Seguramente Esopo se rascaría la cabeza perplejo contemplando el guirigay de chirridos y crujidos de carbono que invadió el falso llano del bulevar de la Democracia en la costera Burgas, y los ayes de corredores heridos. ¿Y qué moraleja saco de todo esto, de este caos infernal?, se preguntaría el fabuloso fabulista helénico nacido por estas costas búlgaras del mar Negro hace más de 2.500 años. ¿Y a qué animales encomiendo el ejemplo? ¿A los burros, tan zopencos, quizás? ¿A los comedores de bellota? ¿O a la araña, mejor, el animal inteligente y paciente, que espera y espera y solo cuando el golpe es seguro ataca como acelera Paul Magnier, sus larguísimas piernas de insecto, en los últimos 200 metros de la recta hasta la meta para adelantar a todos y afirmarse como único entre toda la fauna de sprinters, pollos sin cabeza cuando la adrenalina del último kilómetro los desborda?
En Francia las gentes del ciclismo se pellizcan en los muslos porque temen estar soñando, y no se pueden creer que después de tantas décadas de sequía nazcan con poquitos años de diferencia dos talentos que llegan para comerse el mundo, los mismos ricitos castaños y mofletes coloridos de adolescentes, el mismo nombre, Paul, una premonición, y la misma ansia y ambición. Paul Seixas, de 19 años, que desafía a Pogacar, y el otro Paul, Magnier, de 22 recién cumplidos, zanquilargo sprinter velocísimo que pone en fila a todas las bestias, al coloso Maximilian Walscheid, al gigante friulano Jonathan Milan, al destróyer Dylan Groenewegen y su maillot de helado de hielo, rosa fresa, azul menta… Y luego se viste de rosa, el primer francés que lo hace desde Bruno Armirail hace tres años, y hasta quizás tenga ganas de ver la repetición de la llegada, el bloqueo del pelotón que se levanta a su espalda cuando, a 650 metros de la meta, en el torbellino final pierde el control de su bici el noruego Erlend Blikra y en su caída arrastra a media docena. Solo quedan nueve delante. Sprint limpio. Locura de Walscheild, cansancio de Milan y Groenewegen, impaciencia de Tobías Andersen, movimiento perfecto de Magnier, que llega de los Alpes y se ha pasado tres semanas en Sierra Morena, cogiendo moreno y llenando la sangre de glóbulos rojos.
Por la costa viaja el Giro. Campos amarillísimos de colza infinitos y playas del mar Negro, natilla pálida su arena, con torres de apartamentos, dunas y nombres tentadores, Cocoa Beach y así, para atraer a los rusos millonarios que tan cerca libran batallas y bombas. Dos delante, 182 detrás. Los de delante no han hecho más esfuerzo que acelerar cuando el nuevo director del Giro, viejo sprinter zorro Stefano Allocchio, baja la bandera y da la salida. Se van de la mano Diego Pablo Sevilla, un madrileño de La Vega amigo de Contador que termina con la maglia azul de mejor escalador, y Manuele Tarozzi, que gana las metas volantes A su espalda el pelotón mira para otro lado. Pasean dos minutos por delante hasta que a 20 kilómetros de la meta se acaba el recreo. El pelotón les alcanza y ellos, de regreso al juego de codos y el rebufo de las ruedas, contemplan extrañados que la línea de la serpiente se ensancha y abomba en la cola, donde se extiende una mancha amarilla. Son las gentes del Visma que arropan a Jonas Vingegaard atrás, donde va tranquilo y sin sobresaltos, buscando ganar el Giro con el mayor número de kilómetros por debajo del umbral. Lejos de él el ruido y la furia.
Esopo, quizás, se sentiría también perdido. ¿Qué moraleja extraer de quienes como Sevilla, Tarozzi y Vingegaard buscan el mayor beneficio con el mínimo gasto? ¿Cómo vamos a exaltar a la cigarra alegre frente a la laboriosa hormiga?