Cuando las más de 2.000 personas que irrumpieron en el Capitolio de Washington, intoxicadas por las falsedades del supuesto pucherazo contra Donald Trump, se fueron por donde habían venido, millones de estadounidenses pensaron que se cerraba una etapa. El FBI lanzó la mayor operación policial de su historia para procesar a los asaltantes y Trump, suspendido en Facebook y en Twitter, se retiró a Mar-a-Lago a preparar su defensa judicial. El populismo había fracasado.

El reportero Jeff Sharlet, que llevaba más de dos décadas informando sobre la extrema derecha estadounidense, sin embargo, tenía otra opinión. «Yo sabía que Trump, la persona, podría haberse marchado o no, pero que el trumpismo, sin duda alguna, continuaba«, dice a El Confidencial. «Decenas de millones de personas creyeron que todo aquello formaba parte del pasado; que había sido un simple incidente, una aberración. Pero no fue una aberración. El trumpismo era algo hacia lo que llevábamos avanzando desde hacía mucho tiempo«.

El libro La resaca: Escenas de una guerra civil parsimoniosa (Capitán Swing) es la respuesta de Sharlet, a la sazón profesor de escritura en Dartmouth College, a la renuencia de muchas personas a admitir que EEUU vive un cambio estructural. Una época de violencia política cuyos episodios más sonados afloran en los titulares, pero que tiene por debajo una corriente de fondo, una resaca, que arrastra al país mar adentro. El texto de Sharlet compagina las profecías apocalípticas de fanáticos armados con las iniciativas ilusionantes, siempre desde el terreno.

«Uso el términoguerra civil’ porque escuchaba a la gente común hablar de ello y expresar su temor al respecto; o, en algunos casos, su entusiasmo«, dice Sharlet. «El punto de inflexión llegó cuando comencé a prestar atención a los académicos, historiadores y politólogos. Ellos suelen avanzar con más lentitud que nosotros, los periodistas.

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Esa es la esencia de su disciplina: ser sumamente cautelosos con aquello que describen. Cuando un periodista decía que parecíamos encaminados a una guerra civil, el historiador replicaba que la cosa era más compleja. Hasta que un día, hacia el final del primer mandato de Trump, los historiadores empezaron a decir que en EEUU se daban el tipo de condiciones de las que brotan las guerras civiles«.

Sharlet considera que las palabras «polarización» o «tribalización» se han quedado pequeñas, ya que no encajan con los crecientes casos de violencia política que sacuden Estados Unidos. Tanto por el número de atentados contra líderes republicanos y demócratas, como por la predisposición de los estadounidenses a justificar dicha violencia. Varias encuestas reflejan proporciones similares. Hasta uno de cada cuatro estadounidenses condona la violencia con fines políticos.

«Después de 2021 yo seguí viajando y preguntando a la gente», cuenta el periodista. «Y comencé a notar que, dentro del movimiento MAGA, existía una diferencia entre aquellos que decían: ‘Sí, se podría llegar al extremo de una guerra civil’, afirmándolo con pesar, porque veían que se avecinaba, y aquellos a quienes se les enrojecían las mejillas y exclamaban: ‘¡Sí, que venga la guerra!’. No se trata de una guerra civil en toda regla, pero creo que ya es una especie de guerra civil parsimoniosa«.

Golpe a la ley más democrática

Desde que salió el libro en versión original, en 2023, varios aspectos de este conflicto latente que describe Sharlet se han acelerado. Otros, no.

«Si uno lee el libro que [el secretario de Defensa] Pete Hegseth publicó en 2024 [The War on Warriors: Behind the Betrayal of the Men Who Keep Us Free], observaría que él utiliza un término similar al mío: habla de una ‘guerra civil fría’», dice Sharlet. «Pero Hegseth pertenece a esa clase de individuos a los que se les sube la sangre a la cabeza y exclaman: «¡Tenemos que convertirla en una guerra caliente!». Y lo deja por escrito; sostiene que necesitamos recurrir a la fuerza militar para recuperar nuestras ciudades. En este sentido, la Administración creía que se produciría un tipo de protesta que justificaría una represión más violenta, pero eso no ha sucedido».

«En una democracia, todo el mundo debería tener derecho a votar. Pues bien, esa idea ya no la tenemos»

Por otra parte, continúa, «el Tribunal Supremo acaba de desmantelar, en esencia, la Ley del Derecho de Voto de 1965: un logro emblemático del movimiento por los derechos civiles que, según argumentan muchos historiadores, es cuando realmente comenzó la democracia estadounidense«, dice Sharlet. «No hace 250 años, pues durante la mayor parte de estos 250 años hubo toda una clase de personas que, o bien estaban esclavizadas, o bien no podían votar. La Ley del Derecho de Voto planteó una idea descabellada: que, en una democracia, todo el mundo debería tener derecho a votar. Pues bien, esa idea ya no la tenemos. A partir de ahora, estados como Luisiana, Alabama, Misisipi y Tennessee regresarán a una práctica fundamentalmente antidemocrática. Eso representa una gran aceleración».

