Eliseo Omar Basurto es uno de los personajes más geniales, despiadados, sibilinos y astutos que ha dado la televisión en la última década. Guillermo Francella ha logrado que seguir al portero de una comunidad de vecinos en Buenos Aires sea apasionante y divertidísimo. Pero ni su carisma salva a los derroteros que ha tomado El encargado en su exagerada y desmadrada cuarta temporada, que acaba de aterrizar en Disney+.

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El encargado es la historia perfecta de una serie que murió de éxito. Cuando esta comedia negra comenzó en 2022 era ese pequeño estreno que inesperadamente se convirtió en un triunfo global, una que poco a poco fue convirtiéndose en fenómeno de culto gracias al boca oreja. Con los datos que marcó, era lógico que su historia continuara, claro, y también que Mariano Cohn y Gastón Duprat mantuvieran su producción de series a destajo, pero quizás la guerra de Eliseo contra sus vecinos no debía haber pasado más allá de su lucha por evitar que construyeran la pileta (una piscina, para los españoles) en su terraza.

Después de la maravillosa segunda temporada, el enfrentamiento entre el portero y Zambrano (Gabriel Goity) solo ha crecido y crecido hasta llegar a niveles de surrealismo insospechados, más cercanos a Mortadelo y Filemón que al costumbrismo y la mala baba que brillaba en sus inicios. A estas alturas, la verosimilitud ni está ni se le espera.

El año pasado fue a tope con una crítica al mundo sindical de mensaje cuestionable y facilón, y en esta cuarta temporada se ha unido a esta batalla a ninguna parte incluso el presidente de Argentina (no es Milei, sino que es un político genérico interpretado por Arturo Puig), con Eliseo pasando de controlar una comunidad a dirigir en la sombra toda la nación.

Guillermo Francella, en la cuarta temporada de ‘El encargado’.Disney+

Esta vez, incluso el espectador ha sido engañado por Eliseo. Invitándonos a acabar y a darnos un motivo para verla, esta temporada se ha promocionado como la de la muerte del protagonista. Una trama que lleva a El encargado a un episodio final en el que toda lógica salta por los cielos y a un anunciado funeral en el que vuelve la plana mayor de personajes a los que este Joker despiadado y asexual de Buenos Aires les ha hecho la vida imposible. Mientras que Francella se vuelve más sobreactuado de lo normal, regresan Norman Briski, Jorge D’Elía y Alan Sabbagh. Incluso reaparece Luis Brandoni, en un bonito homenaje póstumo con un personaje que recuerda al de Parque Lezama. Este homenaje a veteranos intérpretes argentinos es algo que, por cierto, siempre ha hecho muy bien la serie, magistralmente interpretada. Pero lo que podía ser unos fuegos artificiales idóneos para terminar con lo que ya no podía tener más continuidad se trunca con la escena tras los créditos… en la que se anuncia una quinta temporada. Estas semanas se ha sabido, además, que el abogado Zambrano tendrá también su propio spin-off, confirmando la apuesta de Disney+ por su franquicia argentina.

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Desde que se estrenó El encargado, Mariano Cohn y Gastón Duprat han hecho de su particular sentido del humor toda una industria. Han producido siete series en menos de cinco años: El galán, Limbo (con Clara Lago), Horario estelar, Nada (con Brandoni y Robert De Niro, y que en breve continuará en Todo), Terapia alternativa (con Dani Rovira), Coppola y Bellas artes. En 2025, hicieron además historia en los cines argentinos (junto a Francella otra vez) con la polémica Homo Argentum, una crítica contra el progresismo que ya han convertido en marca de la casa. El problema es que, ante tal nivel de producción, sus chistes son cada vez más desmedidos, obvios y repetitivos. Que no falte nunca en su sátira social el guiñito contra los jóvenes modernos o su cinismo contra la política como arma en esta serie, por cierto, producida por Gloriamundi, una empresa devenida en gestora inmobiliaria que ha intentado desahuciar a varios vecinos de Lavapiés.

Gabriel Goity, en el rodaje de ‘Zambrano’, ‘spin-off’ de ‘El encargado’.Disney+

El mayor problema de El encargado es, sin embargo, que su antihéroe siempre tiene que acabar ganando. Si el desafío es enorme, más exagerada será su resolución. Si hay que hacer todas las piruetas posibles para justificarlo, no hay problema. Al final, como en las clásicas comedias televisivas, todo tendrá que volver al mismo punto inicial: con Eliseo como dueño de su finca. Tras 32 episodios, nada evoluciona, todo permanece, y ya va siendo hora de echarle el cerrojo a este edificio. Por suerte, siempre nos queda la sonrisa a cámara de Francella, suficientemente cautivadora para seguir todos sus pasos. Porque, como diría Eliseo: aquí seguimos, pegados a la televisión como borregos, viendo sus juegos… y después criticándolos.

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