Parecía un domingo tranquilo. Uno lluvioso, que no invita a muchos a salir a la calle. De hecho, al mediodía, eran pocas las personas que … paseaban por el distrito madrileño de Carabanchel. Y pese a que el hospital Gómez Ulla recibía a los 14 pasajeros españoles que viajaban en el barco infectado por hantavirus, la situación sanitaria se mantenía al margen de las calles. Distinto era el recinto médico, por donde caminaban varios pacientes, la mayoría de ellos con mascarillas, y se podía ver a algunos efectivos médicos aclarando las dudas sobre cómo proceder a la llegada de los viajeros. «¿Pero ya has comido?», le preguntaba una trabajadora a otra. «No, ya cuando se pase todo, si me da tiempo, comeré algo», le respondía a este justo antes de aclararle cuáles iban a ser sus tareas. «Tú te tienes que ocupar de limpiar las zonas por donde pasen. Nos avisarán como quince minutos antes de que lleguen para que estemos preparados», le explicaba. «Quieren exponer al mínimo número de personas posibles», añadía al tiempo que le indicaba que, una vez que hubiese terminado sus obligaciones, podía irse a casa.
Más allá de ese tipo de conversaciones y del personal de seguridad circulando por el recinto del Gómez Ulla preguntando a todos los usuarios el motivo por el que se encontraban dentro -para evitar que se colasen curiosos que pudiesen suponer un riesgo antes una operación «sin precedentes» según la ministra de Sanidad, Mónica García- nada indicaba que estaban a punto de llegar los 14 españoles que este domingo habían desembarcado en la isla de Tenerife y que tendrán que someterse a 21 de cuarentena. Pero, a medida que pasaban los minutos, la curiosidad de los madrileños se iba acrecentando y, aprovechando los rayos de sol después de la lluvia, se acercaron a las puertas del hospital. No querían perderse la llegada de los dos autobuses en los que accedieron al centro médico, después de haber aterrizado en Torrejón de Ardoz.
La expectación comenzó a crecer con la llegada de dos coches de la Policía Municipal de Madrid, acompañados de tres furgones de la Policía Nacional. Y aunque no había certeza de si la entrada principal es por donde iban a entrar los viajeros, las dudas se disiparon cuando uno de los agentes explicó: «Acaban de salir de Torrejón. No sabemos cuándo llegarán porque la A-2 está ahora mismo un poco complica, pero sí, van a entrar por aquí». Ya solo quedaba esperar. Media hora después, sus palabras se cumplían. Varias motos y coches policiales escoltaban a los dos autobuses en los que iban los 14 españoles. Y entre tanto, la veintena de personas que había decidido esperarles comenzaba a aplaudir. «Vaya tela lo que tienen que estar pasando estos pobres», decía una de las espectadoras.
María había decidido ir a dar un paseo y, al llegar a las puertas del Gómez Ulla, decidió sentarse en un banco a esperar. Quería ver en primer persona cómo era esa entrada. «La verdad es que miedo no tengo. Por lo que dicen, está todo muy controlado», explicaba sobre si sentía cierta intranquilidad por que los viajeros puedan estar contaminados de la cepa de los Andes del hantavirus. «Ahora, eso sí, respeto a lo que pueda acabar ocurriendo, por supuesto», añadía mientras recordaba el confinamiento de hace seis años por la pandemia del covid-19. Más seguro se sentía Jorge, que, sentado en una cafetería de la zona, aseguraba que «es imposible que volvamos a vivir algo parecido a lo de 2020». «Todos los expertos dicen que es muy difícil contagiarse», decía.
De la opinión contraria era Celia, que señalaba que «confía» en los profesionales sanitarios y en la precaución que estos van a tomar a la hora de tratar con los pasajeros. Sin embargo, no puede dejar al lado «la inquietud» porque puedan repetirse escenas como con el covid. «No sé si hemos aprendido algo de aquello. Solo espero que, si al final es más peligroso de lo que dicen, se hagan bien las cosas».
Y mientras fluyen los debates en torno al hantavirus y sus posibles consecuencias, los catorce españoles ingresaban en el Gómez Ulla. Allí, se tendrán que someter a una prueba PCR y la repetirán dentro de una semana. Estarán aislados, sin poder tener contacto con sus familiares y amigos, hasta que estén lejos de sufrir cualquier afección derivada de este virus o que puedan contagiarlo a otras personas.