Al caer la tarde, una plaza cualquiera en Pekín es un hervidero. Después de cenar, que en China sucede en torno a las seis, la gente sale a tomar el aire, dar una vuelta y moverse un poco: el dicho popular habla de dar 100 pasos tras la ingesta para vivir 99 años. En una esquina de la calle Gongti Norte, a un paso del Estadio de los Trabajadores, sede del equipo local de fútbol, el Beijing Guoan, se congregan cada noche animados grupos de baile, ceñudos jugadores de ajedrez chino y aficionados al chasqueo de látigo. Más que una plaza, es un universo microscópico de gente corriente, un lugar idóneo para ―sin ningún rigor científico en un país que supera los 1.400 millones de personas― tomar el pulso a la cuestión política más candente: la visita esta semana a China del presidente de Estados Unidos, Donald Trump —se prevé que sea entre los días 14 y 15—. La temperatura es deliciosa, decenas de personas se juntan bajo los plátanos y la música de baile empieza a sonar.
“No le doy la bienvenida a Trump porque ha iniciado guerras y a los chinos nos gusta la paz”, responde el señor Yang mientras repasa el cráneo de un cliente con la maquinilla. Corta el pelo al aire libre por 10 yuanes (1,25 euros) en un extremo de la plaza. “Trabajo profesional”, asegura un cartel que ha colgado sobre el banco junto a un buen despliegue de navajas, tijeras y demás utensilios. Dos focos conectados a la batería de su moto eléctrica iluminan la escena. “Las guerras han traído tanto sufrimiento a la gente de Oriente Próximo…”, agrega, y arranca el secador para retirar los pelos que han quedado sobre los hombros de su cliente.
Yang, de 56 años, es un hombre que ha ejercido todo tipo de empleos, de peluquero ambulante a vigilante de seguridad. Se considera un representante de “la clase más baja” del país, pero está bien informado, cita el precio del barril de Brent, el bloqueo del estrecho de Ormuz, recuerda que a otros presidentes, como George W. Bush, “el pueblo le dio la bienvenida”. Pero con Trump es diferente.
“Es un loco”, añade su cliente. Poco a poco, se han acercado otros curiosos a la tertulia improvisada, como sucedería en cualquier peluquería del mundo: “No es una persona de confianza. Es un hombre de negocios, no un buen líder”, aporta uno. “Ha provocado un buen lío en la economía del mundo”, afirma otro. “Si a una persona le gusta la paz, no le puede caer bien Trump”, concluye Yang, el peluquero, y propone preguntar en toda la plaza. Cree que todos darán una respuesta similar.
“Si quiere venir, pues que venga. No está tan mal”, dice en cambio la señora Pang, empleada en el sector de la construcción. Sonriente, de 53 años, habla sin dejar de contonearse al compás de la música. “Vengo a menudo después de trabajar”. Delante de ella, bailan las parejas trazando círculos sobre las baldosas. Considera a Trump una persona guiada por el “interés”, pero agrega: “No odio tanto a Estados Unidos”. Cree que la visita será una oportunidad para “mejorar” la economía china.
No todos muestran interés en el asunto. Los jugadores de xiangqi, el milenario ajedrez chino, ni se inmutan con la pregunta. La señora que descansa en el banco la esquiva: “Es algo a nivel nacional. El pueblo no se mete. Soy de fuera, solo he venido a la ciudad a buscar trabajo. Mejor pregunte a los de Pekín; son más cultos”. Su pareja de baile, el señor Zhang, cocinero de 60 años, sí se moja: “Es un momento delicado en el mundo. ¿A qué viene? Va a causar muchos malentendidos“.
Las opiniones más contundentes se encuentran entre los aficionados al látigo: lo hacen girar en el aire, lo lanzan con fuerza y su punta estalla con un relampagueo. Dicen que les mantiene en forma. Uno de ellos, que es aguador (lleva bidones a los hogares: un oficio muy pekinés), enseña el tamaño de su bíceps. Están de buen humor, pero antes de hablar se cercioran del país de origen del reportero: de acuerdo, tras las numerosas visitas a China del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, consideran España un país amigo. “Odiamos a Trump. Le damos la bienvenida a Putin. Y a Sánchez. A Trump no”.
