Verónica Forqué fue una actriz inconmensurable, colosal, ingente. Todo lo que se asevere en este plano, en el profesional, siempre quedará como poca cosa, como deslucido; de tan increíble como era su carrera. Luego está la persona tras el papel, la mujer y sus cuitas.

Verónica -sin la Forqué, sin ese peso que tanto la asfixiaba en su último tramo de vida- fue una mujer tan alegre y espiritual, y pizpireta y luminosa, como atormentada. Vivió con esa dualidad toda su vida. Hasta que ya no pudo más aquel 13 de diciembre de 2021.

«Mi madre era un ángel, pero también tenía un demonio«, dice su hija, María Iborra (36 años) en la obra literaria No soy Verónica Forqué, donde, de la mano del dramaturgo Antonio Álamo, hace un repaso por la vida personal, familiar y cinematográfica de su progenitora.

El libro sale a la venta este jueves, 7 de mayo, pero EL ESPAÑOL ha tenido acceso a él unas horas antes. De manera previa, algunos medios de comunicación han puesto el foco en lo escandalosos y dantescos que resultan algunos pasajes del volumen.

María Iborra y Verónica Forque´.

La actriz Verónica Forqué en una imagen de archivo.

La actriz Verónica Forqué en una imagen de archivo.

Gtres

Porque María no sólo habla de la Verónica niña, de la adolescente que descubre su pasión por interpretar, su anhelo por ser Mary Poppins; también rememora, y recrea –puede que un tanto en exceso– cómo fue el final de la Forqué.

Ese último tramo, cuando la salud mental se cebó especialmente con Verónica en forma de severas depresiones, negros nubarrones que se vieron agravados con la pandemia. Cuenta María que su madre se fue apagando y replegando.

Que le dio más protagonismo a ese demonio, a ese «lado oscuro«, que la terminó por vencer. La depresión visitó a Verónica por vez primera cuando tenía 59 años.

«Mi madre decía que cuando aparece el espectro -de la depresión-, el primero en huir es el amor. (…) Y sin amor, la vida no es posible. Es como estar muerta en vida», se lee en la obra.

La portada del libro 'No soy Verónica Forqué'.

La portada del libro ‘No soy Verónica Forqué’.

Fue en 2021 cuando la Forqué hizo un «casting de pañuelos«, así lo describe su hija, en su casa de Víctor de la Serna, en Madrid, y se colgó en el baño. Los detalles que se exponen en la obra son durísimos de leer e intuir. También un tanto innecesarios.

María abunda en el libro en aspectos crudos, descarnados, podrían ser calificados -de hecho, ya lo han sido en Y ahora Sonsoles- como impúdicos. En esa línea, se han preguntado algunos: ¿hubiera querido esto Verónica Forqué?.

¿Querría la maravillosa Vero -como la conocían- que su intimidad, su dolor, sus demonios, quedaran así expuestos? Arguye María Iborra, su hija, que siente que este libro, tal cual ha salido al mercado, se lo ha «dispuesto» su madre para que lo escriba.

Verónica junto a su hija, María Iborra.

Verónica junto a su hija, María Iborra.

Gtres

«Sé que a ella le gustaría«, sostiene María. Claro está, en su ánimo no está dibujar un retrato de su madre morboso ni menoscabar su honor e intimidad, y está en su pleno derecho de crear esta obra, pero el debate está en la calle, servido.

En EL ESPAÑOL hacemos un repaso de esos pasajes terribles que no pasan inadvertidos, que zarandean la conciencia de quienes los leen.

1. Casting de pañuelos

Lo que quedó en la casa es, sin duda, el capítulo más duro. Y trágico y desgarrador. En el que se cuenta cómo fallece Verónica Forqué. Esa mañana, María salió de casa y dejó allí a su madre. Todo indicaba que era una jornada normal.

«Ahora, inevitablemente, me pregunto si, cuando yo salí de casa, ella ya lo tenía planeado o, mejor dicho, si ya había decidido que iba a ser ese día».

«Lo cierto es que, según me contó Menuka, esa misma mañana se encontró con que mi madre había sacado del armario todos sus pañuelos y los había extendido en la cama. Naturalmente, le extrañó, aunque no supo interpretar la causa de ese despliegue».

La artista, en una instantánea de hace unos años.

La artista, en una instantánea de hace unos años.

