El hilo conductor del magisterio de León XIV sobre la misión y las palabras de Jesús: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros».

Andrea Tornielli

La paz y la unidad de la Iglesia han sido los dos temas recurrentes y fundamentales del primer año de pontificado de León XIV, quien sigue pidiendo oraciones por estas intenciones. Si la paz se ha impuesto como una urgencia debido a la multiplicación de insensatos conflictos y a la progresiva erosión del derecho internacional, la unidad de la Iglesia es un hilo rojo que atraviesa todo el magisterio del Obispo de Roma, nacido en Chicago y convertido en misionero en Perú.

La forma en que León ha reiterado sus llamamientos a la unidad de los creyentes en Cristo es especialmente significativa y no tiene nada que ver con la exigencia de «normalidad» o de una tranquilidad que atenúe las diferencias y, tal vez, diluya los contrastes. El Papa lo explicó claramente en el discurso a los cardenales durante el consistorio extraordinario del 7 de enero de 2026, cuando, al presentar la perspectiva conciliar abrazada por los pontificados de sus predecesores, habló de la atracción citando estas palabras de Benedicto XVI«La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por “atracción”: como Cristo “atrae a todos a sí” con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión en la medida en que, asociada a Cristo, realiza su obra conformándose en espíritu y concretamente con la caridad de su Señor».  El Papa León, tras recordar que su inmediato predecesor «se mostró totalmente de acuerdo con este enfoque y lo repitió en varias ocasiones en diferentes contextos», añadía: «Hoy, con alegría, la retomo y la comparto con ustedes. Y los invito a ustedes y a mí a prestar mucha atención a lo que el Papa Benedicto señalaba como la “fuerza” que preside este movimiento de atracción: esa fuerza es la Charis, es el Ágape, es el Amor de Dios que se encarnó en Jesucristo…».

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En ese discurso, León XIV afirmaba: «El amor de Cristo nos impulsa puesto que nos posee, nos envuelve y nos cautiva. He aquí la fuerza que atrae a todos hacia Cristo…. La unidad atrae, la división dispersa. Me parece que esto también se refleja en la física, tanto en el microcosmos como en el macrocosmos. Por lo tanto, para ser una Iglesia verdaderamente misionera, es decir, capaz de dar testimonio de la fuerza atractiva de la caridad de Cristo, debemos ante todo poner en práctica su mandamiento, el único que nos dio después de lavar los pies a sus discípulos: “Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros”». Las palabras de Jesús al respecto señalan el corazón de la misión: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros».

La unidad de la Iglesia se manifiesta, pues, en esta capacidad de vivir, por gracia, nuevas relaciones con los hermanos y hermanas. Se manifiesta en esta capacidad de quererse y perdonarse mutuamente, haciendo resplandecer la comunión que, en la experiencia cristiana auténticamente vivida, prevalece sobre cualquier diferencia y división. Se manifiesta en esta capacidad de superar tensiones y conflictos, reconociéndonos todos llamados, todos pecadores perdonados necesitados de misericordia y siervos inútiles, todos igualmente inundados de un amor infinito que no hemos merecido. Se manifiesta en la capacidad de vivir la sinodalidad, que no es otra cosa que la forma concreta de estar en comunión en la Iglesia.

Es así, solo cuando vive así, que la comunidad cristiana resulta atractiva. Y resulta atractiva cuando no está centrada en sí misma, cuando no piensa que resplandece con luz propia ni imita las estrategias de marketing de las agencias publicitarias, cuando no fomenta la polarización ideológica. La comunidad cristiana atrae, y es por tanto misionera, cuando refleja, a través de su unidad, la luz de Otro, sabiendo ofrecer a todos ese abrazo de misericordia que ella misma ha experimentado primero y sigue experimentando día a día en el encuentro con Cristo.

La unidad de la Iglesia no es conformismo ni vida tranquila, sino el fruto de un amor que nos envuelve y desea irradiarse por doquier, haciendo prevalecer el estar juntos sobre protagonismos, la comunión sobre la división, la mansedumbre sobre la prepotencia, palabras de paz sobre el lenguaje de odio que, lamentablemente, aflige a gran parte del mundo digital. La unidad de la Iglesia no concierne solo a los cristianos ni tampoco solo a los creyentes. Así lo explicaba el Papa León en la Misa por el inicio de su ministerio petrino, expresando «el gran deseo» de «una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado», invitando al mundo a mirar a Cristo, a acercarse a Él, a escuchar «su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo nosotros somos uno». «Y esta es la vía que hemos de recorrer juntos, unidos entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes transitan otros caminos religiosos, con aquellos que cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo donde reine la paz».

En un momento dramático para la historia de la humanidad, en un mundo desgarrado por las guerras, la unidad de la Iglesia es profecía de paz para todos.