La ciencia lleva años sospechando que el sueño y el Alzheimer están íntimamente relacionados. Ahora, la evidencia acumulada por varios estudios de referencia apunta a algo que debería hacernos reconsiderar la próxima vez que decidamos sacrificar horas de descanso. Una única noche sin dormir es suficiente para desencadenar en el cerebro cambios bioquímicos similares a los que caracterizan las fases iniciales de esa enfermedad neurodegenerativa.
Investigaciones con personas sanas han constatado que perder tan solo una noche de sueño provoca un aumento de la beta-amiloide, una proteína cerebral vinculada al deterioro cognitivo y al Alzheimer. Esta sustancia es un residuo metabólico que se acumula en el espacio entre las neuronas y que, cuando no se elimina correctamente, forma las llamadas placas amiloides, estructuras que bloquean la comunicación entre células nerviosas.
El cerebro se limpia mientras dormimos
El mecanismo detrás de este fenómeno es el sistema glinfático, una especie de red de limpieza que el cerebro activa principalmente durante el sueño profundo. A través de este sistema, el cerebro elimina los residuos metabólicos acumulados durante el día, entre ellos precisamente las proteínas beta-amiloide y tau, ambas relacionadas con enfermedades neurodegenerativas. Cuando el descanso es insuficiente o de mala calidad, ese proceso de limpieza se interrumpe y los residuos tóxicos se acumulan.
Los datos son llamativos. Un estudio de la Universidad de Washington en San Luis demostró que los niveles de beta-amiloide en personas privadas de sueño eran entre un 25% y un 30% más elevados que en quienes habían dormido con normalidad, alcanzando valores equiparables a los de personas con predisposición genética al Alzheimer.
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Pero la beta-amiloide no es la única proteína implicada. Investigaciones posteriores hallaron también un incremento del 51,5% en los niveles de tau, otra proteína asociada a la muerte neuronal que se enreda y se extiende por el cerebro en el Alzheimer, en adultos sometidos a privación total de sueño. La tau se libera de forma natural durante las horas de vigilia, pero normalmente se elimina durante el descanso nocturno. Sin ese proceso de depuración, los niveles escalan de forma preocupante.
Un riesgo crónico y silencioso
El problema se agrava cuando la falta de sueño deja de ser algo puntual y se convierte en un hábito. Quienes duermen seis horas o menos por noche de manera habitual a los 50, 60 y 70 años acumulan cerca de un 30% más de probabilidades de desarrollar demencia que aquellos que descansan siete horas, un riesgo que se mantiene incluso al descartar factores como la salud física, la salud mental o la predisposición genética al Alzheimer.
Los investigadores insisten en que estos hallazgos no prueban de forma definitiva que dormir mal cause Alzheimer, pero la acumulación de evidencias apunta en una dirección inequívoca. Una semana de sueño deficiente lleva además al incremento de otra proteína cerebral vinculada al daño neuronal en el Alzheimer y otras enfermedades neurológicas. El círculo vicioso se cierra porque, a su vez, el propio Alzheimer afecta desde sus etapas más tempranas a las regiones cerebrales que regulan el sueño, lo que acelera el deterioro.