Gtres

«Ahora sabemos la causa: mi madre estaba valorando cuál de ellos sería el más adecuado. Un casting de pañuelos. ¿El de seda de un metro, o el de lana de cachemira de metro y medio?».

2. «Tu madre está colgada»

«María, your mother… She is hanging ella está colgada-, she is hanging…». Fue lo que le dijo Menuka a María. «Escucha, Menuka, tienes que cortar la cuerda, tienes que cortar la cuerda, ¡por favor!», dice María que le pidió a la asistenta.

«En el transcurso ya había llegado, a la casa de mi madre, su psicoanalista y había sido ella quien había cortado el pañuelo y la había intentado reanimar, haciéndole la respiración asistida (…). Me dijo que ya no había nada que hacer».

3. «Ató el extremo del pañuelo en el radiador»

«Mi madre se suicidó con un pañuelo. Era un pañuelo de seda, gris azulado con flores azules y granates, que se llevaron los forenses como un elemento de prueba, o por lo que fuera, y nunca me lo devolvieron»

«Se hizo un nudo en la garganta, ató el extremo del pañuelo en el radiador que había encima del váter y se dejó caer. Enfrente de ella había un espejo, y seguramente se miró en él, y respiró profundamente, como para coger fuerzas, antes de dejarse caer para ahorcarse«

«Curiosamente, su última película se titula Espejo, espejo«.

4. «Estoy viva»

Al final del libro, en el capítulo 65, titulado Estoy viva, María cuenta un extremo sorprendente: «Me meto en su Instagram. Veo más fotos. Veo sus publicaciones. Yo misma, por mensaje privado, escribo una, como si fuera ella, dirigida a mis amigos: Estoy viva«.

«Porque es así como lo siento. Casi inmediatamente recibo una contestación de Sam, que, como me conoce bien, se da cuenta de que soy yo y se ríe, y también otra contestación de Alex, que me sigue el rollo y me habla como si yo fuera mi madre«.

«Luego reviso su WhatsApp, los muchos mensajes que ella nunca contestó y ni siquiera llegó a abrir. Ya estaba en otra cosa. Ya estaba marchándose. Uno de los últimos WhatsApp que ella abrió fue de Antonio Paniza, y otro de Paco Sanz«.

5. El cuchillo en el cajón

Meses atrás, había llegado el infierno para ella. «Verónica Forqué no quería ayuda; lo que ella quería era morirse. Yo veía como ella se alejaba cada vez más de la vida, se estaba muriendo, delante de mis ojos, y yo no podía hacer nada… nada… nada….Habíamos llegado al infierno».

«Sus ojos perdieron las chiribitas. Su brillo. Se empezó a quedar muy delgada, cada vez estaba más delgada y más pequeña». Un día, metió un cuchillo en el cajón de su mesilla de noche. «Lo he dejado ahí y me lo iba a clavar. (…) Casi lo hago«, le dijo a su hija.

Forqué, en una imagen promocional.

Forqué, en una imagen promocional.

Gtres

Días más tarde, tras un evento de Eduardo Navarrete, el último al que asistió, esa noche, al llegar a casa, sintió la soledad. La asistenta no estaba, y vio el momento de irse. «¡María! ¡María! You have to come, your mother has taken I don’t know how many pills…!», alertó la asistenta a María.

«No sé cómo sobrevivió. Se había tomado varias cajas de Lexatin y dos Omeprazol. Las cosas de mi madre: un sedante y un protector gástrico. Supongo que tenía miedo a que le doliera la tripa mientras se moría«.

6. «Mi madre está trastornada»

María descubre a los lectores que su madre estaba «delulu«. Es decir, «trastornada«.

«Mi madre estaba delulu; no se me ocurre mejor manera de expresarlo. Estar delulu es un neologismo que se originó en las comunidades de fans del K-pop (el pop de Corea del Sur) al traducir la voz inglesa delusional (trastornado) con ese palabro: delulu».

«Seguía esforzándose en buscar el lado positivo de la vida, pero tenía raptos de ira y enojo; muchas veces sin un motivo claro: delulu. Montaba pollos en todos los sitios, incluso en los supermercados. (…) En resumidas cuentas, un auténtico horror«.

«En ocasiones resultaba intratable. Decía una cosa y la contraria. (…) Era complicado decirle algo. Cada vez era todo más intenso: la felicidad y la tristeza, el enfado y el desenfado, la vergüenza y la desvergüenza«.

