Abeer Murad, una mujer de unos 30 años y madre de dos niños pequeños, vive en una tienda en el centro de Gaza desde el primer mes de la guerra, después de perder su casa en el barrio de Sheikh Radwan, en Ciudad de Gaza. Dice que los roedores han pasado de ser una simple molestia a convertirse en una fuerza que domina hasta los aspectos más pequeños de la vida cotidiana. “Tenemos que cargar en brazos a nuestros hijos para protegerlos, y al mismo tiempo intentar salvaguardar lo poco que queda de nuestras pertenencias”, afirma.

Guarda la pasta en recipientes cerrados, pero los ratones son capaces de mover las tapas y abrirlos. Coloca los alimentos fuera de la tienda, pero eso tampoco ofrece una protección real. Una noche, una rata se metió entre los pliegues de su ropa y estuvo a punto de morderla. Pensó en usar veneno, pero teme utilizarlo dentro de la tienda. “Si la rata muere entre las pertenencias o dentro de las bolsas de plástico, el olor se queda atrapado”, explica. Su hija de ocho años ahora tiene miedo de los roedores, a pesar de encontrarse con ellos casi todos los días. Cada vulnerabilidad agrava la siguiente. “El sentimiento de impotencia se multiplica”, dice Murad, “porque no puedes protegerte a ti misma, ni a tus hijos, ni siquiera tu comida”.

Como ella, miles de gazatíes que sobreviven en barrios y campamentos de la franja de Gaza padecen desde hace meses lo que Husni Muhanna, portavoz del municipio de Gaza, describe como una “proliferación sin precedentes de roedores”: ratas y ratones que muerden los dedos de manos y pies de los niños mientras duermen, roen las pocas pertenencias valiosas que aún conservan y contribuyen a la propagación de enfermedades.

La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA, por sus siglas en inglés) señaló que el 81% de los más de 1.600 lugares de desplazamiento evaluados a mediados de abril reportaron presencia frecuente de roedores o plagas. Además, Reinhilde Van de Weerdt, representante local de la Organización Mundial de la Salud, declaró a Reuters que en Gaza se han registrado alrededor de 17.000 casos relacionados con infecciones provocadas por roedores y ectoparásitos en lo que va de año.

“No es una sorpresa”, afirma Muhanna, sino “el resultado de un colapso total de los sistemas: la destrucción de las redes de alcantarillado y la acumulación de unos 350.000 metros cúbicos de residuos sólidos y alrededor de 61 millones de toneladas de escombros en todo el territorio”. “Las ratas se multiplican a un ritmo que se ha vuelto imposible de controlar, y el problema se agrava por el bloqueo de pesticidas y materiales de cebo necesarios para combatirlas”, añade.

Enfermedades al acecho

Este colapso de las condiciones sanitarias y ambientales en Gaza ha producido lo que el doctor Ayman Abu Rahma, jefe del Departamento de Medicina Preventiva del Ministerio de Salud de Gaza, describe como una “amenaza para la salud pública” sin precedentes.

Las mordeduras de roedores representan un peligro inmediato. En algunas ocasiones son profundas y provocan infecciones graves, y Abu Rahma señala un “aumento notable” de los casos en las últimas semanas, coincidiendo con la llegada de la primavera, concentrados entre niños y personas mayores. El horizonte es aún más preocupante, dada la cercanía del verano y la falta de alternativas para los cientos de miles de desplazados que malviven en tiendas de campaña.

Entre los riesgos más graves están las infecciones de heridas en pacientes diabéticos que han perdido sensibilidad en las extremidades. Sin sensibilidad, una mordedura pasa desapercibida; la herida empeora; y lo que podría haberse tratado con antibióticos termina convirtiéndose, en algunos casos, en motivo de amputación.

Las ratas se multiplican a un ritmo que se ha vuelto imposible de controlar, y el problema se agrava por el bloqueo de pesticidas y materiales de cebo necesarios para combatirlas

Husni Muhanna, portavoz del municipio de Gaza

La doctora Rana Zuaiter, médica generalista, advierte de que el verdadero peligro todavía se está gestando bajo la superficie. La enfermedad más importante asociada a los roedores en este contexto es la leptospirosis, una infección bacteriana transmitida por contacto con los excrementos de estos animales o por una mordedura directa.

Sus síntomas iniciales se parecen a los de enfermedades virales: fiebre, fatiga extrema, dolores musculares y articulares. Esa similitud dificulta el diagnóstico temprano. Pero si no se trata, o si el sistema inmunológico del paciente ya está debilitado, puede derivar en insuficiencia renal o hepática, problemas respiratorios agudos, complicaciones cardíacas e inflamación cerebral potencialmente mortal.

Todo esto se suma a la proliferación de los brotes de enfermedades vinculadas a las mismas condiciones de fondo: varicela, sarna y hepatitis viral. Son la consecuencia directa del debilitamiento inmunológico, la desnutrición crónica y el colapso de la higiene básica en toda la población. La combinación de residuos y escombros acumulados, fosas de aguas residuales expuestas y la ausencia de materiales de limpieza está preparando el terreno para nuevas epidemias en un sistema sanitario que ha sido destruido de forma generalizada.

