Le está pasando el partido por encima a Bellingham, dijo alguien, supongo Carlos Martínez, en la retransmisión. Claro. Pero el partido le estaba pasando por encima a la temporada del Madrid, toda ella entera, rota no por asuntos del juego, que es lo pertinente, sino por asuntos relacionados con el ánimo, la conducta, el comportamiento: la temporada se echó por la ventana en el momento en que los jugadores principales no es que renunciaran a la calidad, sino a las ganas de exhibirla por cuestiones internas de si el entrenador les gustaba o no. Como si, con la inercia, cuando el entrenador les gustase fuesen a jugar bien porque ellos son así. Nadie es así en la élite, ya no.

Ese momento en que uno sigue a su marca a distancia para no ofenderlo, otro que no sabe qué hacer cuando le llega el balón, uno más que en los balones divididos piensa que en lugar de meter el cuerpo hay que hacer una fracción. No pasa nada. Ponerse ahora a talar el árbol caído, el árbol saboteado, es inútil. Bastante hubo con salir al campo y dar la cara. Brahim si acaso, avanzando él solo con la pelota salvando rivales a modo de bocinazo de puerto, buscando el hueco abierto de Vinicius. Gonzalo, en pelota franca resolviendo como Julio Salinas en Estados Unidos, que al menos embocó torpemente dentro de portería. Pero qué se le va a exigir al más joven y luchador, al tipo borrado del once hace no sé cuántas jornadas, que falla, de los cien que no pudo jugar, el balón que sí tuvo.

Todos los síntomas aparecieron en Barcelona en los primeros veinte minutos, motivo suficiente para que el madridista medio, no histérico, pensase en cerrar el partido con un 3-0 y a otra cosa, que es una cosa gigante pero para ella faltan un par de meses. Cualquiera sabe que el Madrid despojado de la lucha de títulos es un club que, aburrido por no poder devorar rivales o Champions, se empieza a automutilar con la frecuencia de un caníbal que echa de menos sus tendones frescos.

Así que acabó ocurriendo lo inevitable: el Madrid dejó de competir antes incluso de perder. Lo grave ya se sabe que no es la derrota sino la benigna resignación de que al menos no hayan caído cinco. Un equipo puede estar mal entrenado, cansado, envejecido o descompensado; lo que no puede permitirse es ese aire de plantilla que se considera por encima del esfuerzo elemental. Es cuando cada carrera parece humillante, cada presión una molestia, cada balón peleado una gestión que otro debería resolver. Por ahí ha muerto el Madrid.

Fue curioso e incómodo. El Barça olía la sangre y el Madrid corría por pura inercia histórica, esperando que el escudo empuje lo que ya no empujan las piernas. Bellingham mirando alrededor como quien llega tarde a una discusión familiar, Vinicius desfondado entre protestas. Todo muy terminal, muy de fin de ciclo, muy del Madrid cuando el Madrid cae, porque el Madrid nunca, aunque gane o aunque pierda, puede no llamar la atención. Y en agosto volverán a presentarse como si nada hubiese ocurrido, que es también una tradición del club: fingir eternidad incluso cuando huele a incendio. Y funciona, eso sí. Si el Madrid se pudiese explicar, no existiría.