Adolfo Manzano (Bárzana, 1958) observa satisfecho su ‘Cantu los díes fuxíos’. No concibió la escultura para mirarla, sino para estar, y así la … disfrutan, obedientes, cientos de paseantes a diario atraídos por su poderoso magnetismo. En noviembre cumplirá 25 años plenamente integrada en un salitroso risco que el tiempo, vaticina el autor, acabará por desmoronar para iniciar una nueva vida bajo el mar.
–Llega el 25 aniversario. ¿Qué siente ante su escultura del Cervigón?
–Es una sensación extraña, pero es una pieza que me sigue gustando y además creo que con el tiempo se produjo lo que yo pretendía, que era un lugar para estar, para la ciudadanía, para ser habitado. La obra cumple esa función y yo sigo queriéndola.
–¿Recordamos su significado?
–Pretendía que fuera un topónimo, que nombrara un lugar. De ahí el ‘cantu’, que remite a una situación geográfica, como hay muchos en Asturias, y ‘los días fuxíos’ sería el canto de los días huidos, que huyen de nuestra memoria, de algo que no va a volver.
–Es de 2001, pero la concibió antes.
–El proceso fue largo, se inicia cuando yo estaba con una beca en Alemania para un proyecto escultórico que iba a formar parte de una exposición que iba a itinerar por museos de Alemania y España. Me tocó una casa en un pueblo de Leverkusen, era invierno, llovía, nevaba… Entonces decidí no salir y empecé a hacer dibujos imaginando Alemania. Establecí un paralelismo con la obra de Italo Calvino ‘Las ciudades invisibles’ donde Marco Polo le narra al emperador sus viajes. Jugando a eso, a las ciudades invisibles, a hacer un relato que es una fantasía, hice un proyecto.
–¿Y cómo la imaginó?
–Una de las ciudades que describe Calvino la llama Tecla, está llena de grúas y gente trabajando, siempre se está construyendo y nunca se acaba. Retomé esa idea e hice una escultura que se llamó ‘Tecla’. Se componía de módulos de madera y parafina generando una inestabilidad perceptiva. Había también cuencos y platos, es decir, se asemejaba al ‘Cantu’. Y en cada exposición montaba las piezas de diferente manera. Las apilaba, las agrupaba, las expandía… Mi ‘Tecla’ estaba también en construcción. Así se expuso en el Palacio de Revillagigedo.
–Entonces llegó el encargo.
–El Ayuntamiento me propuso hacer una escultura y me dio total libertad. Me puse a buscar un lugar en Gijón que me atrajera: recorrí de acá para allá, fui por parques… Hasta que un día llegué al Cervigón, a este saliente, con el mar ahí y me dije: la obra ya está. Es ‘Tecla’, pero en otro material y una ubicación exterior. Va a estar ahí.
–Un lugar inseguro, arriesgado…
–No me preocupé mucho de si se rompe, si le suceden cosas, porque seguiría un proceso de transformación natural. Incluso llegará el día en que el propio saliente se derrumbe y ‘Tecla’ continuará en una vida submarina. Tiene vocación de acabar sumergida porque llegará el momento en que se vaya todo abajo. Esa idea me gustó mucho. Una obra en evolución.
–Y ‘Tecla’ mutó en ‘Cantu los díes fuxíos’.
–El título me gusta en cuanto a ese lugar que fue abandonado y salieron todos corriendo. Todo eso que sugiere, que ahí sucedió algo, que hubo alguien que celebró o que comió, una obra que remite a lo doméstico, a los utensilios de cocina. Y me gustaba esa idea de los días que huyen de nuestra memoria pues al final son los que nos conforman, esas cosas cotidianas de las que no somos conscientes, que están ahí, permanecen en el subconsciente y constituyen quiénes somos. Son esos días que van a marcar nuestra vida.
–¿Por qué mármol de Macael?
–La parafina es blanca y el mármol sigue remitiendo a esa blancura que nos evoca una imagen un poco surrealista, que pertenece al subconsciente. El blanco como ese mundo de los sueños, del paisaje de niebla, de las sensaciones. Así también evoca lo onírico. Definiría la pieza como una obra de un minimalismo lírico, poético, pero también con un toque surrealista. Al verla genera una situación algo extraña, como ese mundo del sueño en el que lo real y lo no real se confunden.
–Adapta formas geométricas a un paisaje rugoso, quebrado e irregular.
