2 de mayo de 2001. Vitoria se levanta con esa mezcla de ilusión y miedo que generan los grandes encuentros. La noche anterior había presenciado … el desfile con el que Manu Ginóbili comenzó a convertirse en el genio zurdo del baloncesto argentino. ‘Manudona’ presidió con 27 puntos la clara victoria de la Kinder Bolonia (60-80) en el Buesa Arena y colocó el 2-1 en la primera y única final de la Euroliga disputada al mejor de cinco partidos. El Tau Cerámica quedaba contra las cuerdas, pero, sin saberlo, aún guardaba la bala que muchos catalogarán como la más mágica y salvaje de los 67 años de historia del club.

El día siguiente volvió a ser otro día de nervios para la sociedad alavesa. De previa larga y corrillos de reflexiones fantasiosas y pensamientos sobre qué sería lo mejor para batir a la todopoderosa escuadra que comandaba Ettore Messina. Es probable que ninguno de los 9.300 espectadores que aquel jueves noche poblaron las gradas del coliseo de Zurbano imaginara que uno de los jugadores ‘tapados’ del equipo de Dusko Ivanovic, llegado desde la fría Lituania, fuera a colarse para siempre en sus cabezas. Su nombre, Mindaugas Timinskas, dejó de ser difícil de vocalizar, y su obra, un mate salvaje, se convirtió en inolvidable.

Había que estar allí para vivirlo, en aquella Vitoria revolucionada por sus dos equipos de referencia deportiva. «El mate de ‘Tim’ fue el más espectacular que he visto en directo en toda mi carrera», valora Elmer Bennett, el artífice de la victoria del Baskonia en ese cuarto partido (96-79) para la historia. «¡Esa jugada insufló todo el ánimo a nuestros compañeros y a todo el pabellón!», celebra el base.

Como el milagro de Moisés

No quedaba mucho para el descanso cuando Timinskas hizo temblar el pavimento vitoriano. 39-30 en el marcador y el balón en manos de Bennett. «Fijó a toda la defensa antes de pasarle el balón a Tim», recuerda Laurent Foirest. El galo estaba a punto de presenciar algo comparable a un milagro bíblico. «Fue como si el mar se abriera de repente». A lo Moisés. Recibe más allá de la línea del triple. Echa el balón hacia delante. Tres pasos a toda velocidad. Rebasa a Ginóbili y salta. «En ese momento no piensas en nada», explicaba el jugador lituano hace 25 años en EL CORREO. En el aire, se topa con un joven australiano, David Andersen. «Se interpone para hacer un tapón y se lleva un póster brutal», describe el galo.

El báltico hundió el balón por encima de Andersen y se puso a gritar. «Uno se queda muy a gusto después de hacerlo», contó Timinskas. Rápidamente se acercaron a él Scola y Alexander, desatados, desgañitándose. El jugador de la Kinder presencia la escena desde el suelo y se levantó con la mayor delicadeza posible. «Estaba en primera fila en el festejo y fue una cosa increíble», rememora el argentino. «Lo agarró muy bien, y lo ayudó que David (Andersen) saltó y lo empujó un poco para arriba. El ‘highlight’ salió por todos lados».

«Andersen le sobreeleva»

En Manresa, otro joven albiceleste quedaba fascinado. «Yo estaba allí cedido jugando en LEB y viendo el partido en la tele», evoca Andrés Nocioni. «Fue un mate tremendo, de mucha potencia, lo pasa por arriba a Andersen y por eso mismo se sobreeleva. Fue una bomba», expresa. Tanto él como sus compañeros enloquecieron. «Me hizo poner en contexto a lo que me iba a enfrentar el año siguiente cuando me tocara entrenar con esta clase de jugadores». Durante la mesa redonda de las bodas de plata del Baskonia en la Euroliga, Pablo Laso lo categorizó como «el mate que cambió el baloncesto europeo». «Ahí se empezó a ver la importancia del aspecto físico». ‘El Chapu’ suscribe las palabras de su exentrenador. «Tengo un recuerdo totalmente diferente de lo que se veía en Europa en aquel momento. En la NBA pasa, pero en Europa ver un mate de ese estilo no era usual o común. Fue extraordinario de ver y sentir», remacha.

Vitoria entera enloqueció y se puso a tratar de imitar a Timinskas. Toda una generación quería hacer un mate como el suyo. «Lo gracioso es que él no era de hacer muchos mates. Decía ‘yo no salto mucho, no sé por qué me salió así pero la gente quiere que esté haciendo todo el tiempo lo mismo y yo no puedo saltar tanto’», revela Scola.