-¿No les parece importante que venga?
-¿Para añadir aranceles?
La inesperada conversación los estimula, aunque prefieren no dar sus nombres, sino sus seudónimos de redes sociales que suenan, en español, algo así como Viajar por el viento y las nubes, de 68 años, y Vida segura y feliz, de 55. “Quizá viene para pedir ayuda con Irán”, aventura uno. “Quizá quiere aclarar su postura sobre Taiwán”, comenta otro. Serán sin duda dos cuestiones clave del encuentro. “Estados Unidos anima de vez en cuando a los independentistas de Taiwán. Es la línea roja de China”. Acusan a Trump de cometer crímenes contra la humanidad, de abusar de los países pequeños; censuran la xenofobia que se ha ido extendiendo: “Creo que la propaganda sobre la imagen de China en Estados Unidos no es muy positiva. No damos la bienvenida a su gente”.
Es difícil encapsular la percepción del país norteamericano entre los chinos. Pero, en general, se puede decir que no es demasiado buena, especialmente al hablar de la dimensión política. En un sondeo sobre la percepción hacia Estados Unidos realizado entre julio y septiembre de 2025, los encuestados le daban al país norteamericano un 40,67 sobre 100, y a su Gobierno, un 2,07 sobre 5; solo el 28,4% consideró que las relaciones entre Washington y Pekín habían mejorado en el último año; y el 78,84% opinó que la estrategia central de Estados Unidos consiste en “intentar frenar el desarrollo y el ascenso de China”, según este estudio del Centro para la Estrategia y la Seguridad Internacional de la Universidad de Tsinghua.
En otra encuesta de 2020 ―elaborada hacia el final del primer mandato de Trump― se pidió a los entrevistados que describieran a Estados Unidos y a los estadounidenses. Eligieron, por este orden: “militarmente poderosos”, “agresivos”, “arrogantes” y “creativos”; muy pocos consideraron que fueran “pacíficos”, “respetuosos con las normas internacionales” o “amigos de China”. Sin embargo, el 56,7% todavía creía que la cultura estadounidense tenía una influencia positiva en China, según el informe, elaborado por el Instituto de Estudios Estratégicos Internacionales de la Universidad de Pekín y la encuestadora estadounidense Prime Group.
Más allá de la tensión geopolítica, muchos en China admiran a la primera potencia económica. Después de abrirse a su influencia en los ochenta y noventa, cientos de miles de chinos han estudiado allí, o han enviado a sus hijos a sus universidades, incluido el presidente chino, Xi Jinping, cuya única hija se graduó en Harvard en 2014. Las películas de Disney son a menudo un fenómeno de taquilla (Zootopia 2 fue la película de animación importada con mayor recaudación de la historia en China). Y son grandes consumidores de sus marcas, de Apple a Nike.
“La cuestión política no tiene por qué entrar en conflicto con la cultural”, valoran Xu Enhui y Man Man, una pareja de turistas chinos de 19 y 20 años que acaba de dar cuenta de un menú de Kentucky Fried Chicken (KFC) en un local muy particular: este fue el primer comercio de comida rápida occidental de China. Ubicado en Qianmen, en la cara sur de la plaza de Tiananmen, abrió en 1987 y fue todo un acontecimiento en el país socialista donde todavía no habían abandonado del todo las cartillas de racionamiento. Aquel año, KFC “cruzó el mar para llegar a China”, recuerda un mural en el interior.
Hoy, la cadena supera los 10.000 comercios en la República Popular y es un buen ejemplo de esa paradójica relación entre las dos superpotencias: “Si la cultura estadounidense es buena, igual podemos aprender de ellos”, concluye la pareja de turistas, antes de salir hacia la Ciudad Prohibida. En el local se respira un aire pringoso, pero el ambiente parece más bien favorable a Washington: “Le doy la bienvenida a Trump”, afirma rotunda Lili, una shanghainesa de 30 años, a punto de recoger su pedido. “Me parece bien que venga a experimentar la cultura de la gran China”.
Zimeng Yan ha contribuido en la elaboración de este reportaje.