Las nieves de los Dolomitas fascinan y aterran en la misma medida a Enric Mas, que descubre el Giro a los 31 años, ya reparadas una mano desollada y una pierna con trombos en las venas.

“Del Giro solo temo el frío. Lo paso muy mal”, dice. La sonrisa blanca, blanca de dientes blancos que brillan rutilantes en un rostro moreno por el sol de Sierra Nevada y por la oscura iluminación de la habitación del hotel de Bulgaria desde la que habla por videoconferencia, delatan el estado de ánimo de un ciclista que respira aliviado porque se ha liberado del agobio del Tour, y, a cambio, ve recompensado su espíritu aventurero con el descubrimiento de la carrera rosa durante tres días por Bulgaria (tres etapas de travesía turística desde la Tracia del mar Negro hasta Sofía) y 20 en Italia, el país ciclista que asocia desde pequeño al placer. “Siempre que las cosas salen bien los buenos recuerdos dominan”, dice Mas, que en Italia, en una cuesta de Bolonia, batió hace cuatro años al imbatible Tadej Pogacar para ganar el Giro dell’Emilia, y luego llegó con el esloveno juntito hasta la última recta del Giro de Lombardía.

Dos días grandes que no ocultan el océano de frustraciones que ha vivido en el Tour, la carrera por la que suspiraba impaciente en 2018, después de quedar segundo en la Vuelta, a los 23 años, y alrededor de ella quería construir su carrera, su físico de faquir hambriento, escasas carnes, su capacidad de escalador, su ánimo de conquistador de pie sobre los pedales. En su primer Tour trabajó para el espejismo de Julian Alaphilippe hasta que Egan Bernal y una tormenta lo desvanecieron. Como líder del Movistar, en 2020 y 2021 fue quinto y sexto, un emblema del pelotón reducidísimo de los que solo luchan para defender su puesto, no para tocar más arriba, y sufrió ataques de pánico en los descensos. Peor fueron 2022 (retirado), 2023 (no terminó ni la primera etapa), 2024 (alejado en la general buscó reconvertirse en cazador de etapas, sin olfato para ello) y 2025 (nueva retirada en un Tour de buscador de oro). Cumplidos los 30, superado ya el miedo a bajar, la serie decadente en Francia le llevó a una conclusión. “Tenía que descansar del Tour al menos un año”, dice Mas, y entona el Viva Italia. Y su director, Eusebio Unzue, subraya la psicosis Tour, el amor Italia. “Enric está contento, impaciente por descubrir una nueva carrera en la Italia que tanto le quiere, con una orografía exigente, como le va bien a él”, dice el mánager general del Movistar. “Y marca distancias con el Tour, con el agobio de una carrera que le ha podido siempre y ha sido muy poco generosa a la hora de devolverle el esfuerzo y el sacrificio que le dedicaba. La distancia le ha aliviado. El nuevo reto”.

En el Tour del 24 le diagnosticaron una tromboflebitis después de lucirse bien en la ascensión al Mont Ventoux. El 24 de julio dejó de correr. No tocó la bici hasta semanas después de operarse, bien entrado el otoño, y en febrero, cuando poco a poco recuperaba el corazón ciclista, en una caída entrenándose se destrozó la palma de la mano derecha —“era carne viva, parecía una loncha de jamón”, describe, muy gráfico, Unzue—, lo que supuso un parón de dos semanas más. “Me ha costado recuperarme”, reconoce Mas, que solo ha competido 10 días en los últimos nueve meses. “Espero haber cubierto ya mi cupo de caídas…”

Como en los siete días de marzo en la Volta se encontraba aún en proceso de recuperación, los datos de sus resultados no cuentan para prever si puede ejercer algo de oposición en el Giro al Jonas Vingegaard extrafavorito o acercarse al podio en el que se prevé a Adam Yates y Giulio Pellizzari o pelear por el top-5 con los clientes habituales de los últimos años, gentes de su generación, Thymen Arensman, Egan Bernal, Felix Gall, Jay Hindley o Ben O’Connor. “Solo nos valen las referencias de sus entrenamientos las tres semanas que ha estado a la sombra del Mulhacén, y nos dicen que ya está totalmente recuperado. La Volta la hizo aún a medias. Era su primera gran carrera en ocho meses, y solo mes y medio después de hacerse el destrozo en la mano, y no podía agarrar bien el manillar “, dice Unzue. “Todo se le juntó con la lenta recuperación de la operación de la pierna. Pero puede acabar perfectamente entre los cinco primeros”.

Cuando Mas baja de Sierra Nevada después de una concentración de tres semanas que le ha sabido a nueva porque nunca la había hecho en abril, ascienden la montaña granadina Tadej Pogacar, Paul Seixas y todos los que piensan en el Tour con anhelo, no con miedo. Mas ha disfrutado viéndolos triunfar por la tele, pero su lucha es ahora con otros. Llega al Giro por debajo del radar de todos. Apenas le citan ciclistas o periodistas en sus largas listas de favoritos. La última carrera de tres semanas en la que llegó al podio fue la Vuelta del 24. Han pasado 20 meses en los que han crecido los hermanos pequeños de Pogacar, en los que el cambio acelerado lo ha sepultado, como si el ciclismo le hubiera olvidado. Y Mikel Landa, nuestro ciclista más italiano, apaga melancólico y cojeando, con la inserción del isquion rota, el televisor que le lleva a su casa una carrera que ama y en la que no podrá estar, “No son tiempos fáciles”, dice. “Verlo desde lejos es muy extraño…” Y no regresará a Piancavallo, donde donde descubrió el asombro.