Keir Starmer llegó al poder prometiendo devolver la estabilidad a Reino Unido tras catorce años de gobiernos conservadores y abrir una nueva edad dorada para el laborismo. Ganó con mayoría absoluta, desmanteló el caos tory y recuperó para su partido territorios que parecían perdidos. Pero menos de dos años después de instalarse en el 10 Downing Street, su liderazgo afronta la primera prueba verdaderamente existencial. Y el veredicto puede llegar este jueves.

Las elecciones locales y autonómicas en Inglaterra, Gales y Escocia se han convertido en algo mucho más importante que una cita electoral intermedia: son un examen directo a la autoridad para un primer ministro golpeado por unos índices de popularidad desastrosos, el escándalo por la designación como embajador en Estados Unidos de un hombre vinculado al pedófilo convicto Jeffrey Epstein y un creciente desencanto entre sus propios diputados.

El Laborismo puede perder su hegemonía en Gales —donde está en juego el Senedd Cymru— tras más de un siglo de dominio. En Escocia, donde también se renueva el Parlamento, podría caer incluso al tercer puesto, superado por la derecha radical de Reform UK, tras fracasar en ofrecer una alternativa real frente al Scottish National Party, que aspira a su quinta victoria consecutiva. Y en Inglaterra, donde están en juego más de 5.000 concejales, incluidos 1.817 en Londres, el partido podría cosechar sus peores resultados históricos por la irrupción de Zack Polanski, que ha transformado a los Verdes en un movimiento de “ecopopulismo” de izquierdas capaz de competir directamente con el irreverente Nigel Farage, en un ecosistema político donde el bipartidismo agoniza

Según el «Telegraph», Wes Streeting, ministro de Sanidad y uno de los nombres mejor posicionados para una futura carrera por el liderazgo, habría reunido ya a más de 81 diputados, la cifra necesaria para activar un desafío formal. En Westminster, además, otros nombres comienzan a sonar con fuerza: Angela Rayner, ex vice primera ministra, Ed Miliband, titular de Medio Ambiente, y Andy Burnham, alcalde de Great Manchester.

En Gales, el Labour se enfrenta a un terremoto político. Por primera vez en más de un siglo, podría perder su hegemonía histórica. Desde 1922, el partido ha sido la fuerza dominante en territorio galés, una supremacía que mantuvo incluso tras la creación del Senedd Cymru en 1999. Ahora, la combinación entre el ascenso del nacionalismo de Plaid Cymru y la irrupción de la derecha radical de Reform UK amenaza con romper ese monopolio.

La propia primera ministra galesa, Eluned Morgan, ha admitido la gravedad del momento. “La gente tiene razón al esperar más”, reconoció durante la presentación de su manifiesto electoral.

Ni siquiera las concesiones de Londres han servido para frenar la caída. El Gobierno ha intervenido para proteger empleos en Tata Steel en Port Talbot, ha adjudicado a Ynys Môn el proyecto de la primera central nuclear modular pequeña del país y ha prometido corregir décadas de infrafinanciación ferroviaria. Pero el mensaje es tan claro como simbólico: Starmer ni siquiera aparece citado en el manifiesto laborista galés.

Escocia tampoco ofrece alivio. Lo que hace apenas dos años parecía la gran oportunidad del Labour para regresar al poder en Holyrood se ha convertido en un campo minado. En 2024, el partido conquistó 37 de los 57 escaños escoceses en Westminster, mientras el Scottish National Party se desplomaba hasta nueve. Aquella victoria parecía el principio de una reconquista. Hoy parece un espejismo. El líder laborista escocés, Anas Sarwar, ve cómo su camino hacia Bute House se complica. Ya no pelea solo por gobernar, sino incluso por conservar el liderazgo de la oposición.

Mientras tanto, John Swinney, ministro principal, ha conseguido estabilizar al SNP tras la caída de Nicola Sturgeon, la crisis interna y los problemas financieros. Swinney ha centrado su campaña en el coste de la vida con una batería de medidas de alto impacto popular: limitar precios de productos básicos, mantener el billete de autobús a dos libras, conceder 200 libras a cada joven que cumpla 18 años y garantizar ingresos mínimos a artistas. Sus adversarios denuncian que es populismo sin respaldo económico. Pero las encuestas indican que conecta.

En Inglaterra, Nigel Farage -arquitecto político del Brexit- ha convertido estas elecciones locales en el ensayo general de su asalto a Westminster en 2029. Si en 2025 Reform erosionó principalmente el voto conservador, ahora su estrategia es distinta: penetrar en territorios laboristas. Su lema es brutalmente explícito: “Vota a Reform. Starmer fuera”. Es, en la práctica, un referéndum sobre el primer ministro.

Pero quizá la amenaza más incómoda para Starmer no venga de la derecha, sino de la izquierda. En Londres, Zack Polanski ha transformado al Partido Verde en una fuerza insurgente con discurso radical, promesas de renacionalización e impuestos al patrimonio. Su crecimiento es espectacular: de 60.000 a 226.000 afiliados. En Camden, el propio bastión político de Starmer, los Verdes ya empatan con Labour en intención de voto. Polanski quiere construir lo que llama “ecopopulismo”: un movimiento de masas capaz de disputar el descontento social tanto a Farage como al Labour.

De momento, Starmer conserva el respaldo formal del Gabinete, lo que hace improbable una salida inmediata. Pero incluso entre sus aliados más fieles crece la duda de si será él quien lidere al partido en las próximas generales, previstas para 2029.