LondresKeir Starmer vive en tiempo de descuento. Aún no lo sabe, no quiere admitirlo y pretende luchar hasta el límite de sus fuerzas, pero el resultado de las elecciones locales del jueves en Inglaterra, junto con el de los comicios a los Parlamentos nacionales de Escocia y Gales, han dejado al premier británico herido de muerte. Como desfibrilador y último recurso para evitar lo inevitable, un Starmer sin rumbo prácticamente desde que ganó las elecciones, hace menos de dos años, ha desempolvado dos de las viejas glorias del Nuevo Laborismo.
En un movimiento político que ha sorprendido a todos en Westminster –y que ha demostrado implícitamente una falta de ideas propias–, el premier ha nombrado este sábado al ex primer ministro Gordon Brown enviado especial para las finanzas globales y cooperación, un cargo a tiempo parcial y sin remuneración. También ha designado a la exvicepresidenta laborista Harriet Harman como enviada especial para las mujeres y las niñas, para combatir la violencia machista, una expresión que en el Reino Unido ni siquiera se formula en estos términos.
¿Será, todo esto, suficiente para silenciar las críticas que está recibiendo a raíz de la catástrofe electoral? Parece difícil. La razón es que el balance final del superjueves electoral ha sido demoledor: casi 1.500 concejales perdidos en Inglaterra en manos de la ultraderecha; en Escocia, el batacazo ha sido igualmente enorme en manos de la misma ultraderecha de Nigel Farage, que ha conseguido el mismo número de diputados (17) que los laboristas, y donde no han podido batir a los independentistas del Partido Nacional Escocés (SNP, 58 diputados), que gobernarán por quinta vez consecutiva.
El hundimiento ha sido aún más humillante en Gales, donde han ganado los independentistas del Plaid Cymru. Este desplome es especialmente doloroso, ya que Gales es uno de los territorios cuna del movimiento laborista. El partido ha perdido el gobierno por primera vez desde 1999. Ni siquiera ha podido conseguir la segunda posición, que se la ha llevado la formación de Farage.
Los laboristas han quedado terceros en Gales, donde gobernaban desde 1999. Los independentistas han conseguido la primera posición.
Que Starmer se haya dejado fotografiar este sábado en los jardines de Downing Street con Gordon Brown y Harriet Harman ha sido una forma de enviar una señal a sus críticos, cada vez más numerosos y más hartos de sus errores y vacilaciones: «Mirad, cuento con el apoyo de las vacas sagradas del partido», les ha dicho en cierta manera, después de admitir, en una comparecencia con los medios de comunicación a primera hora, que su ejecutivo ha cometido «errores innecesarios» en los veintidós meses que lleva en el poder.
Errores, sobre todo, del propio Starmer, que ha renunciado a políticas explícitamente progresistas de forma inexplicable, lo que ha puesto de manifiesto que después de llegar al poder se ha quitado la careta de hombre de izquierdas con la que se había presentado al liderazgo del partido.
En el discurso en que el viernes por la tarde la líder del laborismo en Gales, Eluned Morgan, anunció su dimisión, dijo: «Los votantes han demostrado una gran frustración con el partido laborista. Necesitamos volver a ser el partido de los trabajadores. Necesitamos que el gobierno cambie de rumbo. Necesitamos que la riqueza de esta nación se distribuya de forma más igualitaria». Starmer, sin embargo, no parece afectado por sus palabras. En un artículo que este sábado publica The Guardian, el premier afirma que continuará en el cargo, pero que no piensa modificar la política del gobierno, «ni hacia la izquierda ni hacia la derecha». El electorado de izquierda que apoya tradicionalmente al laborismo le acusa de haberse escorado a la derecha y de falta de proyecto y visión política.
Desafío desde Manchester
La recurrencia a Brown y Harman no ha impresionado mucho a los diputados de las segundas filas de la bancada laborista. Más de una treintena han expresado públicamente en las últimas horas la necesidad de que Starmer dé un paso al costado. Entre los más críticos, quien ha ido más lejos ha sido la parlamentaria Catherine West, por uno de los distritos del norte de Londres. En una entrevista a la BBC, West ha asegurado que si ninguno de los miembros del gobierno lanza un desafío contra el liderazgo de Starmer antes del lunes, ella misma lo hará, y ha pedido a los diputados del grupo parlamentario que la apoyen para activar el proceso del relevo. Para hacerlo, sin embargo, es necesario que el 20% de los parlamentarios –81, al menos– se sumen a la maniobra.
Por ahora, ningún ministro del gobierno ha levantado la voz contra el premier. Y han advertido a sus correligionarios de ir demasiado lejos. Nick Thomas-Symonds, ministro de la Presidencia, ha recordado el caos del Partido Conservador después del Brexit, que quemó a Theresa May, Boris Johnson y Liz Truss en tiempo récord, cosa que contribuyó al desprestigio de los tories y, finalmente, a la derrota de julio de 2024. En este caso, sin embargo, el movimiento de Catherine West no parece solo condenado al fracaso, sino que también, al menos momentáneamente, fortalecería la posición de Starmer, como ocurrió con algunos de los desafíos a los que tuvieron que hacer frente Theresa May o Boris Johnson.
Este lunes, Starmer tiene previsto dar un discurso importante en el que anunciará un acercamiento aún más próximo a la Unión Europea. El premier, ferviente anti-Brexit y conocedor del mal económico que el divorcio con la UE ha causado al país, todavía quiere cuadrar el círculo: mejorar la economía sin integrarse en el mercado único ni, menos aún, insinuar un retorno a la UE. Es lo que lo define políticamente: una indefinición total, en este caso por miedo a Nigel Farage y a los votantes que han apoyado a la ultraderecha, y que coinciden mucho con los que se pronunciaron en contra de la UE hace diez años.
La indefinición que lo acompaña, y la impopularidad manifiesta de Starmer que muchos diputados laboristas han denunciado durante la campaña, hacen que ni Brown ni Harman puedan salvarlo de su destino. Es cuestión de tiempo. Mientras tanto, en el norte de Inglaterra, espera su oportunidad Andy Burnham, el alcalde del Gran Manchester, que aparece como alternativa al premier. Para hacerla realidad, sin embargo, antes debería conseguir un escaño en la Cámara de los Comunes.