«Mi madre empezó a desestabilizarse aún más. Estaba agotada. Dormía y comía muy poco. Y fumaba todo el tiempo. (…) Sus extravagancias y salidas de tono empezaron a tomar otro cariz«.

7. Quejas de vecinos y vudú

María Iborra, saliendo del portal de la casa de su madre, tras su deceso, en 2021.

María Iborra, saliendo del portal de la casa de su madre, tras su deceso, en 2021.

Gtres

María abunda en el desvarío de su madre: «Empezaron a tener problemas serios con algunos vecinos y empezaron a suceder cosas raras«.

«Un día llegamos al garaje y nos encontramos el capó del coche lleno como de pelusas, algo que parecía pelo humano, como si pretendieran hacernos una brujería tipo vudú, y, en el parabrisas, una carta insultante en la que nos recriminaban tener nuestro espacio lleno de cachivaches».

8. El poder notarial

En un punto del libro, María explica que su madre está tan mal que ya no puede atender las cuestiones «prácticas«. «Gastaba mucho dinero, y también había quien se aprovechaba de ella, así que me propuse estar vigilante a ese respecto».

«Ella ya no podía hacerse cargo de las cuestiones prácticas. Marta, mi profesora de pole dance, que es una persona muy especial, me aconsejó que mi madre me concediera un poder notarial. Hablé con ella y estuvo de acuerdo. También aprovechó para hacer testamento«.

9. Porros y oniomanía

La actriz, fumando.

La actriz, fumando.

Gtres

Verónica fumaba marihuana y hachís, así lo confirma su hija María en el capítulo Máscaras. Se fueron madre e hija a Ámsterdam y fueron juntas. «Mari, voy muy fumada. (…) No me encuentro bien», cuenta María que le dijo su madre.

«Les estaba dando un amarillo, o sea, que tenía un buen globo. (…) Me entró la paranoia: ‘Ay, Dios mío, que mi madre se va a morir aquí a mi lado y yo, fumadísima, sin poder auxiliarla», narra Iborra.

Plasma que su madre se lamentaba: «La gente no es real«, «Todo el mundo es falso», «Ya no se puede decir nada», «Todos llevamos una máscara y ya no lo aguanto más«. Verónica, cuenta la hija, empezó a fumar marihuana tras la muerte de su hermano.

En la pandemia todo se acrecentó. María habla de «malos hábitos» y que «nunca tuvo unas costumbres demasiado saludables«. En plena Covid-19, -fumar- «era un no parar desde la mañana a la noche».

«Se hacía los porros con parsimonia, disfrutando de ese momento en el que manipulaba la marihuana, el tabaco, el papel y el rollito de cartón. Y, por supuesto, le gustaban más bien gorditos, cargados, o sea, tipo trompetero«, no duda en escribir María.

Dice María que su madre se volvió más «desordenada», tanto que le daba igual que se quemara la tela del diván. También detalla Iborra que su madre, en ese trance de la pandemia, desarrolló otro trastorno: la oniomanía.

«Consiste en la compulsión de comprar cosas», detalla. «Se trata de un trastorno secundario, relacionado con otros como son los del abuso de sustancias, la ansiedad y los desórdenes alimenticios. Pues sí, mi madre daba positivo en todo«.

10. Su pelea con un mendigo

Los hechos los cuenta María Iborra en el capítulo 57, en La última gira. Verónica está en Huelva, en El gran teatro, haciendo su última función, Las cosas que sé que son verdad.

Verónica Forqué.

«Durante el camino -de regreso al hotel- se encontró con un mendigo, alcohólico, que les pidió dinero, y ella se enzarzó con él en una discusión que no parecía tener mucho sentido: ‘¿Por qué estás pidiendo? ¿Cuidas bien a tu mujer? ¿O eres como la mayoría de los tíos, que sois todos unos cabrones?'».

«Yo la cuido bien», le responde el mendigo. «Más te vale», le advierte Verónica. «Y rebuscó en su bolsa y sacó varios billetes, doscientos o trescientos euros, todo lo que llevaba, y se los dio mientras sus compañeros le decían que qué hacía».

«Sé lo que me hago. Esto -le dijo al mendigo- es para que cuides a tu mujer«. «Se dio la media vuelta, pero, antes de irse, volvió a encararse con él, con mucha agresividad: ‘¡Y como tú le pegues a tu mujer, vuelvo y te mato, ¿eh?!'».