una maceta de su casa de alquiler. Luego pasó a pintar una valla de madera y luego… “luego quedó claro que, si no encontrábamos lienzos urgentemente, la siguiente exposición serían las paredes de la casa”, ríe Alissa. Aquella escena doméstica marcó un punto de no retorno. “Ya no era un juego. Era una mirada atenta, casi investigadora”, explican.
Desde entonces, pintar dejó de ser una actividad para convertirse en una necesidad: es a través del arte como Naomi se relaciona con el mundo, y sus padres le han dejado todo el espacio posible para que se desarrolle como artista. Joel, de 53 años, y Alissa, de 45, han aprendido a acompañar ese proceso sin interferir. “No lo compaginamos, nos adaptamos”, dicen al hablar de su condición dentro del espectro autista. “El autismo no interfiere con su infancia, la hace diferente: más sutil, más concentrada, a veces más frágil, pero al mismo tiempo sorprendentemente profunda”, sostiene Joel. En su día a día, eso se traduce en una atención constante a los ritmos internos de su hija, en una convivencia con una sensibilidad que no admite prisas. “Donde otros simplemente miran, ella observa. Donde otros pasan de largo ella se queda. Y creemos que eso se nota en su arte”.
Naomi trabaja por series, repitiendo motivos que evolucionan con el tiempo: formas complejas formadas por puntos de color, burbujas, frutas, animales. “Hay una lógica propia que no es evidente”, explican sus padres. Los animales —ratas, gallos, caballitos de madera— se repiten como símbolos cargados de emoción: “No son solo imágenes. Son portadores de un estado interior”, dice Alissa. “Para ella el color es un acontecimiento: un destello, una tensión, una energía que surge en el momento”, completa Joel. “Hay algo muy infantil y muy adulto en lo que hace, como un recuerdo que no desaparece”. Naomi y su arte no son profesionales. No tiene galería que la represente y hasta ahora todo ha sido bajo la tímida iniciativa de su madre y el boca a boca. Lo que ha hecho que, después de este viernes, inicie un recorrido internacional que incluye paradas en Málaga, Copenhague, Barcelona, Dubái (con dos espacios expositivos propios en el World Art Dubai, que iba a celebrarse en abril, pero se ha pospuesto a noviembre), Pisa y varias ciudades de Kazajistán y Kirguistán. Serán las primeras muestras públicas de una artista única, cuyos orígenes se pueden rastrear en su familia y en una serie de colaboraciones casuales pero imprescindibles.
El arte como terapia
Naomi nunca ha recibido clases de dibujo o pintura (ni siquiera deja a sus padres ver cómo pinta en su cuarto), pero antes de que ese lenguaje encontrara el lienzo como territorio principal, hubo un espacio clave en su desarrollo: el taller de arteterapia de Anna Andreu, en Premià de Dalt (Barcelona). Allí llegó con 10 años, en un momento delicado. “Era la primera vez que su madre se separaba de ella”, recuerda Andreu, en la terraza de una cafetería de su pueblo. “Casi no hablaba español, gritaba mucho”, rememora. En ese contexto, el trabajo no empezó con pintura, sino con lo táctil: “Lo que le interesaba al principio era la pasta de sal, ella necesitaba amasar, usaba kilos y kilos de harina”. Ríe Andreu. Ella entendió que el acceso al mundo creativo de Naomi pasaba por el cuerpo: “Hacíamos galletas, cosas que se pudieran comer… al principio pintaba con chocolate”. El taller, en el que Naomi estuvo un par de años —hasta que la familia se mudó a Málaga—, funcionaba como un laboratorio abierto.
“Ella tenía libertad total para probar”, explica Andreu, que recuerda que Naomi comenzó entonces a pintar sobre masa, sobre papel, sobre cualquier superficie disponible. “Tenía sus TOC, y necesitaba tocarlo todo. ¡En una ocasión se comió una de sus propias creaciones! Pero más allá de la anécdota, creo que empezó una evolución emocional: empezó a socializar con otros niños por primera vez”. Y recuerda momentos de gran intensidad: “La única vez que lloró fue cuando un niño le quitó el color amarillo. Pensé que llorar es lo más humano que tenemos”. La relación entre ambas fue profunda: “Fue mi alumna, mi paciente… me enseñó mucho. Aprendí a escuchar sin hacer nada, a no querer curar. A estar en silencio”. Hoy, al ver su evolución, no oculta la emoción: “Es un privilegio haberla tenido junto a mí y ver lo que hace ahora”. Hoy Naomi ya no grita: va al colegio con una acompañante, su caracter es muy distinto y sus compañeros están encantados con ella.
Salto y reconocimiento
El reconocimiento institucional ha llegado de forma casi inesperada. “Todo ocurrió por casualidad”, cuentan los padres de Naomi. La comisaria Natalia Shustova descubrió su trabajo en el entorno doméstico: “No en una galería, sino en casa, nos la presentaron unos amigos comunes”. Su reacción fue inmediata: esos cuadros había que mostrarlos. Lo primero que Shustova vio “fue un pulpo, casi de un primer periodo daliniano, pero había muchos cuadros suyos por la casa”. La comisaria sintió la urgencia de llevarla al espacio expositivo, aunque no sin resistencia inicial de sus padres debido a la edad de Naomi. “Teníamos que organizar algo”, recuerda Shustova, que propuso llevar cuadros a una subasta benéfica vinculada a la Fundación Ronald McDonald en 2023; allí una de sus piezas se vendió por primera vez.
