«Me quedé impresionada». No es una frase buscada. Es, más bien, la forma más directa que encuentra Hortensia Herrero de volver a aquel primer encuentro con la obra de Anselm Kiefer. Un encuentro que no se explica tanto por lo que se ve como por lo que sucede.

«La primera vez que vi la obra de Anselm Kiefer, con esa fuerza, me atrapó. Su arte tiene algo que te hace sentir, concentrarte y meterte dentro de la obra». No habla de formas ni de estilos, sino de una experiencia que exige detenerse.

Con el tiempo, aquella impresión inicial fue adquiriendo otra dimensión. De la contemplación al vínculo. De la intuición a la certeza de que ese universo complejo, matérico, lleno de capas merecía ser compartido.

El momento decisivo llegó en Croissy, en el estudio del artista. Allí, entre estructuras que parecen levantarse desde la memoria y materiales que conservan la huella del tiempo, Herrero entendió el alcance de su obra. «Cuando visitamos a Kiefer en su estudio de Croissy me quedé impresionada porque había recreado a escala real las salas de este centro con la selección de obras idóneas».

No se trataba ya de reunir piezas, sino de trasladar una experiencia.

Esa es, en esencia, la historia de esta exposición: el recorrido personal que va de aquel primer impacto a la voluntad de hacerlo accesible a otros. Vicepresidenta de Mercadona, esposa de Juan Roig y una de las grandes mecenas del arte en España, Herrero ha construido un proyecto cultural marcado por una mirada propia, ajena a lo inmediato.

Esa mirada es la que hoy toma forma en una de las muestras más ambiciosas del Centro de Arte Hortensia Herrero, se podrá visitar hasta el 25 de octubre de 2026. Porque lo que propone Kiefer no es solo pintura, ni escultura, ni instalación: es una experiencia que se despliega como capas de memoria, materia e historia.

Si alguien no ha visto nunca una obra de Kiefer, es una persona afortunada porque puede vivir por primera vez la increíble experiencia de contemplar esas obras llenas de capas, esa materia, esa textura, esos colores… que una vez se han visto nunca se olvidanHortensia HerreroMujer de Juan Roig, Vicepresidenta de Mercadona y una de las mecenas del arte más importante de España

Ese universo tiene su origen en un paisaje muy distinto. Kiefer nació en 1945, en una Alemania devastada, literalmente entre ruinas. Ese contexto no es un dato biográfico más, sino la materia misma de su obra: cenizas, plomo, paja, barro. Elementos que no representan la historia, sino que la contienen. En sus piezas, todo parece estar en transformación constante, como si el tiempo siguiera actuando sobre ellas.

Sin embargo, reducir su trabajo a la memoria de la posguerra sería simplificarlo. En Kiefer conviven la mitología clásica y la poesía, la alquimia y la filosofía, la música y la literatura. Sus referencias van de Paul Celan a la cábala, de la ópera de Wagner a los mitos griegos. Y esa densidad simbólica es la que convierte cada obra en un territorio que exige ser recorrido más que contemplado.

Quizá por eso Herrero insiste en la experiencia del espectador. En lo que ocurre cuando uno se sitúa frente a esas superficies cargadas de materia y significado: «Si alguien no ha visto nunca una obra de Kiefer, es una persona afortunada porque puede vivir por primera vez la increíble experiencia de contemplar esas obras llenas de capas, esa materia, esa textura, esos colores… que una vez se han visto nunca se olvidan».

La exposición, comisariada por Javier Molins, ocupa seis galerías del centro y ha sido concebida como un recorrido inmersivo. No hay aquí una sucesión de piezas, sino una arquitectura en la que historia, paisaje y mito se entrelazan. Algunas de las obras expuestas, muchas de ellas inéditas fuera del estudio del artista, dialogan con otras ya presentes en la colección de Herrero, como Böse Blumen, Walhalla o Der Tod und das Mädchen.

Imagen de la obra ‘Danaë’ de Anselm Kiefer expuesta de El Centro de Arte Hortensia HerreroCentro de Arte Hortensia Herrero

Entre todas ellas destaca Danaë, una obra monumental de más de trece metros que se presenta por primera vez en Europa. En ella, Kiefer superpone el interior del aeropuerto de Tempelhof con el mito de la lluvia dorada de Zeus, creando una imagen que oscila entre lo industrial y lo mítico.

La muestra reúne un conjunto de piezas que permite adentrarse en los grandes temas de Kiefer: la historia, la literatura, la música y la mitología. Desde las referencias poéticas de Böse Blumen o Für Walther von der Vogelweide, hasta la intensidad musical de Der Tod und das Mädchen o las evocaciones clásicas de Elektra, Dryad y Danaë, el recorrido despliega un universo en el que cada obra funciona como un estrato de sentido. Muchas de ellas, además, salen por primera vez de su estudio, lo que convierte la exposición en una oportunidad excepcional para contemplar un trabajo que rara vez abandona su propio espacio de creación.

Quizá por eso, al final, todo vuelve a aquel primer instante. A esa impresión que no necesita ser explicada. «Me quedé impresionada». Y en esa frase, contenida y precisa, se resume todo lo demás.