En mayo de 2026, momento en que Studio Ghibli es galardonado con el premio «Princesa de Asturias» de Comunicación y Humanidades, el nombre del estudio japonés está asociado al cine de animación multipremiado (acumula dos premios Oscar al mejor largometraje de animación en 2003 y 2023, un Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín en 2002 o la Palma de Oro honorífica en el Festival de Cannes en 2024). También va de la mano de un estilo de animación tradicional profundamente reconocible, con el que crea universos llenos de criaturas fantásticas imposibles que conviven en lucha con un ser humano belicoso por naturaleza.
Vamos a permitirnos un pequeño viaje en el tiempo para ahondar en la génesis del estudio. Para ello, nos desplazaremos hasta finales de los años sesenta del siglo pasado: Isao Takahata y Hayao Miyazaki son entonces dos animadores junior en el estudio Toei Animation. Allí aprenden el oficio y desarrollan su labor durante interminables jornadas de trabajo con unas condiciones laborales sumamente precarias. Horas y horas de dibujo, entintado y coloreado de fotogramas en jornadas maratonianas impuestas para poder seguir el ritmo de publicación de títulos que marcaban las distribuidoras. A finales de los sesenta, Takahata y Miyazaki encabezan una huelga trascendental para su futuro: se consiguen algunas mejoras menores en su trabajo, pero todo ello deriva en la salida de ambos animadores de Toei Animation y su separación temporal a principios de la siguiente década.
Los años setenta suponen la edad de la profesionalización para ambos, que desarrollan sendas carreras paralelas en estudios y productoras varias, donde se convierten en jefes de animación, llegando a dirigir capítulos de series tan conocidas en España como Marco, Heidi, Sherlock Holmes (versión protagonizada por animales antropomorfos) o Lupin III (cuyo largometraje «El Castillo de Cagliostro» supuso el debut en la dirección de Miyazaki, marcando con ello el hito de producir un filme completo de animación tradicional en menos de siete meses), así como diversos cortometrajes que Takahata Miyazaki intentan vender como ideas para la producción de un largometraje de autoría propia, su gran anhelo en aquellos momentos.
Al no tener éxito en su empeño, Miyazaki cambia de táctica y decide crear el manga (vocablo japonés que se utiliza para definir el concepto español historieta o el americano cómic) titulado «Nausicaä del Valle del Viento» y consigue publicarlo de manera seriada en la revista «Animage» a partir de esa fecha –la serie se publicaría entre 1982 y 1994–. Es tal su éxito, que varias productoras cinematográficas se ponen en contacto con la revista para adaptar la serie a formato anime (largometraje de animación, aunque el término también puede ser aplicable a series). En aquel momento, Miyazaki toma las riendas del proyecto y se acuerda de su colega Takahata, con quien monta un equipo de animadores que produce el largometraje en algo más de un año. El productor Toshio Suzuki, visto el éxito en taquilla del filme estrenado en 1984, habla con Miyazaki y Takahata, y consigue el visto bueno y el respaldo económico de las distribuidoras para montar el estudio de animación Studio Ghibli, que ve la luz en 1985.
Resultaría harto imposible hablar en profundidad sobre todos sus largometrajes, de modo que citaremos los más reseñables, sin dejar de recomendarlos todos: «Mi vecino Totoro» (1988), donde encontramos al personaje que presta su silueta para la imagen de estudio; «La tumba de las luciérnagas» (1988); «Porco Rosso» (1992); «La princesa Mononoke» (1997); «El viaje de Chihiro» (2001), película japonesa más taquillera de la historia hasta 2020 y ganadora de 35 premios internacionales; «El castillo ambulante» (2004), nominada también al Oscar; «Ponyo en el acantilado» (2009), que supone la vuelta del estudio a la animación 100% tradicional tras algunas incursiones en el mundo de la animación 3D.
Como sublimación de este cambio, en «Se levanta el viento» (2013) aparece uno de los hitos más definitorios del estudio: en ella encontramos una escena muy conocida en la que se refleja el caos de la población huyendo de un bombardeo a través de un centenar de personajes entrecruzándose. Dicha escena dura cuatro segundos y tardó en dibujarse, fotograma a fotograma, un año y tres meses. Tras el retiro de Miyazaki en 2014 y la muerte de Takahata en 2018, Ghibli da un giro y produce su primera película íntegramente en 3D, «Earwig y la bruja» (2020), que supone el mayor fracaso comercial y de crítica del estudio y deriva en la reincorporación de Miyazaki, que retoma la dirección con «El chico y la garza» (2023), último largometraje producido por Ghibli hasta la fecha y ganadora del Oscar a mejor película de animación en 2024.
En un momento histórico como el que nos ha tocado vivir, en el que el éxito sin esfuerzo es el sueño húmedo de la gente joven, todos pedimos «fast food» a domicilio cuando llueve, la IA se nos vende como la fórmula mágica que nos permitirá vivir sin trabajar –a costa de copiar y fagocitar, gratis y sin consentimiento, el trabajo de miles de profesionales–, o se utiliza como argumento de venta de una casa el hecho de que sus moradores estén enfermos y el inmueble quedará libre a corto plazo, resulta sanador para el alma reconocer y festejar la obra y el saber hacer de Studio Ghibli.
Cuando lo normalizado es la pizza recalentada, Ghibli nos ofrece un plato de cuchara cocinado a fuego lento por las manos arrugadas de una guisandera, manchadas de la tierra que albergó durante meses las raíces de los vegetales que nos preparan –en este punto resulta imposible obviar las innumerables escenas de mesas repletas de comida deliciosa que suele ser devorada con fruición por los personajes que protagonizan cualquiera de sus largometrajes–.
El estudio nos regala una sucesión de ilustraciones hechas por profesionales con horas y horas de aprendizaje, esfuerzo y oficio detrás, dibujadas a mano con lápices y pinceles –las herramientas más potentes de un animador, en palabras del propio Miyazaki–, frente a los «prompts» de la IA que, tras meterle un vaga descripción, generan un adefesio informe con seis dedos que trata de imitar burdamente los trazos del maestro.
Studio Ghibli representa todo lo que está bien en esta perra vida.
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