Las penosas condiciones no son solo terreno fértil para la proliferación de roedores. También para pulgas, garrapatas o piojos. Rami Abu Anza, responsable de enfermería de la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF) en dos puntos de atención primaria en Al Mawasi, viene atendiendo enfermedades cutáneas que “rara vez” había visto en Gaza en sus 18 años en la profesión. Cuenta que un cuarto de sus pacientes presenta ectoparasitosis, dermatosis causadas por parásitos que pueden presentar distintas formas. Se atajan con higiene y pomadas o pastillas, pero unas y otras escasean en Gaza, por lo que las mismas personas acaban regresando semanas más tarde. “Los síntomas disminuyen con la medicación al principio, pero el paciente vuelve luego a la tienda de campaña donde estaba aquello que le causó la enfermedad inicial, así que inevitablemente acaba regresando”, explica.

Un ajuar destruido

Las condiciones del desplazamiento empujan a los residentes a deshacerse de los residuos de cualquier manera posible, por insegura que sea, mientras que la grave escasez de equipos y servicios municipales ha dejado a las instituciones sin capacidad para compensarlo, explica Abu Rahma.

Una situación que no solo está afectando a la salud de sus habitantes. A finales de abril, solo unos días antes de su boda, Amani Abu Salma abrió las bolsas que guardaba dentro de su tienda destartalada en Jan Yunis, en el sur de la franja de Gaza. Dentro se encontraba, devorado por las ratas y ratones, el ajuar que esta joven de 20 años había conseguido reunir con mucho esfuerzo durante la guerra. “El día anterior estaba sentada con mis amigas admirando mi ropa y preparándome para mi gran día”, cuenta, con voz agotada. “A la mañana siguiente estaba en shock. Todo había sido roído y destruido”.

Lo único que quiero es recibir un mensaje diciéndome que puedo obtener algo que nos ayude a combatir estas ratas

Abeer Murad, habitante de la franja de Gaza

“Mi hija no ha vivido una sola guerra”, dice Um Raef Abu Salma, la madre de Amani, de 53 años. “Ha vivido dos: la guerra de la ocupación y la guerra de las ratas”, añade. Esta madre de familia, único sostén de los suyos tras su divorcio en 2014, había pasado años reuniendo objetos para el ajuar de su hija, que ardieron con el bombardeo de su casa en la localidad de Abasan al Kabira, al sur de Jan Yunis. Ahora, por segunda vez, todo se había echado a perder, esta vez como consecuencia de los roedores. Pocos días después del hallazgo, Amani finalmente se casó, después de que vecinos y familiares reunieran una pequeña cantidad de dinero para que pudiera comprar nuevos enseres.

Um Raef Abu Salma, la madre de Amani, de 53 años, muestra los agujeros que dejaron los roedores en una de las prendas del ajuar de su hija. Ansam Al Qitaa“No hay nada que sea suficiente”

El Ministerio de Salud, a través de su Departamento de Medicina Preventiva y sus unidades epidemiológicas, sigue los protocolos establecidos: atención de emergencia para heridas, limpieza, antibióticos y orientación a los pacientes sobre medidas preventivas. Pero Abu Rahma es claro sobre los límites de esa respuesta. El Ministerio trabaja bajo una grave escasez de medicamentos y suministros médicos. Los protocolos existen. Lo que no existen son los medios para aplicarlos plenamente.

El municipio de Gaza pide apoyo externo urgente: pesticidas y materiales de control, cantidades adecuadas de combustible, así como equipos y maquinaria necesarios para reanudar las operaciones básicas. La entrada de todos ellos está limitada por las autoridades israelíes: por considerarlos potencialmente de doble uso (civil y militar) o, en vulneración del acuerdo de alto el fuego alcanzado hace medio año, para presionar a Hamás a desarmarse sin contrapartidas. El problema de los roedores ha alcanzado tal dimensión que el COGAT, el organismo del Ministerio de Defensa israelí que controla los pasos de Gaza, permitió este miércoles el ingreso excepcional de “cientos de cajas de pesticidas especializados para roedores y control de las ratas”, junto con 20 toneladas de pesticidas y equipamiento de control de plagas, según anunció en un comunicado.

Muhanna reconoce abiertamente que, en estas circunstancias, las actuales intervenciones de emergencia —tratar focos de aguas residuales, limpiar algunos vertederos improvisados y realizar campañas limitadas de exterminio en las zonas más afectadas— no son más que paliativos frente a una crisis estructural.

La ONU viene reclamando a Israel que permita la entrada de maquinaria pesada para retirar residuos, munición sin explotar y escombros, bajo los cuales se calcula que yacen aún miles de cadáveres de los bombardeos israelíes. En el mercado de Firas, en la capital, la basura se ha ido acumulando hasta ocupar toda una manzana y superar cuatro plantas de altura. Los trabajadores sanitarios tienen prohibido acceder a dos vertederos situados en el 52% del enclave que ocupan las tropas israelíes.

Mientras tanto, el deseo de Abeer Murad no parecería algo ambicioso en cualquier otro contexto. “Lo único que quiero”, dice, “es recibir un mensaje diciéndome que puedo obtener algo que nos ayude a combatir estas ratas”. En Gaza, incluso eso se ha vuelto inalcanzable.