Dos decenas de aficionados del Valencia Basket vivieron en primera persona el tenso tercer partido de la serie de su equipo contra el Panathinaikos. Una … experiencia que nunca olvidarán, por desagradable. «Desde que entramos al pabellón nos marcaron los movimientos que podíamos hacer. Teníamos prohibido exteriorizar cualquier signo de alegría o euforia, ni por supuesto llevar ninguna camiseta del Valencia Basket, bufanda o hacer vídeos con el móvil», confesó Miquel Furió a este periódico. El de Sueca es un habitual en los viajes de Euroliga con el equipo y alucinó con la advertencia del equipo de seguridad del OAKA: «Nos dejaron claro que si nos levantábamos una vez del asiento tendríamos un aviso y a la segunda seríamos expulsados del pabellón. Nos tiraron cerveza, a los utilleros del equipo el agua, y sin hacerles nada el comportamiento siempre fue agresivo. Te sientes amenazado en todo momento. Nos explicaron que a los ultras sólo los bajan detrás del banquillo visitante el día que juega Olympiacos y que fue una venganza porque según ellos la charanga y el Mur Taronja del Roig Arena se pasaron con ellos».

La afición valenciana, que vio a pocos metros como salivaban a algunos miembros del banquillo, sólo podía levantarse para ir al baño al descanso y al final del partido y el único reducto seguro lo encontraron en la seguridad privada que acompaña al Valencia Basket en Atenas. «Con ellos nos sentimos más protegidos», aseguró Furió que señaló como momento de más tensión «cuando expulsaron a Ataman y Pedro Martínez. La sensación que tuvimos es que podía explotar todo. Se escuchaba hasta el sonido de las vallas metálicas moviéndose que no paraban de zarandear y daba la sensación de que se iban a venir abajo en cualquier momento. La anécdota más graciosa es que al salir uno de los miembros de seguridad nos dijo que él estaba contento porque era del Olympiacos».

Ese esa sensación la suscribe Juan José Segrelles, al que le llegaron a ordenar que no le asomara el móvil por el bolsillo de la camisa porque pensaban que estaba grabando con la cámara trasera. Una paranoia constante. «Vivir algo así en primera persona te impresiona porque no estamos acostumbrados a ese clima de hostilidad tan extremo. Es algo que te impacta», aseguró. Lo que más le intimidó es que no podían ni fijarse en la grada: «Esta gente llega dos horas antes del partido a insultar y no los puedes ni mirar porque se encienden más. La seguridad no nos dejó ni levantarnos de nuestro asiento y la verdad es que te sientes en todo momento amenazado. Cuando expulsaron a los entrenadores la sensación fue de que en cualquier momento rompían la valla y saltaban a la pista. Encima empezaron a fumar y el olor a humo era tremendo».

«Nosotros somos personas civilizadas. Venimos a disfrutar del Valencia Basket y a pasarlo bien. Si ganamos bien y si no pues nos volvemos a casa, que al final es sólo un deporte. No pudimos ni ponernos una camiseta o bufanda del Valencia Basket. Nos pasó algo tremendo. En los asientos teníamos carteles que se repartieron con la foto del dueño del Panathinaikos y al apartarla pues una se quedó del revés sin darnos ni cuenta. Se lo tomaron como una afrenta y nos empezaron a insultar y a tirar cerveza», se lamentó Segrelles.

Quien más sufrió, de largo, fue Rosa González. La madre de Isaac Nogués. Además de aguantar los insultos contra su hijo, lo vivió como aficionada en esa zona a pie de pista anexa al banquillo taronja: «No disfruté el partido porque estaba tan pendiente de la tensión que lo sufrí más que lo disfruté. Recibimos constantemente insultos, además de escupirnos y empezar a tirarnos cosas. He decidido volver a casa y no ver el cuarto partido». Lo admite, con las maletas saliendo del hotel hacia el aeropuerto, y con pena: «Como fan disfrutas con el ambiente cuando se dedican a animar a su equipo pero me sobra toda la agresividad que les acompaña».