Jorge Alacid

10/05/2026

Actualizado a las 00:59h.

Palabra clave, amor. Esas cuatro letras aparecerán de forma insistente a lo largo de todo el recorrido por esta encantadora casa alojada en un rincón de Ciutat Vella, porque eso encierran sus paredes: una historia de amor. Amor familiar, amor a las raíces, amor a una determinada manera de estar en el mundo. Su propietaria enfatiza este atributo junto a otros conceptos también sagrados. La idea de sacrificio, por ejemplo. La clase de valores que heredó de sus padres y ella ha transmitido a sus hijos, plasmados en este proyecto que atesora ya seis reconocimientos arquitectónicos nacionales e internacionales y que responde a la intención de procurar que entre ella y los suyos se encarne esa relación a la vez independiente y cómplice propia de cuando la vida transcurría antaño más adosada al vínculo familiar. Una pretensión coronada, fruto del trabajo del arquitecto valenciano José Fernández-Liebrez Muñoz, mediante una elegante y cuidadosa construcción, suma de muchas influencias. Saldrá durante la visita la mención a Mies (y su sello en los pilares cruciformes que jalonan el recorrido) y también a Niemeyer y a Barragán, pero florece igualmente un par de legados muy presentes, que dotan a la finca de una espiritualidad muy acusada: es una construcción deudora de los códigos de la cultura árabe (se accede de hecho a través de un pasadizo que opera como atzucat y la misma planta se distribuye formando un pícaro zigzag, de aire oriental) y también aspira a reinterpretar el concepto de casa de campo, desde el mismo retranqueo que antecede a nuestros pasos.

En la entrada

La huella árabe

Un atzucat y un zigzag

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En el inicio, este distinguido ejemplo de buena arquitectura, a la vez sensible con la tradición pero muy contemporánea («Quería una casa del siglo XXI», observa su dueña), era un solar como tantos repartidos por el barrio. Hay que tener mucha imaginación y algo de osadía para ver en aquel terreno que la clienta de Fernández-Liebrez Muñoz conoció un lejano día del año 2019 la primorosa criatura en que se ha convertido. Y hay que contar con la complicidad del arquitecto para alcanzar esa feliz simbiosis que permitió materializar el sueño de poseer una vivienda que responda al concepto de plurifamiliar: como ocurría en aquel modelo de vida menos complicada, la vida en la casa del pueblo, en sus tres plantas se distribuye el programa que (en efecto) permite albergar en la primera a su hijo y su familia, hace de la segunda el hogar de su hija y su respectiva prole y reserva el piso superior para ella y su marido. Un propósito culminado, pero a la vez emboscado. Esta es una arquitectura silenciosa, discreta. Desde el ingreso a través del pasaje festoneado por un incipiente jardín vertical, iluminado por una sucesión de cipreses y otras plantas que preceden la entrada por la planta baja. El viaje acaba de comenzar.

Primera etapa, el subsuelo. Bajo la cota cero, un patio inglés ofrece una alternativa muy sutil para garantizar un espacio de elevado confort, que cuenta incluso con su pequeña cocina auxiliar y un pequeño aseo de cortesía, que aseguran la independencia respecto al resto de la finca: esa idea de autonomía será otro de los argumentos recurrentes durante la visita. Nos ha dado antes la bienvenida en el pasaje de acceso la herencia de la huella árabe depositada en este barrio de Valencia, en forma de delicado mosaico (un vestigio medieval, decorado con la hermosa rosa gótica); ahora, aquí abajo, a unos cuatro metros de profundidad, misteriosamente sigue luciendo el sol para abrillantar una estancia donde duermen otros restos arqueológicos salvados de la intervención que hubo que acometer antes de levantar la casa. Era el año 2022. Tres años después, en julio del año pasado, fructificó el encargo alumbrado luego de que la clienta de Fernández-Liebrez descartara hacerse con alguno de los edificios que se reparten por la zona («Eran caramelos envenenados», sonríe) y se decantara por una casa de nueva planta que se integra estupendamente con el caserío más antiguo que rodea su propiedad. La aventura acababa de comenzar. ¿Miedos? ¿Dudas? Ella niega con la cabeza: «Pensaba que mi familia me iba a decir que estaba loca pero como nadie me lo dijo… Cuando vi el terreno supe que era para mí».

