El uzbeko Djamolidine Abdoujaparov estrena la extensa recta de meta de Sofía en la tercera etapa del Giro de Italia. Casi 30 años después de … su retirada, el velocista de estilo kamikaze lo hace de paseo, a modo de homenaje junto a sus amigos Nentcho Staykov (subcampeón de la Carrera de la Paz de 1984) y Olaf Ludwig (campeón olímpico de 1988), emblemas ciclistas de la Europa del Este. Al cruzar bajo el arco de meta, le preguntan por su favorito para la victoria. «Milan, Milan».
El italiano Jonathan es menos fuerte que él pero mucho más alto (1,94 metros). Aunque en la capital búlgara le sobraron centímetros. Los que le separaron del triunfo que volvió a adjudicarse Paul Magnier. El galo siguió su rueda. Y al entrar al tramo de adoquines en el que estaba la línea de meta, su centro de gravedad más bajo le ayudó a mantener mejor la línea recta. A ir más rápido. «Esperaba no ser adelantado. Quizás debería haber esperado un poco más», se lamenta tras ser remontado. Por los pelos. «Celebré mi victoria, luego me dije: ‘Oh, no estoy seguro’». La photo finish lo ratifica. Dos de dos. «Puedo estar con los mejores velocistas del mundo», se congratula.
La felicidad va por barrios. Jonathan Milan se queda frustrado. Es un Giro importante para él. Se marcó como objetivo ganar la primera etapa. Ser el líder. Por vestirse de rosa y porque, este año, la maglia más preciada lleva el nombre de su región, el Friuli, asolada por un brutal terremoto del que se cumplen 50 años. El sprinter del Lidl-Trek nació hace un cuarto de siglo en Buja. Sus abuelos guardan todos los recortes de prensa de aquellos fatídicos días. «Vi destrucción, muerte, sangre», cuenta en Corriere delle Alpi. Se puso más presión encima. Quizás demasiada. «Estos resultados no me desmoralizan. Al revés», quiere animarse.
Magnier, francés de 22 años ,cita a Arnaud Démare. «Fue el mejor velocista francés de su época, ojalá pueda seguir sus pasos». Es su referencia. No vio correr a Tom Boonen. En su época, al joven no le interesaba el ciclismo. Le tuvo que insistir su padre. Le dio un capricho. «Me compró una bicicleta de montaña para divertirme. Me llevó a algunas carreras y me enganché». Fue bronce mundial en ‘mountain bike’ y su ídolo no era un sprinter si no Julien Alaphilippe.
Pero en el Soudal le ven como el sucesor de Boonen. Esa imagen de verle levantar los brazos sobre el pavés le animará a enfocarse más en la aspiración de brillar en el Tour de Flandes y en la París Roubaix. Por detrás, esta vez nadie se atrevió a levantar los brazos para celebrar la victoria de su compañero. El jurado sancionó el sábado a Scaroni por hacerlo en la del uruguayo Thomas Silva, que sigue de líder. Tarjeta amarilla. Una más y a casa.
Hasta el insurrecto Stuyven se contuvo. «Tras la caída, queríamos una neutralización de los tiempos para la general. El director de carrera dijo que lo estaban examinando. Poco después, sacó la cabeza del coche como un perro asustado y gritó ‘¡carrera!’», relató sobre los instantes que estuvo la carrera parada por la caída masiva que provocó los abandonos de Vine, Soler y Buitrago y ayer de Adam Yates, todavía conmocionado. No tomó la salida desde Plovdiv, la ciudad más antigua del mundo.
Nada más dejar atrás su acueducto y anfiteatro romano, tres corredores se lanzaron al ataque. Manuele Tarozzi (Bardiani), Alessandro Tonelli y, por tercer día, Diego Pablo Sevilla (Polti Visit Malta). Madrileño, de San Martín de la Vega. Familia agraria. Sabe lo que es subirse al tractor. Pero eligió la bici. Más ligera, más veloz. Ganó el maillot de la montaña de la Tirreno Adriático y quiero intentarlo con la azzurra del Giro. Por ahora, es suya. Pero el premio pudo ser mucho mayor.
El pelotón jugó con ellos durante toda la jornada. Fijaron la diferencia entre dos y tres minutos y a esperar al pasar de los kilómetros mientras en las cunetas, repletas de gente, se celebraba hasta una boda. En la ascensión a la estación de esquí de Borovets colocada en la zona intermedia no pasó nada relevante más allá de las penurias de De Lie (Lotto).
El largo bulevar Tsarigradsko shose, de 11 kilómetros completamente rectos, cuatro carriles, desembocaba hasta la meta instalada entre el Parlamento y el Monumento al Zar Libertador. de la capital búlgara. Territorio de caza ideal para el gran grupo, pensaron. Salvo porque los tres ciclistas se entendieron a la perfección, contaron con el inestimable rebufo de las motos, cada vez más discutidas, y entraron en cabeza en el último kilómetros.
Los trenes de los equipos comenzaron a descarrilar. Nervios. Tuvieron que gastar balas antes de lo esperado para atrapar a los tres fugados. Pero todavía quedaba unos metros para la ligera curva a la derecha que marcaba el inicio del sprint. Milan, sin compañeros, no se pudo aguantar y aceleró antes. Giró en cabeza pero con Magnier a su rueda. El galo le superó. Y por detrás escuchó el rubor de un proyectil. También frustrado. Dylan Groenewegen. «El equipo ha hecho todo bien y yo he hecho un sprint estúpido. Ataqué demasiado tarde», se lamenta.
El Giro descansa el lunes tras dejar Bulgaría con ganas de seguir explorando el Este europeo. Rumanía se postula para acoger la salida de 2029. La inversión tendría que rondar los 13 millones. Los ciclistas y los equipos se resignan a la travesía logística que supuso ayer el traslado al aeropuerto de Lamezia Terme, en el sur de Italia. Cada equipo contó con 18 plazas de avión, con solo equipaje de mano. Y las bicicletas. El resto de auxiliares y staff llevaron por tierra y mar el material restante. El martes se empezará a ganar la corsa rosa.