Cuando fue inaugurado en 1819, la pintura más admirada del Museo del Prado no era ni Las Meninas ni ningún otro retrato de Velázquez o Francisco de Goya, era un lienzo pintado por el alicantino José Aparicio un año antes: El año del hambre en Madrid. Pero pocas décadas después esta obra, a la que se dedicaron laudatorios poemas, canciones o artículo de prensa que la calificaban de «gloria nacional», había sido olvidada e, incluso, desterrada de la pinacoteca, convertida en un «modelo de mamarrachos y cosas mal pintadas».

Ahora, el museo vuelve a exponer el cuadro hasta el 13 de septiembre y aprovecha la historia de su auge y caida para reflexionar sobre cómo los cambiantes criterios estéticos y políticos influyen en la percepción del arte y pueden hacer que lo que hoy consideramos una obra maestra sea mañana un cuadro vulgar.