Carrusel de melancolías, de Leonora Vicuña (Santiago de Chile, 1952), es mucho más que un libro de fotografía: es una especie de registro visual de un periodo histórico concreto, construido desde una mirada íntima y poética que enfoca a lo invisible. Bajo una mirada libertaria y humanista, la fotógrafa chilena revela la intimidad de aquellos espacios que quedan fuera del discurso oficial, construyendo una realidad sombría que posteriormente colorea con lápices y otras tinturas, transformando la imagen sagrada casi como una artesana que la reinterpreta a su modo, mucho antes de la fotografía digital y Photoshop.

‘Calle Porvenir, Barrio Matta sur, Santiago’ (2014).Leonora Vicuña‘Bar Mundo, calle San Diego, Santiago’ (circa 1981).Leonora Vicuña‘Lo que el viento se llevó, cinerama Santa Lucía, Santiago centro’ (1981).Leonora Vicuña‘El flaco y las banderas, Santiago’ (1979).Leonora Vicuña‘La picada de Elianita, Santiago centro’ (circa 1981).Leonora Vicuña‘Roland Bar, Valparaíso’ (1979).Leonora Vicuña‘Evelyn melancólica, La Palmera, barrio Vivaceta, Santiago’ (1983).Leonora Vicuña‘Afuera del restaurant Nápoles, Valdivia’, (1981).Leonora Vicuña ‘De micro a micro, Santiago’, (1982).Leonora Vicuña

La obra se sitúa en el Chile de la dictadura de Pinochet, en una ciudad amenazada por la expansión de un neoliberalismo agresivo, fragmentada, agitada y atravesada por el miedo. Entre 1978 y 1983, Vicuña recorre distintas ciudades —con una cámara Smena, regalo de su madre—, registrando sus márgenes: bares decadentes, de tango, prostíbulos y calles vacías. “Lugares donde no hay luz ni horas”, apunta la autora. Locales venidos a menos, viejos, habitados por la belleza de lo extinto. Así, la melancolía se adueña de las imágenes y, pese al movimiento, la sensación dominante es la de un tiempo suspendido, marcado por la incertidumbre y la precariedad.

Bar, Valparaíso (circa 1978), muestra unas figuras masculinas a través de las puertas abiertas del local. La autora engloba tanto el interior como el exterior, invitando al espectador a pensar el mundo que rodea a la imagen que está viendo. Hay en su trabajo una profunda humanidad a pesar de que a veces los personajes se reducen a sombras o siluetas. Desdibujados y fantasmales alternan en ambientes nocturnos o de baja luminosidad, como si la identidad individual se disolviera en una atmósfera colectiva de languidez y añoranza.

‘El flaco y las banderas, Santiago’ (1979).Leonora Vicuña

Un rasgo central de la obra es la relación entre palabra e imagen. Antes de ser fotógrafa, Vicuña era ya poeta, y ese lenguaje se traslada a su mirada visual. Los textos, los letreros, los rótulos comerciales, se convierten en elementos narrativos dentro de la fotografía. La tensión entre lo visual y lo escrito refuerza el carácter literario de la obra.

Vicuña vivió en Madrid, en 1973, pero aquel ambiente del postrero franquismo no logró conquistarla y marchó a París. En Grecia, poco más tarde, comenzó a experimentar con la fotografía. Influida por autores como Henri Cartier-Bresson, Robert Frank o Josef Koudelka, regresa a Chile en un momento de fuerte represión política. Su retorno marca el inicio de su trabajo fotográfico más importante.

La fotografía de Vicuña no se inscribe en la historia oficial, sino que se sitúa en una resistencia oblicua. No es política en sentido explícito, pero sí profundamente crítica: en ella se percibe una opresión atmosférica, una forma de vida contenida, casi clandestina. La fotógrafa se encontraba en París cuando tuvo lugar el golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet; esa distancia le permitió tener menos miedo, y evitar la autocensura. Aun así le interesaba registrar la pena de ese mundo oprimido.

El espectador percibe que los protagonistas resisten algo invisible, que habitan lugares donde, por momentos, pueden sentirse tranquilos. “Lo chileno tiene esa melancolía, una tristeza pegada de toda la vida, vinculada a lo geográfico y telúrico: la presencia imponente del océano Pacífico y la cordillera, fuerzas indomables. Pero al mismo tiempo está esa realidad de la lamparita pequeña, de una especie de pobreza que arrastra de toda la vida”, reconocía la fotógrafa durante una conversación con Alexis Fabry, comisario de una exposición que se celebró en Buenos Aires, que compartía título con la publicación. “Y esa tristeza que no es de Pinochet —ni de Allende— ; no es política sino más contextual, más profunda que todo eso. Quizás viene de un aislamiento. Hay una soledad que la gente lleva dentro, callada. Es algo geográfico, y a la vez muy poético. Recuerdo, de niña, pasear por los parques y sentir el peso del tiempo; bruma, silencio en la calle, la gente que camina fumando, sin hablar”.

‘Lo que el viento se llevó, cinerama Santa Lucía, Santiago centro’ (1981).Leonora Vicuña

Formalmente, su trabajo también es experimental. Vicuña interviene sus fotografías, las colorea, y altera su superficie, rompiendo con la idea de pureza fotográfica. Tanto las fotos en blanco y negro coloreadas como las realizadas más tarde en Cibachrome adquieren una misma tonalidad atmosférica, que la autora identifica con “el color de Santiago”.

El resultado es una estética de la decadencia y de lo extinto: bares en penumbra, calles vaciándose, interiores observados casi como un voyeur, espacios donde la belleza surge precisamente de lo que está desapareciendo. Su obra se orienta a recuperar el fondo de un tiempo inasible, latente. Incluso en escenas cotidianas —como personas bailando o carne expuesta en vitrinas— aparece una dignidad silenciosa, una vida que insiste en mantenerse a pesar de todo.

En conjunto, Carrusel de melancolías es una obra profundamente literaria, donde fotografía y poesía conviven sin jerarquía. Más que documentar una época, Vicuña construye un universo emocional: el de una ciudad atrapada en lo que persiste y lo que se desvanece. Su obra no rescata el pasado; lo expone en su inestabilidad, en el momento mismo en que empieza a desaparecer.

Carrusel de melancolías. Leonora Vicuña. RM. 128 páginas. 45 euros.