Los grandes acontecimientos revelan rasgos esenciales de sus protagonistas; en buena medida, eso es lo que los convierte en grandes. El último cónclave –uno de los eventos mediáticos más relevantes de la historia reciente del Vaticano– dejó al descubierto una característica “paradójica” de la Iglesia católica: su capacidad de ser antigua y nueva a la vez.
Un repaso por los procesos de elección de los pontífices recientes da cuenta de la vitalidad de una institución que, desde hace dos mil años, comunica el mismo mensaje. Juan Pablo II, primer papa no italiano en 455 años, fue elegido en un cónclave inesperado, dada la extrema brevedad del pontificado de su predecesor, que duró apenas 33 días. Más audaz aún fue su sucesor, Benedicto XVI, quien protagonizó un gesto sin precedentes en más de seis siglos al renunciar al pontificado y asumir el título de papa emérito. En medio de esa novedad llegó otra sorpresa: la elección del primer pontífice latinoamericano, que adoptó el nombre de Francisco, todo un programa de gobierno. Y, en un contexto geopolítico marcado por conflictos y tensiones internacionales, los cardenales rompieron otro mito dentro de la Iglesia católica al elegir al primer papa estadounidense, Robert Prevost.
Francisco y León ante un cambio de época
En la Ciudad Eterna, los tiempos cuentan. Y los actuales no son tiempos cualquiera. Como repetía con frecuencia el Papa Francisco, la humanidad atraviesa un cambio de época, algo distinto de una simple época de cambios, que aludiría a una sucesión acumulativa de transformaciones. “Estamos en uno de esos momentos en que los cambios no son más lineales, sino de profunda transformación; constituyen elecciones que transforman velozmente el modo de vivir, de interactuar, de comunicar y elaborar el pensamiento, de relacionarse entre las generaciones humanas, y de comprender y vivir la fe y la ciencia”, explicaba en 2019, en un discurso dirigido a la curia romana.
La Iglesia no vive al margen de este fenómeno que impacta en sus dinámicas internas y la interpela directamente en su misión. Jorge Bergoglio era plenamente consciente de ello: su trayectoria pastoral, su fina sensibilidad y su disciplina del discernimiento forjaron a un futuro sucesor de Pedro que propondría una Iglesia en salida, centrada en la misión, en diálogo valiente con un mundo en transformación. Frente a este desafío, sugería la conveniencia de “iniciar procesos antes que ocupar espacios”, y a ello se dedicó.
Iniciar y continuar procesos
En este año de recorrido de su pontificado, León XIV ha dado señales de compartir esa visión que prioriza el tiempo por sobre el espacio, dando continuidad, con su propio estilo, a asuntos nucleares del pontificado de Francisco.
La elección de un religioso misionero, con experiencia pastoral en las periferias latinoamericanas, creado cardenal y nombrado prefecto para los obispos por su predecesor, evidenció que la voluntad mayoritaria del colegio cardenalicio era continuar esos procesos. El primer consistorio extraordinario convocado por León XIV, celebrado los días 7 y 8 de enero, volvió a confirmarlo. La propuesta inicial de trabajar cuatro temas –la misión de la Iglesia; el servicio de la Santa Sede a las Iglesias particulares; el sínodo y la sinodalidad; y la liturgia- fue finalmente reducida a dos, por decisión de la mayoría y ante la brevedad del tiempo disponible: sínodo y misión.
Las decisiones de León XIV señalan una continuidad con Francisco que no anula las diferencias
Puede decirse que Francisco “desempolvó” el concepto de sinodalidad. Aunque se trata de una realidad que siempre ha existido en la Iglesia, en el consistorio se reconoció que, hoy, “vive su infancia”, y que se necesita profundizar en su valor y reconocer que antes que un programa, la escucha y la participación de todos es un modo de ser de la Iglesia.
Hombre de pocas palabras y de marcado sentido práctico, León XIV optó por aplicar este principio antes que teorizarlo. Con un estilo sinodal diseñó su primer consistorio extraordinario y, con humildad, se dispuso a escuchar.
De aquel encuentro surgió también la propuesta de profundizar en las enseñanzas de Evangelii gaudium, el documento programático de Francisco, considerado un faro para revitalizar la misión evangelizadora de la Iglesia. En la carta que envió a los cardenales, para convocarlos al consistorio del 26 y 27 de junio, León XIV recordó “la necesidad de relanzar Evangelii gaudium para comprobar con honestidad qué es lo que, tras unos años, se ha asimilado realmente y qué es lo que, por el contrario, sigue siendo desconocido y sin poner en práctica”.
Son decisiones que señalan una continuidad que no anula las diferencias. No sería una buena noticia para la Iglesia que, en la sucesión de Pedro, los pontífices se limitaran a copiar a sus predecesores: ello atentaría contra el dinamismo que la caracteriza, más ligado a la inspiración del Espíritu Santo que a la mera creatividad humana.
Tras la conclusión del Jubileo de la Esperanza y el cierre de una agenda heredada de Francisco, León XIV inició su ciclo de catequesis centrado en los documentos del Concilio Vaticano II. Esta decisión arroja luz a la transición entre pontificados. Han pasado apenas sesenta años desde la clausura de aquel acontecimiento eclesial, considerado el más importante del siglo XX, que buscó abrir la Iglesia al mundo y adecuar la transmisión del mensaje evangélico a los tiempos modernos: un lapso que todavía parece insuficiente para que un proceso de semejante magnitud sea plenamente comprendido y despliegue toda su profundidad. León XIV lo vivió como misionero en las periferias; hoy tiene por delante la tarea de proyectarlo al mundo entero.