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Esas pequeñas piedras verdes sí que eran inesperadas. Cuando los arqueólogos empezaron a analizar los sedimentos de la Cova 338, una pequeña cavidad abierta en la roca a 2.235 metros sobre el nivel del mar en el valle de Núria (Queralbs, Girona), estaban más que satisfechos con los hallazgos que, de alguna manera, eran lo esperado en un yacimiento prehistórico de alta montaña: algunos huesos humanos, fragmentos de cerámica, un par de adornos personales, restos óseos de animales, etcétera.

Pero el suelo de la cueva guardaba algo más. Mezclados con las cenizas de decenas de fogones prehistóricos, aparecieron una y otra vez pequeños fragmentos de una roca de color verde intenso. Era una piedra que no pertenecía a ese lugar.

Los investigadores liderados por la UAB (Universitat Autònoma de Barcelona) y el IPHES-CERCA (Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social) hallaron casi 200 fragmentos de esta roca, muchos con señales claras de haber sido expuestos al fuego. El mineral, identificado provisionalmente como malaquita —un carbonato de cobre que constituye una de las primeras materias primas de la metalurgia—, abre un nuevo capítulo sobre las relaciones sociales de los pueblos prehistóricos.

La roca que no debería estar ahí

La malaquita no aflora de forma natural en el entorno de la Cova 338. Eso significa que alguien la transportó hasta allí, a más de dos mil metros de altitud. La distribución de los fragmentos en el yacimiento, su asociación con las estructuras de combustión y las alteraciones térmicas que presentan muchos de ellos apuntan a que el mineral era procesado en el interior de la cueva.

cueva 338 entrada
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Foto: IPHES-CERCA

«Muchos de estos fragmentos están alterados térmicamente, mientras que otros materiales de la cueva no lo están, lo que sugiere claramente que el fuego desempeñó un papel importante en su procesamiento«, explicó Julia Montes-Landa, arqueóloga de la Universidad de Granada y coautora del estudio publicado esta semana en Frontiers in Environmental Archaeology. «En otras palabras, no se quemaron por accidente».

Los metalúrgicos de la Prehistoria

El proceso de obtención de cobre a partir de malaquita no es especialmente complejo, pero requiere conocimiento y control del fuego. Al calentar el mineral, el carbonato de cobre libera dióxido de carbono y se transforma en óxido de cobre —un polvo negro—, que posteriormente, combinado con carbón vegetal, puede reducirse para obtener metal.

arqueologos
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El equipo de arqueólogos trabajando en la entrada de la cueva.

Foto: IPHES-CERCA

Es un proceso que sitúa a los ocupantes de la Cova 338 entre los primeros metalurgistas documentados en los Pirineos y, posiblemente, en uno de los contextos de explotación de cobre en alta altitud más antiguos de Europa occidental.

Cinco mil años de ocupación en la alta montaña

El estudio, liderado por Carlos Tornero, catedrático del Departamento de Prehistoria de la UAB e investigador del IPHES-CERCA, se basa en tres campañas de excavación realizadas entre 2021 y 2023 en el marco del proyecto Arrels, financiado por el Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya.

Fragmentos de malaquita
Fragmentos de malaquita

Análisis de los trozos de malaquita hallados en el Pirineo.

Foto: IPHES-CERCA

Las dataciones por radiocarbono revelan que la cueva fue ocupada de forma recurrente desde el V milenio a.C. hasta finales del I milenio a.C. La presencia de malaquita, sin embargo, es especialmente intensa durante la Edad del Cobre —entre 3600 y 2400 a.C.—, el período en que la metalurgia empezaba a transformar las sociedades prehistóricas de media Europa.

La ocupación de la cueva no fue continua. Las dataciones muestran varias fases diferenciadas, separadas por períodos de abandono. Pero ese patrón, lejos de restar protagonismo al yacimiento, dice mucho sobre quienes lo frecuentaban: conocían el lugar, conocían sus recursos y volvían porque valía la pena volver. El conocimiento de dónde encontrar ese mineral verde y cómo trabajarlo se transmitió durante generaciones. De hecho, la Cova 338 es el yacimiento prehistórico de alta montaña más importante documentado en los Pirineos.

 

Lo que dicen las rocas

La malaquita es la punta del iceberg de un yacimiento que, a medida que avanza la excavación, resulta más complejo de lo esperado. Junto a los fragmentos minerales, los arqueólogos recuperaron decenas de estructuras de combustión —algunas superpuestas, reutilizadas una y otra vez—, restos de fauna que evidencian consumo de alimentos, cerámicas y herramientas de piedra. El espacio interior muestra una organización interna clara, con áreas diferenciadas para distintas actividades.

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El equipo de arqueólogos está formado por investigadores de varias universidades españolas.

Foto: IPHES-CERCA

Entre los objetos más llamativos figuran dos colgantes: uno hecho con una concha marina de la especie Glycymeris —con paralelos en otros yacimientos del nordeste peninsular— y otro elaborado con un diente de oso pardo perforado, un hallazgo inusual que probablemente cargaba algún significado simbólico. También aparecieron restos humanos —un diente de leche y un hueso de dedo—, lo que abre la posibilidad de que la cueva funcionara en algún momento como espacio funerario.

«La montaña no era una barrera, sino un espacio activo dentro de la organización económica y territorial de las comunidades prehistóricas», señala Eudald Carbonell, investigador del IPHES-CERCA y codirector del proyecto. Para el investigador, el hallazgo encaja con una visión de los grupos prehistóricos como sociedades capaces de gestionar territorios complejos y transmitir conocimientos especializados a lo largo del tiempo.