Hace menos de un año, Ana Paz terminaba Publicidad y Relaciones Públicas en Pontevedra. Hoy vive en Christchurch, Nueva Zelanda, casi en las antípodas de la ciudad en la que se formó y en uno de los puntos más alejados del planeta para cualquier gallego. Entre un lugar y otro hay escalas interminables, diferencia horaria y una vida que, aunque en redes pueda parecer una sucesión de paisajes espectaculares, tiene mucho más de jornada laboral que de postal perfecta.

Ana Paz, ourensana, creadora de contenido y recién graduada, se presenta con una naturalidad que explica parte de su conexión con sus más de 230.000 seguidores. «Soy una persona normal, de Ourense, y empecé en redes sociales de rebote. Al principio ni enseñaba mi cara», resume. A su edad, no le preocupa admitir una incertidumbre que comparte con buena parte de su generación: «No sé qué hacer con mi vida. Tengo 27 años y sigo sin saber qué quiero».

Su vínculo con Pontevedra viene de las aulas, donde estudió una carrera que le gustó, aunque con matices, ya que la ve «muy desactualizada». Aun así, la experiencia universitaria y la ciudad le dejaron buen recuerdo. «Me encanta Pontevedra», afirma. Recuerda especialmente la comodidad y el contraste con otros ritmos urbanos.

El salto a Nueva Zelanda

La decisión de irse tan lejos no llegó como una historia perfectamente planificada. Ana siempre tuvo la idea de marcharse fuera. Primero pensó en Australia, después en Canadá, pero los planes no salieron. La visa australiana se agotó y Nueva Zelanda apareció como alternativa posible. La decisión definitiva llegó, además, en un momento muy simbólico. «Lo decidí haciendo el Camino. Estuve quince kilómetros caminando y dije: bueno, pues ya está». Al llegar a la catedral, recibió el correo que confirmaba la visa, lo que interpretó como la señal definitiva.

En noviembre del año pasado puso rumbo a Christchurch, donde residirá hasta el 31 de octubre. Para quedarse más tiempo tendría que conseguir otro permiso laboral o casarse y, de momento, «ambas parecen difíciles». Su futuro se atisba incierto. «Me da igual irme a Australia que a Coruña», reconoce. Eso sí, asegura que «las Navidades las tengo que pasar en España, si no mi familia me mata».

Ana durante una de sus rutas de fin de semana para desconectar del trabajo.

Ana durante una de sus rutas de fin de semana para desconectar del trabajo. / @anaaapaz en Instagram

El aterrizaje emocional no fue sencillo. Ana no disfraza la experiencia ni convierte el viaje en una cura instantánea. «Los primeros meses estuve fatal. No empecé a disfrutar hasta enero. No siento que haberme ido fuera solucionase mis problemas», explica. Esa sinceridad, que también traslada a sus redes, forma parte de su identidad. Sus seguidores ven montañas, carreteras, rutas y paisajes de película, pero detrás hay una rutina mucho menos idílica. «Trabajo 40 horas. Yo enseño que me voy a hacer mis rutas, pero eso es solo un día a la semana», aclara.

Su rutina pasa por la hostelería. Hay jornadas largas, madrugones, tráfico y turnos partidos. «Mañana me levanto a las siete, cojo el coche una hora y luego trabajo de nueve a tres y de cuatro a diez», relata. Los días libres los aprovecha para recorrer el país, hacer rutas y sacar fotos, una afición que cada vez ocupa más espacio en su vida. De hecho, su autoregalo de cumpleaños de este viernes ha sido una cámara nueva.

El choque cultural

Nueva Zelanda le ha supuesto también un choque cultural. Le sorprendió la presencia maorí, la calma y una forma de estar en la calle peculiar. «La gente va descalza al supermercado o por la calle. A nadie le importa lo que hagas. Puedo ir en pijama por la calle y nadie me va a mirar», cuenta. También empezó a conducir allí, pese a no haberlo hecho antes en España, y destaca la tranquilidad: «Nadie pita, nadie se queja, todo el mundo va tranquilo».

Pero hay cosas que pesan. La comida es una de ellas. «Como la gallega, ninguna», sentencia desde la distancia. Lo que más echa de menos no es solo un plato concreto, sino una manera de socializar. «Echo mucho de menos tomarme una caña. El otro día vi un plato de jamón y casi lloro», admite. Los horarios son más tempranos, los bares no cumplen la misma función y la fiesta termina pronto.

Morriña, familia y redes sociales

Pese a la distancia, hace el esfuerzo por mantener el contacto con amigos y familiares a través de madrugones o noches que se alargan. Sus padres viajarán a verla próximamente, una visita que espera con ilusión y también con ganas de que vivan, aunque sea de forma concentrada, el mismo choque cultural que tuvo ella.

Con las redes mantiene una relación de «amor-odio». Le han dado visibilidad y oportunidades, pero también cansancio. TikTok, plataforma en la que muchos la descubrieron, le resulta especialmente intensa. «Hice las paces con TikTok, pero tengo un temporizador de media hora al día», cuenta. Cree que la aplicación puede alimentar comparaciones. «Veo un vídeo de Chile y pienso: ojalá estar allí, y tengo que recordarme que no se puede tener todo», reconoce.

Ana Paz: «Tengo 27 años y no sé qué hacer con mi vida»

Ana Paz: «Tengo 27 años y no sé qué hacer con mi vida» / @anaaapaz en Instagram.

También ha usado las redes para hablar en gallego, aunque detectó que no siempre el algoritmo acompaña. «El primer vídeo que subí se viralizó porque pensaban que hablaba en portugués», recuerda. Después, dice, esos vídeos llegaron menos. Aun así, siguió haciéndolos. Para ella, el idioma y la forma de expresarse son parte de una autenticidad que no quiere perder.

Su aspiración, reconoce, sería poder vivir de crear contenido de viajes. «Me gustaría que mi único pasatiempo y en lo que me tuviese que centrar fuese hacer vídeos y fotos, poder dedicarle mucho tiempo y vivir de esto», explica. Sabe, sin embargo, que las redes son inestables y que pueden cambiar en cualquier momento.

Quizá por eso Ana Paz no vende certezas. Ni sobre Nueva Zelanda, ni sobre su futuro, ni siquiera sobre sí misma. Con una visa que caduca en octubre y Galicia siempre al otro lado del teléfono, sigue contando su vida con humor, cansancio, rutas, trabajo y mucha morriña. «Si no lo hago ahora, no lo voy a hacer con 40 años», expresa. Y en esa frase se resume todo: vértigo, oportunidad y esa manera tan suya de estar lejos sin dejar de sonar cercana.

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