Este nuevo álbum lo pudimos escuchar por primera vez en directo, en el Liceu (el pasado 25 de marzo), invirtiendo en orden de los factores. ¿Le incomodó?
Al final, me gusta que haya sido así. Tenía que salir antes, pero la fábrica de vinilos iba lenta y para que saliera en todos los formatos a la vez me dieron la fecha del 8 de mayo. En este momento de mi vida, me parece bien. Y si fuiste al concierto, entenderás más el disco.
Da mucha importancia al vinilo. Podría haber lanzado el disco primero en ‘streaming’ y en CD, sin esperar.
Estamos en un momento en que hay unas estrategias y unas contra-estrategias, y la discográfica me dijo que preferían que saliera todo junto y yo pensé que, si hacerlo así, les motivaba más, pues adelante. El vinilo, que es doble, es el formato más fidedigno al proyecto, el que representa más la búsqueda de dos mundos de ‘Oral_abisal’. En el CD, el orden de las canciones está pensado en el ritmo y la paciencia que tenemos ahora como oyentes, y el vinilo, que es doble, ofrece el ritual concreto: en uno está ‘Oral’ y en el otro, ‘Abisal’.
Habla de dos mundos, dos viajes… ¿Puede explicárnoslo?
Después de ‘Toda la vida, un día’ (2023), que representaba todas las edades de la vida hasta el renacimiento, en un trayecto circular, este disco propone círculos pequeños, el ir y volver constante de la vida: buscar lo que no conoces y volver a casa, una y otra vez. El canto de taberna, colectivo, y luego el más introspectivo y onírico. ‘Oral’ es más rico, es muy de guitarra, y ‘Abisal’ es más direccional, de trance, con menos acordes, y ocupa más espacio. ‘Oral’ es próximo y cálido, y en ‘Abisal’ entras en otra dimensión: todo son mares, y no los románticos, sino sus partes más oscuras, secretas, con criaturas escondidas. ‘Oral’ entra por las cuerdas y en ‘Abisal’ están las trompas, que me apasionan.

La artista Sílvia Pérez Cruz, el pasado mes de abril en Barcelona. / Jordi Otix
Unos instrumentos que ofrecen texturas muy singulares y que en el escenario tienen un aspecto sensacional.
¡Son preciosos! Siempre me han apasionado. En ’11 de novembre’ (2012), ya los había. Entonces, en el disco están la madera y el metal, trabajando con músicos que vienen de la clásica, del Liceu, sin partituras, y que no tengan miedo a equivocarse. Aquí, el error será bienvenido. Haz algo que nunca hayas hecho, inténtalo. En el mundo clásico hay mucho castigo al error y eso crea mucha tensión. En nuestro escenario puedes equivocarte, no pasa nada. Haces cosas nuevas, te relajas y entonces te equivocas menos.
Hablaba de mares que no son románticos, sino misteriosos y tal vez un poco amenazantes. ¿Hay ahí un reflejo del estado del mundo, del planeta?
Una de las canciones, ‘Mar muerto’, habla de la gente que cruza el mar y arriesga su vida. Si me preguntas por cómo está el mundo… Es tan terrible lo que pasa que solo puedo confiar en cuidar lo pequeño. Con responsabilidad: una persona, una planta, un colectivo… Cada uno tiene su fuerza. Yo sé que mi responsabilidad está en alejarme de mi ‘gallo negro’ y cuidar lo que me toca. Si me voy de ahí, me pierdo.
El mes pasado cantó en el acto en Barcelona de la Movilización Progresista Global, ante el presidente Pedro Sánchez y líderes como Lula, Claudia Sheinbaum y Gustavo Petro. ¿Cómo se sintió?
Nunca he cantado en actos políticos, porque mi lucha ha sido desde el escenario. Celebro las diferencias de cada cual, voto por la belleza colectiva, si a alguien no le va bien, le ayudaré, y él a mí, y esto es muy profundo para mí, es trabajar el ritual colectivo. Hay gente que es más militante que yo: Maria Gadú o Liliana Herrero. Pero me invitaron a ese acto y pensé que tenía que ir a un lugar donde se habla de paz. Canté ‘Gallo rojo, gallo negro’. Tenía que ir.
¿No pensó en los peligros de meterse en el jardín político?
Quizá antes me podría haber hecho dudar, pero ahora… No tengo vínculos con ningún partido. Solo pensé: “tengo que ir”. Siempre he huido de los actos políticos, porque mi lucha, donde mejor puedo definirla, es a partir de mi música, pero canté en la cumbre progresista porque la paz es algo importantísimo, que va por delante de todo.

