Escribir sobre Madrid exige una liturgia de la sombra y el pincel, una suerte de ouija y de bastón de zahorí que Sonia Taravilla maneja para convocar a los espectros del Museo del Prado y explicarnos qué fue de aquel poblachón cuya energía alcanzó a capitalizar un imperio. Así es que su libro posee la cadencia de un paseo por la cornisa de la historia, alejándose de la guía oficial para adentrarse en la biografía íntima de una ciudad que se ha pintado a sí misma con la misma furia con la que se ha destruido.

Aparece el Prado como el gran confesionario de la Villa. Y Taravilla entiende que cada lienzo de la pinacoteca caracteriza una ventana abierta a una calle que ya no existe o a un crimen que el tiempo ha intentado borrar. La sangre del Conde de Villamediana salpica los marcos dorados mientras el lector camina por una calle Mayor que huele a acero y a barroco. Goya se manifiesta aquí como el único forense capaz de certificar la defunción de un mundo y el nacimiento de otro bajo los fusiles de Príncipe Pío, convirtiendo la hambruna y el motín en una experiencia sensorial que atraviesa el papel.

La autora de Madrid en el Prado prefiere la compañía de los rostros olvidados. Su galería de personajes expone un baile de máscaras donde la pintora Rosario Weiss recupera el aliento y la heroína Manuela Malasaña trasciende la referencia del callejero en un barrio bohemio para recuperar su condición humana. Es un Madrid que baila en las verbenas de Paret, que se emborracha cuesta abajo en la pradera de San Isidro y que se resiste a la gravedad de los Austrias con una alegría desesperada.

La Plaza Mayor ofrece el reverso solemne de esa misma ciudad. El auto de fe de 1680, pintado por Francisco Rizi, devuelve al espacio más reconocible de Madrid una memoria áspera. Donde hoy circula la postal, hubo ceremonia del miedo. Taravilla lee el cuadro con paciencia visual, deteniéndose en la disposición del poder, en la arquitectura provisional del castigo, en la multitud convocada para mirar el suplicio de los blasfemos. La plaza se oscurece entonces bajo su propia piedra. El lector comprende que los lugares conservan más pasado del que admiten sus terrazas para guiris.

Foto: Fachada de la Casa-Palacio de Ricardo Augustin en Madrid antes de su rehabilitación (Foto: Terry Yarbrough)

TE PUEDE INTERESAR

Madrid recupera su edificio más pintoresco de la plaza de Ramales: la Casa-Palacio con virgen rinconera y gran torreón

Jorge García González

El incendio del Alcázar entrega las páginas más intensas porque obliga a pensar el Prado desde la pérdida. Ardió una residencia real, pero también se malogró entre las llamas una parte del museo futuro. Algunas obras desaparecieron para siempre. Otras atravesaron la catástrofe y acabaron integradas en la memoria visible de España. Taravilla maneja bien esa continuidad entre ruina y conservación. El episodio posee fuerza narrativa y valor simbólico. El Prado queda unido a una noche de fuego, y Madrid, tan dada a cambiar de piel, aparece como una ciudad que ha levantado su grandeza sobre sucesivas operaciones de rescate.

El libro respira con especial encanto cuando abandona la gravedad palaciega y se acerca al Madrid festivo. San Isidro, el carnaval y las verbenas comparecen como formas de conocimiento urbano y de hedonismo folclorista. La fiesta madrileña rara vez resulta inocente. Mezcla devoción y exceso, sociabilidad y desorden. Goya lo sabía. Taravilla también lo intuye al conectar esas escenas con la vida de la ciudad, lejos del costumbrismo de escaparate. Lo popular aparece aquí como una energía ambigua, capaz de ordenar el calendario y alterar el pulso de la calle.

Foto: ruta-literaria-madrid-paseo-escritores-1tna-1qrt

TE PUEDE INTERESAR

Ruta literaria en Madrid: descubre el paseo más bonito del mundo a través de los ojos de escritores del siglo XIX

Marina Velasco

La prosa de Taravilla rescata esa vibración festiva, esa capacidad tan madrileña de celebrar el apocalipsis antes de que llegue el trance prosaico de pagar la cuenta. Siente uno el vértigo de los edificios demolidos y los conventos que hoy son apenas un eco en el asfalto. El Madrid desaparecido emerge en el texto con una melancolía que evita el sentimentalismo fácil. La cronista actúa como una arqueóloga que busca en el óleo el rastro del Casino de la Reina o la silueta de los viejos cafés, recordándonos que el progreso es a veces una forma refinada de amnesia.

El propio museo reclama su cuota de protagonismo en este drama urbanita. Las anécdotas sobre el robo del Tesoro del Delfín o el incendio imaginario de Mariano de Cavia sitúan a la institución en el centro de la trama política y social. El Prado es el corazón de un organismo vivo que late al ritmo de los pasquines y las crónicas de sucesos. Sonia Taravilla ha logrado que la ciudad y el museo se miren en el mismo espejo roto, devolviéndonos una imagen donde el arte es la única verdad posible entre tanta ruina y tanta gloria. Madrid en el Prado es el mapa definitivo para perderse en la sala de las Meninas y salir por la Puerta de Goya comprendiendo que la calle sigue siendo ese mismo cuadro inacabado.

Escribir sobre Madrid exige una liturgia de la sombra y el pincel, una suerte de ouija y de bastón de zahorí que Sonia Taravilla maneja para convocar a los espectros del Museo del Prado y explicarnos qué fue de aquel poblachón cuya energía alcanzó a capitalizar un imperio. Así es que su libro posee la cadencia de un paseo por la cornisa de la historia, alejándose de la guía oficial para adentrarse en la biografía íntima de una ciudad que se ha pintado a sí misma con la misma furia con la que se ha destruido.