El zaragocismo malvive preso de un insoportable dolor y atrapado en un eterno calvario. El descenso a Primera RFEF y la consiguiente salida del fútbol profesional es solo cuestión de tiempo, aunque las matemáticas se empeñan en aplazar un fin que, sin embargo, se asume desde hace tiempo salvo uno de esos milagros que, muy de vez en cuando, depara el fútbol.
Nadie escapa de una colosal tristeza que lo inunda todo en el peor momento en la historia de un club que duele en el alma. Pero la desgracia es aún mayor para uno de los actuales miembros del cuerpo técnico blanquillo. Se trata de Néstor Pérez, recién incorporado a la secretaría técnica tras la llegada de Lalo Arantegui a la dirección deportiva y, hasta final de temporada, segundo entrenador de David Navarro. Néstor atraviesa el momento más duro de su vida. Su padre, Miguel, prestigioso y galardonado entrenador, agoniza en el hospital San Juan de Dios, donde fue ingresado coincidiendo con el largo viaje en autocar que su hijo y el resto de la expedición zaragocista realizaban el viernes hasta Valladolid, donde el equipo volvió a perder (2-0) el sábado para acercarse aún más al abismo de Primera RFEF.
Allí, en Pucela, Néstor, en permanente contacto con su familia, supo que su padre había sido sedado ya con cuidados paliativos a la espera de un desenlace inminente. Probablemente, no llegaría a tiempo para despedirse: “Es lo que me habría pedido él: viaja, quédate y gana”, le dijo a su entorno más íntimo entre lágrimas.
Pero no pudo ser. Néstor, destrozado por tantas cosas y que había sido el encargado de dirigir a los jugadores la arenga previa al choque en el vestuario, recibió el ánimo y el abrazo cariñoso de la delegación zaragocista en Valladolid, y, de vuelta ya en Zaragoza tras otro largo viaje en autobús, acudió, todavía con el chándal oficial y sin dormir, al centro hospitalario en el que su padre, sedado tras una larga enfermedad, aún le esperaba.
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