–Me interesaba que en la distancia no la veas, que recorras el paisaje con tu mirada y sea tal cual, que no lo agreda. Más que pretender ser vista e imponerse, la obra exige una aproximación para convertirse en un lugar donde la gente vaya a sentarse, descansar, comer, follar, fumar, lo que sea; un lugar para ser habitado. Busca más el encuentro que la mirada frontal.
–En este día rebosando visitantes, ¿qué se siente?
–Es como la plenitud, eso era lo que pretendía y es la constatación de que el proyecto, mejor o peor, funciona.
–¿Hasta qué punto pueden entender la pieza sin una explicación?
–Al final una escultura, o la propia vida, pasa por el filtro de nuestra experiencia, de nuestra sensibilidad, de nuestra cultura. Eso pasa cuando miras un edificio, la playa o a tu pareja. Y la escultura, en cuanto que está ahí, forma parte del lugar. Si conoces el lenguaje mejor, pero esa otra mirada ajena también es interesante.
–Luego están el vandalismo y las agresiones. ¿Cómo los procesa?
–Como la vida. Yo voy teniendo arrugas, me operaron una pierna… y la escultura también va teniendo arrugas. Está en un espacio que pertenece a la gente, no a mí. Y hay gente amable, maravillosa y amorosa, y gente más agresiva. La sociedad es así.
–¿Cómo ve la salud de la pieza? Falta un plato, pintadas, descascarilles…
–Antes de la pandemia me llamaron porque iban a restaurar varias esculturas y no tuve claro que hubiera un deterioro hasta ese punto o bien quise dejar que envejezca porque, ¡joder!, la vida es así. En otras piezas la restauración es clara, pero esta es algo más integrado, mimetizado, distinto. Ojo, si está limpia, impoluta y sin deterioros está mejor.
–¿Cómo distribuyó los bloques?
–La intención era que quedasen ‘desparigüelaos’ para producir sensación de abandono. Cuando me puse a ubicarlos, me quedaba muy simétrico o unos muy para un lado y otros para otro. Decidí hacer una maqueta a escala y unos bloques chiquitinos, que tiré sobre ella como se lanzan los dados. Así como quedó lo plasmé.
–Se fue a Macael a por los nueve bloques y los platos…
–Estaba comprando las piedras el día que los aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas (11-9-2001). Era una sensación muy rara, como cuando vas al Alimerka, pero comprando unas piedrazas impresionantes. Busqué que no tuvieran demasiada beta.
–Entre 1990 y 2002, Gijón se dotó de un espectacular parque escultórico, usted y otros sin inauguración.
–No, se puso y ahí quedó. No sé la razón. Un tiempo más tarde me llamaron para ver dónde se ponía la placa y si quería iluminación. Les dije que no, por aquello de ser natural. Existe el día como existe la noche, que puede tener su embrujo.
–¿Qué destacaría de ese parque?
–Lo que más me gusta es que exista, esa apuesta de Gijón por el arte contemporáneo, que haya sido una ciudad valiente. Eso es lo mejor, no tengo palabras…
–¿Alguna favorita?
–El ‘Elogio’ me chifla, es un piezón. Por todo, por la ubicación, por cómo está concebida, porque Chillida era un gran escultor… Y el resto, todas, en mayor o menor medida, son piezas que me gustan, que quiero, que disfruto, que amo.
–Usted vive en Oviedo, donde la apuesta es otra…
–Es todo estatuaria y para mí no tiene mucho interés. La sociedad, el arte, el pensamiento están muy lejos de esos propósitos artísticos.
–Hace tres años que se jubiló de la docencia. ¿Vive volcado en la creación?
–Sí. La última exposición acabó en febrero en Madrid en la galería El Apartamento. Luego comisarié una muestra homenaje a Adolfo Saro en Oviedo. Ahora entregaron a Berta Piñán la medalla que me encargaron. Y tengo un proyecto para hacer en la Bretaña un ‘San Salvador’ en una colina donde quieren poner del orden de tres mil santos. Tuve que trabajarlo a partir de una piedra de granito de 25 toneladas. Un esfuerzo tremendo, que he empezado a dejar de hacer.
–¿No se plantea venirse a Gijón? Su obra parece encajar más aquí…
–¡Joder! Oviedo mola (risas). Yo soy de monte y la montaña me encanta, pero Oviedo me gusta mucho. Su parte escultórica no, pero la ciudad, su escala, la vida cultural…
–Y Gijón además ha dado un giro a lo figurativo (Rambal, Carrizo, Preciado, Quini, Arturo Fernández, las pescaderas)…
–Ese tipo de escultura tan ovetense supone mirar hacia atrás por el retrovisor y eso no tiene mucho sentido.