Dentro de la casa

Aroma de barrio

La azotea, la joya de la corona

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La conversación se traslada ahora a la joya de la corona de la finca: sobre el hogar de su dueña, el arquitecto planteó una atrevida azotea que ejerce como una navaja suiza y juega con la idea de dentro/fuera: al exterior, una espléndida terraza, útil para las celebraciones familiares por su generoso espacio y porque dispone de su propia cocina, paella incluida por supuesto. A la sombra de un limonero, una piscina contribuye a refrescar el ambiente, que de manera natural apuesta por las ventilaciones cruzadas como era norma antaño: lo nuevo siempre se inspira en el pasado. Y en el interior, un coqueto salón que se prolonga hacia la cocina, concebidos ambos tanto para el disfrute de sus dueños como para recibir a las visitas. Una chimenea completa la fisonomía hogareña de la estancia y cumple con la fantasía que empezó a latir en el arquitecto cuando cruzaba por Ciutat Vella y olía a leña. Olía a amor de hogar. Un intangible impreso ahora en su creación, que fortalece su intención de dotar a la vivienda de ese mismo clima que sale a cada paso de la charla. Lo familiar, la vida en el pueblo, la vida de una casa de campo. «Me cuesta poner el pie fuera de casa», confiesa su dueña.

Antes de alcanzar la cima de la finca, el paseo se ha detenido en la planta donde ella tiene su hogar y aparece de manera expresa la mención a Niemeyer en las paredes curvadas que ayudan a diferenciar los espacios. En un rincón nos vigila un piano, oculto bajo su funda. Todo el conjunto obedece al mismo código arquitectónico que su artífice recalca: su tablero alumbró esta «burbuja», desconectada del contexto pero al mismo tiempo muy fiel al estilo de vida engarzado en la personalidad del barrio. Tuvo que superar desafíos de toda índole, incluyendo los azares propios de cada edificación en este barrio: que surgieran restos de la muralla o algún otro resto que hubieran complicado la construcción. También temía encontrarse con alguna tumba, con su ocupante correspondiente en forma de esqueleto, pero no hubo tal. Las obras avanzaron más o menos según el calendario previsto, sometidas a las investigaciones del grupo de arqueólogos que rescataron los tesoros más valiosos y se sumaron a la atmósfera de complicidad que destila todo el proyecto. Entre la propietaria y su familia, entre ella y el arquitecto y también con este grupo de profesionales a quienes obsequiaba con cruasanes a media mañana, cuando venía a observarles en acción. «El dinero mejor invertido de mi vida», señala. «Lo voy a disfrutar yo y el día de mañana…». Puntos suspensivos que apuntan hacia la clave de arco de su propósito central: que este nido sirva para apuntar las relaciones entre las distintas ramas de su familia. Dice que es un proyecto «intergeneracional» bendecido (de nuevo) por la palabra amor. «Se lo he puesto fácil a mis hijos», reflexiona. Y la mirada vaga por unos segundos a su propia condición de hija, devota hija de sus padres.

Fin de la visita

Una casa con energía

Vivir la tradición, vivir en el siglo XXI

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La visita ha concluido. Saboreando un café, el arquitecto habla de cómo su creación apuntala el discurso de su clienta. Es un espacio dominado por un mensaje «ni pretencioso ni histriónico, más bien un contenedor neutro», de aire incluso artesanal. Un espacio «fluido», insiste el arquitecto, donde la circulación interna se pone al servicio de la idea central del encargo: que replicara esa idea de vida familiar con que nació. Al fondo nos espían un par de vecinas: la torre románica de la iglesia del Salvador, una de las escasas muestras de ese estilo que sobreviven en Valencia, y la majestuosa cúpula de la iglesia del antiguo seminario. Reina un silencio conventual, pero su clienta aleja cualquier tentación de entender su casa como refugio, guarida o santuario. «Es una casa con energía», anota. La misma clase de energía donde ella se reconoce porque abona el modelo de relación en que sus padres la educaron y ella adiestra a su saga. Esa ambición de que los muros que le rodean y abrazan cristalizaran en su intención de fondo: un templo para el amor que combata el estigma tan extendido de la soledad no deseada, que fortalezca el vínculo familiar. ¿A sus hijos les gusta también esta apuesta por una convivencia tan singular? Ella asiente. «Es que convivir es fácil si uno quiere», observa, mientras esgrime el concepto de «intimidad compartida» como la virtud nuclear de su casa. «Las personas tenemos que vernos, queremos y abrazarnos», concluye.