En el invierno de 1961, una mujer con un mono de vuelo de la RAF y botas de agua se plantó en la orilla de Catterline, un pueblo pesquero de 30 casas colgado sobre los acantilados de Aberdeenshire. Había cogido el tren desde Glasgow al escuchar el parte meteorológico. Llegó en moto desde Stonehaven, sujetó el caballete como pudo contra el viento, lo ató a las rocas con cuerdas y puso piedras encima. Para terminar de fijarlo, añadió un ancla vieja que encontró en la playa.
Luego abrió el óleo y empezó a pintar la tormenta desde dentro.
Esa mujer era Joan Eardley. Tenía 40 años, un dolor de espalda crónico que no le dejaba dormir y una manera de entender la pintura que el mercado europeo no sabía dónde clasificar. Murió poco después, a los 42 años, de un cáncer que le devoró el cerebro. Sus cenizas están esparcidas en esa misma playa. Pero antes de eso, pintó las obras más honestas del siglo XX.
El respeto por la mugre
La historia de Eardley tiene dos ciudades y una costa. Primero Glasgow: los años 50, los arrabales de Townhead. Pintaba niños con la cara sucia y calcetines desparejados mientras empujaba un carrito con sus bártulos por los callejones. No había condescendencia en esos retratos ni nostalgia burguesa, había respeto. Eardley sabía que esos edificios serían demolidos pronto para levantar bloques de hormigón. Pintaba más rápido porque el tiempo se le acababa a la ciudad.
‘Street Kids’, de Joan Eardley. (Scottish National Gallery Of Modern Art)
Luego llegó Catterline. Se instaló en una cabaña con suelo de tierra, sin electricidad ni agua corriente. No era austeridad performativa; simplemente no necesitaba nada que se interpusiera entre ella y el Mar del Norte.
Una técnica sin nombre
Lo que ocurrió en esa costa es difícil de clasificar. Eardley era demasiado figurativa para los abstractos de Nueva York y demasiado salvaje para los realistas ingleses. Estaba demasiado lejos de Londres para que los críticos se molestaran en viajar. Así que pintó sola, de cara al viento, y dejó que el mar opinara.
Pintó con el cáncer extendiéndose al cerebro, con dolores de cabeza que la obligaban a cubrirse los ojos con un pañuelo
Su técnica no figura en los manuales. Mezclaba óleo con materiales industriales, periódico, arena y hierbas del lugar. Usaba tableros de madera dura porque el lienzo convencional se lo llevaba el viento como papel de seda. Usaba la espátula, los dedos y el extremo del pincel. Dejaba que la arena se incrustara en la superficie húmeda. Pegaba tallos y semillas recogidos a metros del cuadro.
El resultado no era una representación de Catterline; era Catterline misma. Las semillas, la tierra y el salitre atrapados en la materia. Sus cuadros no capturaban la luz, atrapaban el mundo.
La marea dicta el pincel
En febrero de 1961, durante una tormenta brutal, pintó The Wave. Trabajaba en varios cuadros a la vez, saltando de uno a otro según dictaba la marea. No era una artista eligiendo un encuadre, era una artista negociando con una fuerza superior.
‘The Wave’, de Joan Eardley. (Galería Nacional de Escocia)
Cuando envió las obras a su galerista en Londres, Gustav Delbanco, este se horrorizó por la «suciedad» incrustada. Delbanco raspó las hierbas y arrancó la arena de la superficie para «limpiar» el lienzo. Eardley nunca se lo perdonó. Tenía razón, el galerista había borrado exactamente lo que hacía únicas esas obras. Había devuelto el mar al estudio, domesticándolo. Lo había matado.
El ruido contra el secreto
Hay un contexto que los críticos suelen omitir porque incomoda la épica, el padre de Eardley se pegó un tiro en 1929. Su madre y sus tías le ocultaron la verdad durante toda su infancia, diciéndole que había muerto por las secuelas de los gases en las trincheras de la Gran Guerra.
Joan Eardley pintando en Catterline, fotografiada por Audrey Walke en torno a 1960. (The Scottish Galley)
No es psicoanálisis barato entender por qué esa mujer buscaría después el ruido más extremo de la naturaleza para trabajar. En una carta de 1957 confesó que pintaba para «alejar la soledad». Catterline bajo una tormenta no deja espacio para el silencio ni para los secretos familiares, el estruendo de las olas era su única forma de paz. Una vez escribió desde ese mismo lugar: «Si quieres experiencia de comprensión y belleza, envídiame ahora. Pero si quieres felicidad, no lo hagas».
El final de la esclusa
El 18 de mayo de 1963, el mismo día que inauguraba su primera exposición individual en Londres, un médico le diagnosticó cáncer de mama. Asistió a la inauguración, luego regresó a su cabaña frente al mar.
Sus últimos meses fueron un desbordamiento. Pintó con el cáncer extendiéndose al cerebro, con dolores de cabeza que la obligaban a cubrirse los ojos con un pañuelo para protegerse de la luz. Murió en agosto, a los 42 años.
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Jorge Herrero
Lo que hace que la obra de Eardley siga siendo incómoda 60 años después es que plantea una pregunta que el arte contemporáneo, obsesionado con el ego, prefiere ignorar: ¿dónde termina la mano del artista y dónde empieza la obra a hacerse sola?
Eardley no respondió con teoría, lo hizo mezclando arena en el óleo y dejando que las mareas decidieran. El galerista que limpió sus cuadros creía que estaba mejorando la obra. En realidad, solo estaba intentando convertir el mar en algo que pudiera colgarse en una pared.
*Jorge Herrero (Zaragoza, 1990) es historiador e informático. Vive entre líneas de código y relatos del pasado, buscando siempre conectar a través del conocimiento. Escribe sobre Historia, Cultura y la forma en que ambas configuran nuestra identidad.
En el invierno de 1961, una mujer con un mono de vuelo de la RAF y botas de agua se plantó en la orilla de Catterline, un pueblo pesquero de 30 casas colgado sobre los acantilados de Aberdeenshire. Había cogido el tren desde Glasgow al escuchar el parte meteorológico. Llegó en moto desde Stonehaven, sujetó el caballete como pudo contra el viento, lo ató a las rocas con cuerdas y puso piedras encima. Para terminar de fijarlo, añadió un ancla vieja que encontró en la playa.