La artista Sílvia Pérez Cruz, el pasado mes de abril en Barcelona. / Jordi Otix
En el disco está esa chacarera llamada ‘Chundwa’, una palabra en el idioma ahuaco, de Colombia. ¿Quién lo recita?
Significa ‘nieve’. Es un indígena que me regaló sus saberes más profundos. Me comenzó a hablar del ciclo del agua, y yo precisamente estaba pensando en eso, en los estados del agua, y me faltaba la nieve. Él vino y me trajo un poema que habla de la nieve, y le pedí si podía recitarlo. Es muy profundo, casi me da apuro hablar de ello. Él me habló de unos silencios, que en los pueblos los protegen, porque lo que no se dice no se puede robar, y fue precioso. Es una canción que necesitaba.
La pista brasileña no podía faltar: ‘É triste viver sem seu amor’ conecta con la bossa nova.
La hice pensando absolutamente en João Gilberto y Caetano Veloso, en Río de Janeiro, sin más voluntad de que sonase a eso. Habla de amor de una manera bonita, y creo que es la melodía que más me gusta. También está ‘Geland’, con Jota.Pê, una voz maravillosa de Sao Paulo. Nunca he oído un timbre como el suyo.
Es el único dueto, ahora que se llevan tanto los discos llenos de ‘featurings’.
Jorge Drexler me había dicho que quería estar, pero estaba metido en su disco. Me dijo que sí dos veces, pero fue imposible, no tenía ni una mañana libre. También iba a participar en el álbum Lia Kali, pero no pudo ser porque tenía viajes. Hace mucho que la conozco y siempre he creído mucho en ella. Canta desde un lugar con mucha verdad; con dolor, pero muy de verdad.

La artista Sílvia Pérez Cruz, el pasado mes de abril en Barcelona. / Jordi Otix
Cantó hace poco en el Olympia, de París, donde conmemoró el 30º aniversario de su trayectoria en los escenarios. ¿En qué momento comenzó su carrera?
Yo creo que a los 4 años ya salía ahí a cantar, pero me acordé de lo que Serrat me dijo una vez. Hablábamos de cuándo comienza una carrera, y él me dijo: “cuando te pagan”. Con mi padre cantaba de vez en cuando en La Bella Lola, en Calella, donde venía gente de Barcelona. Ahí es donde mi padre era más feliz. Yo no lo veía nunca y creo que aprendí a emocionar cantando para hacerlo llorar a él, como diciéndole “hey, que estoy aquí”. A los 13 años fue cuando vine a Barcelona con él, a actuar en un local que no consigo recordar, y desde entonces ya no he parado a hacer conciertos. Canté cuatro canciones, ‘Alfonsina y el mar’, ‘Veinte años’ y dos habaneras anónimas cantadas por mujeres, porque mi padre recuperaba canciones, y me pagaron 25.000 pesetas.
Ahora, su hija Lola sale al escenario con usted.
Es maravilloso. Tiene 18 años y, yo 43, y pienso, guau, qué bonito. Ella es muy artista y disfrutar de venir conmigo, pero yo quiero que haga lo que quiera.
¿Fue a ver a Rosalía en el Palau Sant Jordi?
El penúltimo día, el viernes. Me gustó mucho, es brutal cómo canta. El disco también me gusta mucho. El formato tan grande, con las pantallas, es de otro mundo, pero vi en ella la voluntad de estar en un teatro, aunque fuera gigante. La emoción es difícil que llegue en lugares tan grandes, pero en la canción italiana, por ejemplo (‘Mio Cristo piange diamanti’), lo hizo de un modo espectacular. Y cantar y bailar a la vez es algo muy difícil de hacer. Lo que me pregunto es si estamos acostumbrando al cerebro a cosas imposibles, y cómo acabará recibiendo la imperfección de la verdad. Creo que esto quizá acabe dando la vuelta.
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