Europa no atraviesa un buen momento. La crisis financiera del 2008 fue un mazado para su autoconfianza. El coronavirus y la guerra de Ucrania agravaron una crisis de identidad que la mantienen postrada. Los esfuerzos para salir adelante han sido loables, sobre todo con el covid. Los planes de transición ecológica y resiliencia tecnológica también han ayudado, pero no han sido suficientes para recuperar la confianza. La desorientación y la depresión persisten. También la sensación de soledad. Estados Unidos, garante de la seguridad, ha decidido que el proyecto de paz e igualdad que representa la Unión Europea no le interesa. El presidente Trump preferiría que la UE no existiera. Esta orfandad plantea un dilema existencial: ¿qué soy y qué quiero ser? Resolverlo es muy complicado. No solo por la diversidad de opiniones entre los socios, sino porque la institución tampoco lo tiene claro. ¿Cómo podemos prepararnos para la guerra si somos un proyecto de paz? ¿Cómo es que no defendemos con más ahínco a los palestinos y los inmigrantes si los derechos humano son la expresión más clara de los valores europeos?
Europa se siente débil y no vive según sus principios. Sabe que debe valerse por sí misma, pero tiembla ante la certeza de que Estados Unidos ya no será su protector incondicional. Prescindir de la energía rusa y admitir que debe cambiar su modelo productivo para reducir la dependencia de las manufacturas made in China , aún complica más del diagnóstico.
Los presidentes y primeros ministros tienen sobre sus mesas de trabajo varias hojas de ruta para salir adelante. Tener el diagnóstico y el remedio, sin embargo, no resuelve nada si el paciente no colabora.
Hoy, más que nunca, resuena la sinceridad de Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea entre 2014 y 2019, cuando dijo que “todos sabemos lo que hay que hacer, pero si lo hacemos no sabremos cómo ser reelegidos”.
Por eso sentamos a la Unión Europea en el diván del psicoanalista para que nos cuente qué le pasa y ayudarla a afrontar este momento del ahora o nunca.
ME FALTA LIDERAZGO
Macron, Merz y Starmer quieren pero no pueden
Alemania, motor económico de la UE, no afronta la reforma de su modelo productivo y Francia, reserva espiritual de nuestros valores, ha olvidado cómo ser coherente. El Reino Unido, por su parte, a quien le debemos la victoria sobre el nazismo, no está en disposición de ayudar. Su crisis de identidad es aún más grave que la nuestra. El primer ministro Starmer tiene una aplastante mayoría parlamentaria, que, sin embargo, no utiliza para tomar la decisión más lógica y trascendental: iniciar el camino de regreso a casa, a la UE, al mercado común, su principal socio comercial. Sin embargo, gobierna desde un posibilismo centrista que no soluciona nada. Al contrario, da alas a los radicales, que saben aprovechar el malestar de la ciudadanía por el colapso del statu quo.
El canciller Merz y el presidente Macron están en la misma encrucijada. A Macron le queda un año de mandato y sin mayoría parlamentaria solo puede gobernar de cara a la galería, pero Merz, que está al frente de una amplia coalición, debería hacer más, y no solo por Alemania, sino por Europa.
Merz y Macron deberían inspirarse en Kohl y Miterrand. Kohl ofreció el marco para crear el euro, como le pedía Miterrand, y éste accedió a la rápida reunificación de Alemania, pese de los fantasmas del pasado.
Ser valiente comporta unos riesgos que parecen reñidos con el liberalismo contemporáneo. Las voces más atrevidas no surgen de la socialdemocracia ni del centroderecha, sino de los extremistas antieuropeos.
“Estamos perdiendo a los europeos”, exclamó la eurodiputada liberal Valérie Hayer cuando tomó la palabra en el último discurso sobre el estado de la Unión. Explicó que, a pesar de nuestra riqueza y libertad, los europeos no confiamos en nuestros líderes porque los vemos débiles. “Somos débiles frente a Trump, Putin, China y el clima”, dijo. Y es con esta debilidad que hacemos frente a nuestros grandes retos, como son la seguridad, la inmigración y el estado del bienestar.
