El Real Zaragoza comenzó a rellenar su certificado de defunción en Valladolid con su mismo puño y letra, porque, aunque aún vive, y por eso sigue cometiendo errores injustificables, es un equipo muerto. La derrota en Pucela le deja ya maquillado para el ataúd, con el reloj de la boda en la muñeca y la foto de los nietos en el bolsillo, por mucho que el Cádiz y las matemáticas alimenten opciones. Pero llegará un día en el que ya será imposible estirar y retorcer la aritmética más allá de lo que tu propio fútbol te permite. Cayó el Zaragoza contra un Valladolid de mínimos, en un partido de nivel pobre de los dos equipos, muy espeso, insípido e igualado a la baja. La derrota fue un buen resumen de la temporada: fallos defensivos evitables, una nefasta protección del balón parado, incapacidad de marcar un gol e imponerse en área contraria… Al Zaragoza no le dio ni le da cuando juega mal, ni tampoco cuando juega algo mejor, como en la segunda mitad. Hace días que es un quiero y no puedo. Si las matemáticas a las que está agarrado desde hace meses se ponen crueles, con el Cádiz a cuatro puntos a falta de nueve por jugarse, el Zaragoza puede consumar su descenso la próxima semana en su estadio contra el Sporting.