Zinedine Zidane y Pep Guardiola llevan compartiendo espacios comunes desde que el mundo tuvo constancia de su existencia, algunos tan triviales como la fragilidad capilar o esa elegancia natural de quien aprendió a caminar con las manos metidas en los bolsillos. Como futbolistas fueron centrocampistas de técnica exquisita, inteligencia superlativa y sangre caliente, tan complementarios que Johan Cruyff se los imaginó jugando juntos y a Josep Lluís Núñez casi le da una embolia solo de pensarlo. Como entrenadores, los dos comparten una visión paralela del negociado, comenzando por el valor que otorgan a los títulos en juego: ninguno es más importante que la liga doméstica.

No son palabras que se deban tomar a la ligera cuando han sido pronunciadas, cada uno con su propio acento, por dos de los cuatro entrenadores que han levantado, al menos en tres ocasiones, la única liga que no es una liga de verdad: la Liga de Campeones. En el caso concreto del francés, todavía hay sismógrafos que parecen detectar un rastro de estupor en la fuerza cuando se recuerdan. Las pronunció en la sala de prensa del Real Madrid, vistiendo el chándal oficial del club y ante la mirada atónita de algunos de los presentes, incapaces de comprender el nuevo paradigma tras haberse fotografiado junto a varias orejonas para fardar con los amigos y los sobrinos. “Felicito al Barça porque ha hecho lo más difícil, lo más bonito y lo más importante, que es ganar la liga”, sentenció aquel día Zidane.

La eliminación del Atlético de Madrid a manos del Arsenal nos devuelve a ese escenario, tan español, tan engañoso, de medir el éxito y la frustración en términos puramente europeos. A 25 puntos del Barça en LaLiga, al aficionado colchonero le quedaba una bala de plata que compensase los malos tragos de una temporada decepcionante. Tuvo sus momentos, como esas relaciones de pareja que el paso del tiempo va matizando, pero expulsados del sueño europeo se impone la realidad de otro año tirado por la borda, mismo destino que su vecino, el Real Madrid, pero con una diferencia: dijera lo que dijera Zidane, en Chamartín hace tiempo que despreciar la liga española se ha convertido en credo, mandamiento y hasta consuelo en tiempos de poco pan.

De la eliminación europea del Madrid se dijo que había caído con las botas puestas y al Atleti se le está despidiendo con esa frase tan terrible de “no se le puede pedir mucho más”, un poco como a esos chiquillos a los que no se les da bien pintar con rotuladores. Al Barça, en cambio, el único de los tres transatlánticos que se tomó en serio el día a día, se le puso el candado en la frontera con Francia sentenciando que no tiene nivel para competir en Europa. Como si ganar la liga española te convirtiera en el campeón del norte de África o los tratados europeos de libre circulación se cancelaran el fin de semana. No es poca anomalía esa de despedir con honores a unos y matizar los triunfos del otro añadiendo, como coletilla, la palabra fracaso. Pero madurar también consiste en acostumbrarse.

Son muchos los culés frustrados a esta misma hora por haber caído en la trampa de la otra excepción ibérica, esa que dicta que solo la Liga de Campeones importa, el relato que conviene a quienes prefieren los esfuerzos puntuales y el triunfo en corto. Culés, en definitiva, que dan más valor al relato generalista que al credo de Zidane o Guardiola, de ahí que en todo Madrid se celebre hoy su desconsuelo casi como un título porque otra vez, sin que nadie sepa cómo ni por qué, pareciera que los dos equipos de la capital han ganado y el Barça perdido.