Igualar las oportunidades es una de las tareas más difíciles para cualquier sociedad. En Colombia, puede parecer casi un milagro. Se repite con frecuencia que se necesitan once generaciones, y mucha suerte, para salir de la pobreza. Durante 14 años, el documentalista Andrés Ruiz siguió a 50 familias en todo el país para entender por qué esa movilidad es tan esquiva. El resultado es El juego de la vida, un largometraje que se estrena este jueves 7 de mayo y que, más allá de los datos, reflexiona sobre las razones profundas por las que la pobreza se perpetúa.
El proyecto nació como una iniciativa de divulgación de la Encuesta Longitudinal Colombiana (ELCA), de la Universidad de los Andes, que siguió a 10.000 hogares durante más de una década. En el camino se transformó en un relato más personal donde convergieron las historias de las familias y la del propio Ruiz, como acompañante de esos hogares y como ciudadano que también vivió su propia historia de movilidad social.
Para él, la pobreza no es un tema únicamente estructural. “Sí hay una tarea grande del Estado, que ya se conoce, pero también hay una responsabilidad social que tiene que ver con el clasismo, la xenofobia, la discrmininación: eso juega un papel muy importante en la desigualdad, del que poco reflexionamos”, asegura. Esa reflexión, precisamente, es la que busca suscitar en las personas que vean su documental.
La historia de Mildred Leal, una de las protagonistas del largometraje, condensa esa complejidad. Nació en el pueblo de Gramalote, Norte de Santander, en el nororiente de Colombia, hace 50 años. A los 17 se fue a Cúcuta, la capital del departamento, a estudiar, pero su vida estuvo marcada por desplazamientos. En 2005, la guerra la obligó a abandonar el municipio conurbado de Villa del Rosario y regresar a su pueblo. Cinco años después, en 2010, un deslizamiento de tierra destruyó por completo Gramalote. “Se cayó el pueblo”, recuerda. Pasó por albergues temporales y, tras algunos años de ‘rebusque’, en 2018 se mudó a Bogotá gracias a las redes que había construido como lideresa social. Hoy trabaja como secretaria en el Ministerio de las Culturas.
Después del derrumbe, dice, pasó de “estar en la tranquilidad a mirar cómo sobrevivir”. Vendió morcillas, antipasto, quesillos y postres para sostener a sus hijos. “Cuando uno es mamá, nada duele, no hay obstáculos, no se puede tener miedo”, asegura. Hoy, sus hijos menores, Juan Daniel y Donny Juan Pablo, viven en Medellín y fundaron una productora audiovisual. Sus otras dos hijas, María Camila y Guadalupe, viven con ella en Bogotá. La primera trabaja en un call center y la segunda en el Ministerio de las TIC.
Historias como la suya y como las de otros retratados en el largometraje o en el libro homónimo que Ruiz presentó en la Feria del Libro de Bogotá, muestran que salir de la pobreza no se trata únicamente del acceso a las oportunidades, sino del costo que implica aprovecharlas. “Si me gano una beca para estudiar en una universidad de prestigio, pero el entorno me discrimina por mi acento, tengo que sacrificar partes de mi identidad. Hay que abandonar cosas. Eso se normaliza en la sociedad colombiana. No solo es difícil llegar, sino que cuando llego, no me dejan estar”, resume el director.
Andrés Ruíz Zuluaga, director de ‘El juego de la vida’.Universidad de los andes
La ELCA permite observar esos procesos con mayor profundidad. “Permite desentrañar los mecanismos de inclusión y exclusión de manera más clara”, dice Alejandro Gaviria, exrector de la Universidad de Los Andes y uno de los impulsores de la encuesta. A diferencia de las investigaciones tradicionales, que ofrecen una fotografía en un momento puntual, preguntó a las mismas familias las mismas preguntas cada tres años y a lo largo de 14 años, y de esa manera identificó cambios concretos en indicadores como sus ingresos, su educación, vivienda, empleo o tenencia de tierras en las zonas rurales.
La encuesta, dice Juan Ernesto Sánchez, director del Centro de Datos de la Facultad de Economía de Los Andes, “aumenta la comprensión de los cambios sociales y económicos a nivel individual y de hogares a través del tiempo”. Permitió generar datos únicos y sin precedentes para construir una radiografía dinámica y minuciosa de las trayectorias de esas familias, así como sobre cómo operan la pobreza, la desigualdad y la movilidad social en Colombia.
Los resultados matizan la idea de una movilidad imposible. Gaviria explica que la encuesta evidencia fuertes mecanismos de exclusión, pero también oportunidades reales. “Hay posibilidades, aunque dependen de la región, del acceso a educación y del empleo formal”, señala. Las ciudades aparecen como espacios clave, aunque con profundas desigualdades. Persisten, en todo caso, problemas estructurales: las brechas en la educación, especialmente en la primera infancia; las dificultades para acceder a la educación superior; las desigualdades en salud y la falta de formación para el trabajo.
Para Mildred, inicialmente fue extraño participar en el estudio. “Pensé que éramos ratoncitos de laboratorio”, dice. Con el tiempo cambió de perspectiva y encontró en el documental y en el libro “algo muy bonito: como una línea de tiempo de mi vida, una evaluación que hago de lo que he transcurrido, de lo que uno es capaz de hacer. Me hace agarrar más impulso para hacer las cosas”, añade.
Ese cruce entre cifras y relatos es central en el documental. “La vida es mucho más compleja que los indicadores”, resume Gaviria, quien admite la necesidad de que la investigación académica y cuantitativa esté acompañada de proyectos como el de Ruiz: “Hace que la investigación sea más poderosa”, enfatiza.
El documental, dice su director, no está narrado de manera imparcial, sino con su mirada e historia como hilo conductor. “Mi perspectiva no era la de un economista ni la de un académico, sino la de alguien que también vivió la pobreza. Soy hijo de camionero y de ama de casa, tengo seis hermanos y crecimos en la pobreza. Yo viví ese trayecto que estábamos buscando en la investigación”, asegura.
Tras 14 años siguiendo a decenas de familias, Ruiz llega a una conclusión clara: la meritocracia, entendida como el esfuerzo individual, no basta para explicar la movilidad social. “Hay personas que trabajan toda la vida y no logran salir de la pobreza”, afirma. Las redes de apoyo (familiares, institucionales, educativas) son determinantes. Los contactos, en la mayoría de los casos, son imprescindibles para abrir puertas que el esfuerzo por sí solo no logra desbloquear.
Gaviria coincide en que el concepto de meritocracia es limitado. Puede ser útil en ciertos contextos, dice, como en el acceso a puestos estatales, pero también funciona como una narrativa que justifica privilegios. En sociedades desiguales, evaluar el mérito sin considerar las condiciones de partida resulta insuficiente.
Ruiz encontró otro factor determinante y poco visible en los datos: el afecto. El documentalista asegura que las familias con vínculos sólidos y cooperación interna tienden a sostener mayores niveles de bienestar, incluso sin mejoras económicas significativas. En contraste, los hogares fragmentados o conflictivos suelen deteriorarse. “El bienestar es difícil de medir”, reconoce. Pero en las historias aparece una constante: el amor como fuerza que sostiene a las familias frente a la adversidad.
En ese cruce entre números y vidas, El juego de la vida plantea una idea central: la movilidad social no es una línea recta ni un proceso uniforme. Es un recorrido lleno de avances, retrocesos y renuncias, donde las estructuras importan tanto como las decisiones individuales. Entenderla exige mirar más allá de los datos y escuchar las historias que los sostienen.