Dice Irantzu Varela (Portugalete, 1974) que es menos mala de lo que parece y más lista de lo que debería. Achaca lo primero a su planta imponente, su voz ronca y su vehemencia, aunque con su locuacidad aleja cualquier temor. Lo segundo, lejos de ser un problema, la ha convertido en una de las voces más relevantes del feminismo en España. Ahora publica su primera incursión en la narrativa de ficción con Darle fuego a Bilbao (Continta me tienes), un libro con espíritu punk, cargado de activismo, fiesta y mucho amor.

Continta me tienes edita ‘Darle fuego a Bilbao’, la primera novela de Irantzu Varela.

Pregunta. Después de Lo que quede, sus relatos biográficos, llega su primera novela de ficción. ¿Llevaba una historia dentro?

Respuesta. Cuando te gusta escribir y tienes esa pulsión, hacer ficción es dar un paso más. Ser capaz de contar algo que no te haya sucedido a ti que, de alguna forma, sale de tu cabeza más que de tu experiencia.

P. Hay muchas pinceladas de su vida real.

R. La trama sucede en las fiestas de la Semana Grande de Bilbao. Y en 2018, que fue un año en el que pensábamos que había muchas cosas posibles. Algunas se han hecho realidad y otras no. Hay muchos temas que me interesan como la lucha, la farra, el amor.

P. Katixa Aguirre lo definió como “costumbrismo lésbico”.

R. Las historias de amor entre dos mujeres tienen sus peculiaridades y sus maneras diferentes de funcionar y me parecía bonito. Así que he querido contar, entre otras cosas, una historia de amor y lo que es conocer a alguien con perspectiva lésbica.

P. De entrada, parece una novela romántica al uso, pero también lo es de amor a las amigas, al activismo, a Bilbao. Es como una novela antiodio.

R. Esto me parece muy bonito. Cuando escribes un libro, lo haces desde un sitio, pero no puedes controlar lo que recibe la gente. Las personas que hemos participado en el análisis del amor romántico como una herramienta de desigualdad y patriarcal, parece que lo rechazamos. Pero se pueden contar historias de amor que se dan en contextos en los que la gente está luchando por el mundo en el que quiere vivir y en el que se quiere enamorar. Una cosa no quita la otra.

P. La diferencia de edad de las protagonistas es de 20 años. Si la relación fuese heterosexual quizás habría banderas rojas.

R. Para mí hay una cuestión clave que es que la diferencia que suele haber en las relaciones heterosexuales es la de poder patriarcal, la de los privilegios superiores de los hombres con respecto a los de las mujeres. También depende de la edad, no es lo mismo llevarte 20 años con una de 18 que con una de 30. Cualquier bollera sabe que las relaciones intergeneracionales entre tías no están atravesadas por el poder patriarcal: pueden tener los problemas que tiene una pareja, pero no hay esa opresión tan clara.

P. A ambas les unen los mismos intereses, la música punk…

R. En realidad, la diferencia generacional está planteada para que haya una especie de conversación y disenso sobre la idea del punk de cada una. Y por eso la más joven es de fuera, llega a un sitio que ha idealizado por el rock radical vasco y los movimientos políticos que se dieron y alguien que estuvo ahí la pone más en la tierra.

P. En la novela las feministas se organizan en 2018 para proteger a otras mujeres de agresiones en las fiestas. Ahora hay puntos violeta, ¿qué más se puede hacer?

R. En el movimiento feminista hemos señalado y conceptualizado las diferentes formas de violencia contra nosotras. Primero era la violencia dentro de la pareja y ahora ya estamos hablando de violencia sexual, de violencia económica, de violencia vicaria. Y proponemos herramientas para combatirlas, pero las instituciones y los instrumentos del sistema no hacen su trabajo. La impunidad sigue y las posibilidades de que acabe en una reparación para la víctima son muy pocas. Estamos buscando nuestras propias estrategias de reparación, y esta palabra me parece muy importante.

P. ¿Y cuáles son?

R. El hecho de que vivamos en una situación de peligro constante se tiene que acabar, tienen que dejar de contar con nuestro miedo. Para mí es muy importante poner sobre la mesa que hay caminos colectivos. Somos la única población en la historia a la que se le ha pedido que confíe en la benevolencia de sus agresores y de sus opresores. Y nos lo dijo Assata Shakur: ningún pueblo ni ningún colectivo ha conseguido su libertad apelando a la benevolencia de sus opresores. Tendremos que empezar a responder y tendrá que ser colectivo y organizado.

P. Muchos hombres se cuestionan ahora el modelo de masculinidad clásica. ¿Cuál será el resultado?

R. Estamos en un momento histórico en el que no se puede hacer ninguna previsión con respecto a nada, porque el mundo ahora es una cosa imposible de predecir. Pero yo veo que la masculinidad rancia hegemónica está en proceso de desaparecer y que quedarán cuatro empecinados, encerrados en sus espacios de privilegio. Habrá hombres que serán mejores compañeros.

P. Es multitarea. ¿En qué trabaja ahora?

R. Soy un poco torbellino y también soy autónoma, así que estoy siempre con proyectos nuevos. Ahora estoy con el espectáculo Manólogo, resulta que usar el humor como arma contra las violencias y las opresiones que vivimos ha sido una sorpresa que me ha dado la vida. Lo de escribir siempre ha estado ahí, pero subirme a los escenarios ha sido una sorpresa y ya estoy preparando el siguiente espectáculo.