EL INMIGRANTE ME ASUSTA
Los gobiernos asumen que Europa no somos todos
Nos olvidamos de los derechos humanos cuando afrontamos el fenómeno de la inmigración. La mayoría de los europeos no quieren más inmigrantes. Los partidos racistas consiguen grandes resultados electorales. Las fuerzas centristas sienten la tentación de romper el cordón sanitario. Se ha roto en Suecia desde el centroderecha y en Rumania desde el centroizquierda, y lo ha roto también el PP con Vox en varias autonomías españolas. Una vez que un partido con principios morales rompe el cordón sanitario, luego lo tiene más fácil para justificar políticas inmorales.
El rechazo al inmigrante –confirmado por la falta de una política de asilo común– esconde una patología aún más grave: la población europea que no es blanca ni cristiana participa menos de la vida democrática. Se aísla en sus comunidades, vive al margen, y esta marginación demuestra que el proyecto europeo es solo para algunos europeos.
Un liderazgo débil y la falta de recursos financieros para sostener el estado del bienestar dejan a la ciudadanía a merced de sus instintos más primarios. Es fácil creer que tenemos más derechos que los demás, sobre todo cuando los populistas así nos lo dicen.
ME FALTA BIENESTAR
El estado no atiende las necesidades básicas
Los radicales no tendrían opciones de gobernar si los estados pudieran garantizar las necesidades básicas de la ciudadanía. El coste de la vivienda y el deterioro de la sanidad, la educación y el transporte dificultan la vida de la gran mayoría de europeos. Redistribuir la riqueza y apuntalar el estado del bienestar es una de las principales señas de identidad de los europeos. No conseguirlo es un fracaso que da las al radicalismo.
Los estados no lo tienen fácil. A sus economías les falta productividad. Nunca han recuperado los niveles que tenían antes de la gran crisis financiera del 2008. Los programas de crecimiento de la UE para acelerar la transición ecológica y la fabricación de chips, por ejemplo, no bastan para impedir que cada vez tenga menos peso en el PIB mundial.
Sin dinero es difícil pagar el bienestar. El cierre de Ormuz, por ejemplo, ha disparado el precio de la energía y la inflación. Las ayudas públicas a las empresas y las familias implican aumentar un gasto que, si no puede asumirse con los impuestos, implica más deuda. Este es el embrollo que Starmer y otros estadistas no pueden solucionar.
Europa tiene el mercado más importante del mundo y, sin embargo, no puede garantizar el bienestar de su ciudadanía porque es incapaz de reforzarlo. El informe Draghi indica cómo hacerlo, pero ningún líder asume el coste de intentarlo.
ESTOY INDEFENSA Y SOLA
Necesito armas, justo lo que creía que nunca necesitaría
Europa es un proyecto de paz que se prepara para la guerra. Vaya contradicción. La diplomacia y la colaboración internacional que tanto ha defendido la UE parece que no sirven de nada ahora que EE.UU., Rusia y China imponen la ley del más fuerte.
Es igual que Trump retire a 5.000 soldados de Alemania porque lo que necesita Europa son misiles, muchos misiles de medio y largo alcance para neutralizar a Rusia y no hay forma de fabricarlos. Necesita ganar tiempo para poder hacerlo. Tiempo también para fabricar drones y munición, para reforzar la seguridad cibernética y las comunicaciones estratégicas. Hay tanto por hacer que será imposible sin romper el tabú de la defensa compartida. No necesitamos 27 ejércitos. Nos bastaría con uno. Nos bastaría con la disuasión nuclear de Francia y el Reino Unido si pudieran ser realmente europeas, pero no lo son. Europa no tiene lo que necesita, pero no está sola. Ha perdido a EE.UU., pero tiene a Canadá y otros amigos en Asia y el sur global que estarán a su lado para ayudarla a valerse por sí misma, como demuestran los 40 acuerdos comerciales firmados con unos 80 estados, incluida India y los países del Mercosur.
