La pelea entre Tchouameni y Valverde da una nueva expectativa a la polémica fallida del pasillo: es sabido que no se lo tiene que hacer el Madrid al Barcelona en el Camp Nou, pero lo mismo tiene que hacérselo el Barcelona al Madrid en la puerta del Clínic. Sería el broche berlanguiano, todos en pantalón corto aplaudiendo la llegada de camillas, para un año que ha terminado en el Madrid explotando de la peor manera, de la manera disciplinaria, de la única manera que no puede terminar ni empezar el Real, que es la que tiene que ver con la conducta, la imagen y los valores que, como último favor después de perderlo todo, suplicaron a la plantilla Álvaro Arbeloa y Florentino Pérez metidos en el vestuario: que se acabase con dignidad. Ni eso.

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Que dos jugadores discutan a gritos y casi lleguen a las manos un día de entrenamiento, y acaben pegándose al día siguiente, no tiene más sentido que el que el propio Madrid quiera darle. Eso no pasa ni en una clase de cuarto de la ESO. Dos chavales encarándose y amenazándose en el aula, ¿y al día siguiente pegándose en el mismo aula? Pues ahí está el Real Madrid, el club más famoso del mundo, pidiéndote que le agarres el cubata.

No hay mejor indicativo del descontrol que arrasa ahora el vestuario. En el Madrid a las hogueras, en lugar de echar agua, se le echa gasolina. Uno puede no controlar que dos jugadores en caliente se peguen (juegan al límite, hay roce y patadas), ¿pero después de un aviso tan grave como el del día anterior? Más allá de dónde estaba o qué hizo Arbeloa, que tiene fama de no andarse con chiquitas y ha castigado las indisciplinas sin mover una ceja, ¿dónde estaban los jugadores, los famosos jugadores del Madrid, los líderes del vestuario que tantos años presumían de que en el club mandaban ellos y el presidente, y el entrenador tenía que ser un tipo buenrollero? ¿No hay nadie en esa plantilla, en ese grupo de jugadores, con la autoridad de un Ramos, de un Hierro, de un Raúl, de un Modric, de un tipo que al mínimo desaire o sospecha de pelea mande para casa a los peleadores o a los chivatos, o le ponga la cruz, o tenga una charla con él?

No perdamos de vista, ofuscados por la violencia degradante, que el vestuario es un colador: todo se cuenta, todo se propaga, y no siempre hechos sino versiones de hechos. Un vestuario debe de ser una tumba egipcia: el primero que lo agujerea, se arriesga a las momias. En mundos tan herméticos, lo poco que se cuenta no se contrasta ni hay manera de hacerlo. El Madrid es ahora un club en el que orbitan los medios tradicionales intentando rascar algo y 6.931 youtubers y tuiteros, que aseguran tener fuentes en la directiva, en la plantilla y en los bares acostumbrados. Y las tienen.

Gravísimo es que dos tíos con cuerpos con los que podrían matar a cualquiera no controlen sus impulsos y la emprendan a golpes; de coña es que uno además salga lesionado del vestuario. Y debajo de esa gravedad, que es la máxima gravedad, flota el raquítico compromiso de los jugadores que traicionan la confianza de sus compañeros, la suya propia y de la institución, moviendo mercancía averiada a los medios, aguas no potables, noticias con intención de destruir o enrarecer, chiquilladas, estrategias de baratija.

El poder de la amistad, se decía en 2024 del grupo (con Tchoaumeni y Valverde) que, sin Cristiano y en la vuelta de Ancelotti, volvió a conseguir dos Champions más. De aquel poder de la amistad queda ya sólo el poder y la ambición de conseguirlo en el vestuario por encima del entrenador y de cualquiera. Con las tensiones que genera eso. Y las derrotas.