Sharlet se refiere a la decisión del Supremo de mayoría conservadora respecto al caso Louisiana v. Callais. Al debilitar la sección 2 de la Ley del Derecho de Voto, el alto tribunal dificulta la impugnación de los mapas modificados para diluir el voto de las minorías. Como consecuencia, aunque uno de cada tres habitantes de Luisiana sea afroamericano, cinco de los seis distritos parlamentarios del nuevo mapa estarán dominados por blancos. Un precedente legal que probablemente anime a los otros estados sureños a modificar sus respectivos mapas electorales.

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Ante esta realidad cambiante, el periodismo tiene que adaptar su vocabulario y su marco de referencia. «Como Estados Unidos era una democracia, seguimos hablando de la democracia», dice Sharlet. ‘Por recurrir al cliché, si un antropólogo de Marte observara a EEUU en este momento, diría que el país posee algunos elementos de la democracia, pero también algunos elementos propios de un movimiento fascista que aspira a consolidarse en régimen. Ser periodista hoy en día exige un tipo de pensamiento de largo alcance, descriptivo; porque incluso el trumpismo actual dista mucho de ser lo que solía ser en el primer mandato».

Entre otras cosas, la izquierda de EEUU tiene dificultades para comprender el éxito de Trump, dice Sharlet. «Siempre me asombra que los progresistas crean que Trump es incompetente, porque no se le da bien hacer las cosas que ellos querrían que hiciera bien. ¿Gobernar? Muy mal. Pero, a la hora de seducir a las masas, es muy bueno. Puede darle la vuelta a cualquier tema, ¡a cualquier tema! Y sus seguidores lo seguirán. Se trata de afecto, de sentimientos».

Jeff Sharlet. (Cedida/Eli Burakian)

«¿Saben qué es lo verdaderamente importante en una misa o en un mitin? El hecho de que la gente esté bailando en el aparcamiento«, dice Sharlet. «El hecho de que en Sunrise, en Florida, uno pueda acabar fumando marihuana en un mitin de Trump. Eso forma parte de la puesta en escena. Algunas personas desdeñan estas cosas calificándolas de ‘teatro’, ‘solo teatro’. Siempre me resulta alucinante, sobre todo cuando aún vivimos bajo la sombra del ‘solo teatro’ del Partido Nazi. Porque es precisamente ese ‘solo teatro’, esa puesta en escena, lo que resulta tan poderoso. Como Trump es ‘solo teatro’, en 2016 se le restó importancia. Pero el espectáculo es poderoso. El arte es poderoso. Quienes trabajamos con las palabras nunca deberíamos menospreciar el poder del lenguaje para invocar realidades».

Le pregunto a Sharlet si piensa que, después de esta época de división y violencia latente, habrá una regeneración o una vuelta a la normalidad, tal y como intuyen el periodista David Brooks o el historiador Jon Meacham. «No creo en los péndulos», responde Sharlet. «El péndulo implicaría que estamos regresando a algo. No; eso ya se ha ido. Ya no hay una transición pacífica de poder. Ha desaparecido. Ya no contamos con eso. No podemos volver a aquello. Ya no existe», añade, en referencia al asalto al Capitolio y a las nuevas amenazas al derecho de voto.

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La resaca también incluye capítulos que recurren a referencias musicales para contar historias de la lucha sindical o del movimiento de los derechos civiles. El primero, titulado La voz y el martillo, sigue a un octogenario Harry Belafonte (fallecido en 2023) por las calles de Nueva York, reconstruyendo la manera en que sedujo a los estadounidenses con sus canciones y su buena planta: con su voz. Para luego insertar, en sus melodías, el martillo de la lucha política. Belafonte, afroamericano de Harlem, fue el primer cantante de la historia de EEUU en vender un millón de copias de un solo álbum. Se adelantó a Elvis Presley.

Los otros capítulos, como el dedicado a los «aceleracionistas«, que quieren adelantar una catártica guerra civil que consideran inevitable, también están enfocados desde la empatía (que el autor no confunde con simpatía). «Sé cómo entrar en la casa del comandante de la milicia en Marinette, Wisconsin», dice Sharlet. «Allí tiene la mesa de billar cubierta de armas y de munición, y a su hijo de tres o cuatro años, que ya está aprendiendo a disparar, correteando de un lado a otro. Quiero imaginar un espacio en el que, vale, esta persona existe, porque existe, y necesito comprender cómo ve el mundo. Para mí, ese es el preludio de la esperanza«.