Desde entonces, esta experta en arte ha seguido de cerca una evolución que describe en términos casi orgánicos: “Trabaja por series, cada vez más profundas, como si fuera subiendo una escalera”. Para Shustova, la pintura de Naomi no es un medio sino un lenguaje propio: “Ella casi no habla; es con el pincel como se comunica con el mundo”. Y en esa comunicación reconoce una calidad técnica poco común y una sensibilidad para el color “muy elaborada”, que parece desarrollarse a un ritmo propio. En paralelo, insiste en no reducir su lectura al diagnóstico: “No quiero que la traten como una minusválida; es precisamente su forma de estar en el mundo lo que le permite transmitir lo que transmite”. El sello de calidad no solo lo ha impreso Shustova: gracias a las redes sociales muchas instituciones y personalidades han alabado o se han interesado en la obra de Naomi, desde la dirección del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba) al prestigioso crítico de arte estadounidense Jerry Saltz, pasando por artistas como Javier de Juan.
‘Arena. Escena 8’, de Naomi Lautier.
José María Luna, que ahora es director cultural de la Fundación Unicaja, conoció, cuando era responsable de varios museos malagueños, primero a Joel Lautier. Lo cierto es que la vida de los padres de Naomi tiene su propia historia: Alissa es medio rusa medio ucrania, y Joel, medio francés medio japonés, es gran maestro de ajedrez, fue candidato al título mundial en 1994 y derrotó a Kasparov en varias ocasiones. En el contexto del torneo de ajedrez de Málaga se conocieron y, tras ver la obra de Naomi, Luna les ofreció un espacio en el Museo Ruso de Málaga. “No tenía formación académica, pero sí una enorme habilidad técnica y, sobre todo, un mundo propio”, recuerda Luna. “Tiene que crecer como persona y como artista, claro, le queda camino, pero es brutal su capacidad para construir un universo y trasladarlo”. Luna desplaza el foco del reconocimiento hacia una dimensión más esencial: “Lo más importante, en realidad, es que esto ayuda a Naomi a crecer como persona”.
Cómplices tras la cámara
Naomi no es solo pintora. Sus exposiciones mostrarán también instalaciones, collage y vídeo. Esa evolución ha sido observada de cerca por un amigo junto al que Naomi ha desarrollado la etapa más reciente de su arte: Eugine Hrotchuk, fotógrafo ucranio de 37 años que llegó a España hace 20. El encuentro entre ambos fue casual. “Un día su madre se acercó a ver unos cuadros que yo tenía en la calle y me dijo: ‘Naomi también es artista”, recuerda Hrotchuk. A partir de ahí, la relación creció de forma orgánica: “Cuando vi su obra por primera vez, me sorprendió muchísimo. No me imaginaba que una chica de 14 años pudiera crear algo con tanto sentido”. Juntos han hecho fotografía y vídeo. “En la base de nuestro trabajo siempre está la idea artística de una performance, en la que Naomi actúa como la actriz. Mi papel en este proceso no es reinterpretarla ni modificarla, sino más bien entrar con atención en ese espacio e intentar traducir su lenguaje a la fotografía, sin romper su lógica interna”. De esa colaboración han surgido (además de una amistad) varias series, como una en blanco y negro con Naomi como el ratón Mickey. “Naomi, como artista, no posee los filtros habituales con los que solemos percibir el mundo. Quizás esto tenga que ver con su percepción autista, que es completamente distinta: más pura, más directa, nacida desde el interior, sin intentar agradar a nadie”, señala, certero, Hrotchuk. “Ella transmite el mundo con una honestidad y una sensibilidad muy particulares, como si captara lo que sucede en el aire y lo trasladara al lienzo. Esa pureza y esa intensidad hacen que su obra no deje a nadie indiferente”.
Esa pureza es, al final, lo que más valoran los padres de Naomi: “Cuando vimos su primera exposición sentimos que veíamos su mundo en su totalidad por primera vez. Y lo entendimos: esto es solo el comienzo”. “Para cualquier artista, con autismo o sin él, es importante ser escuchado y comprendido”, subrayan. La voz propia de Naomi está lista para mostrarse por medio mundo, en un recorrido que quizá tiene una dimensión más importante incluso que la artística: “Lo importante de verdad no es tanto que encuentre un lugar en el mundo del arte”, remata José María Luna, “sino que encuentre un lugar en la vida”. La pintura y el arte como consuelo, como obsesión, como hogar, como centro de gravedad permanente. “Si llega el éxito, si en unas décadas hablamos de ella como una figura importante, pues estupendo”, señala Luna, “pero lo importante de verdad es entender que ella es feliz haciendo esto”. Quizá ahí esté la clave de todo: en esa felicidad silenciosa y obstinada, en esa necesidad de crear sin pedir permiso, Naomi ya ha encontrado lo esencial mucho antes de que el mundo pose sus ojos sobre ella.
‘En busca del verano que se desvanece’, de 2024.