El toro de la corrida de La Quinta fue el sexto, que, guerrero y protestón en varas, se alegró en banderillas y sacó en la … muleta el son y el aire de la sangre Saltillo que late cruzada en una parte de la ganadería. Pronto y claro por la mano derecha -humilló y repitió-, no tanto, pero apenas visto, por la izquierda. Una manera profunda de meter la cara, descolgar y embestir. La entrega y la fijeza que se llevaban hasta entonces echando de menos -excepción hecha de una docena de embestidas del tercero por la mano diestra- aparecieron muy a última hora. Llevaron el sello de este toro de postre, el más liviano de los seis, el de más armónico remate, corto de manos, bajo de agujas.

En manos de Tomás Rufo la posibilidad de darle la vuelta a una tarde más otoñal que de primavera, muy desapacible. En tablas del 5, al amparo de un viento ligero, se dobló Rufo de partida con el toro y lo dejó ver. En paralelo con las tablas, entre las rayas, vinieron dos tandas en redondo, ligadas, pero demasiado breves y separadas por pausas gratuitas y pomposas. Sin contar el toreo de Daniel Luque a la verónica en el toro segundo, fueron los momentos más celebrados de la corrida. En esa docena de muletazos bien cobrados se acabó quedando el cogollo de una faena que fue declinando por todo un poco. Por la falta de empeño con la mano izquierda, por los cortes de fluido, por el abuso de las voces. No hubo premio: una estocada defectuosa y fallos con el verduguillo, porque este sexto de tan buena nota hizo lo que casi todos los demás: no descubrir.

Un mal cálculo o una estrategia equivocada dejó en casi nada la otra faena de Rufo, la del tercero de corrida, un hermoso toro acucharado muy pegado en el caballo que midió por encima de las esclavinas antes de banderillas, pero quiso bien en unos primeros compases. Con la listeza propia de la edad -cinqueña toda la corrida- el toro mandó un par de recados cuando no vino empapado por la mano derecha, que fue la buena, y, además de eso, tuvo por la izquierda aire avisado, buscón y zapatillero. Cuando Rufo pretendió volver a la mano derecha, cambio de terrenos sin razón, al borde de la querencia de toriles, el toro no era el mismo del comienzo. Tres pinchazos, con salida por pies en el primero por atacar en terreno minado, una estocada delantera, dos descabellos.

A Perera se le atragantaron los dos toros de lote. Un primero de embestida engañosa y adormecida, pegajoso, a media altura, que adelantó por las dos manos y remató viaje echando la cara arriba. Y un cuarto de espectacular y rara pinta. Demasiado largo para su encaste, exótico remate. Guapo de cara. Cárdeno ensabanado careto y gargantillo, ligeramente moteado. Pintas así se suelen festejar de salida. Desbarató a Perera en el recibo en tablas y no le dejaron confiarse luego: embestidas al paso, ningún celo, salidas distraídas. Rompiendo una inveterada costumbre, Perera abrevió.

El gasto mayor lo hizo Daniel Luque con un lote muy ingrato. El segundo, al que había toreado de capa con ritmo mayor, no tuvo el detalle de repetir alguna embestida -ni una- ni de humillar. Andarín, suelto y ajeno, fue problema incluso a la hora de la igualada. El quinto, reservón, mirón, embestidas a taponazos, se revolvió por sistema, se apoyó en las manos. Luque se empeñó en una larga faena. Una apuesta imposible por desengañar al toro. Lo mató de media excelente y un solo descabello. En esa suerte es maestro.