Hay políticos que ganan elecciones y luego está Juanma Moreno. Si uno atiende al sondeo de El Confidencial, la victoria del candidato popular será de las que no admiten matices. Rotunda. Incuestionable. Una de esas victorias que no necesitan relato porque el resultado ya es el relato. A pesar del lógico desgaste tras más de siete años en San Telmo, sigue manteniendo una valoración positiva y un respaldo ciudadano amplio.
En un ecosistema donde abundan los perfiles de laboratorio, diseñados para el tuit y la bronca, él ha construido una imagen de andalucismo templado y pactista. Un perfil que, con sus limitaciones (que las tiene) y claroscuros (véase la polémica sobre la Sanidad andaluza), encaja como un guante en esa «España decente» devenida hoy en rara avis.
Juanma Moreno es el anti-Torrente de la política española: un tipo que no hace ruido, no se desborda, no da titulares de barra de bar. Frente a la ‘caspa’ política, Moreno vende ‘asepsia’. Precisamente por eso, conecta con una España que empieza a sospechar de todo aquel que necesita un micrófono para existir.
Gusta donde hoy casi nadie gusta: en ese terreno pantanoso donde los votantes no llevan la camiseta puesta y se lo piensan dos veces
Su 5,3 de valoración global —ese aprobado raspado que en política equivale a matrícula de honor— es, en realidad, una radiografía sociológica. Moreno gusta en la derecha, resiste en la izquierda y seduce en el centro, donde alcanza un 5,7. Es decir, gusta donde hoy casi nadie gusta: en ese terreno pantanoso donde los votantes no militan y aún conservan la mala costumbre de pensárselo dos veces antes de depositar la papeleta.
Mientras la política española se ha convertido en una competición de agravios —una especie de Gran Hermano emocional donde gana quien más grita—, el candidato popular ha optado por algo tan revolucionario como parecer una persona normal. No es poca cosa.
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Esa España no es ideológica, aunque lo parezca. Es una España que puede criticar al Gobierno por su torpeza administrativa y, al mismo tiempo, defender que el Hondius fondee en Canarias porque hay cosas que no se discuten: la dignidad, la ayuda, la obligación moral de no mirar hacia otro lado. No somos Cabo Verde ni Marruecos. Somos España y eso implica responsabilidades y algo de vergüenza torera.
Somos, en efecto, el país de Torrente y de José Luis Ábalos, pero también el que lidera la donación de órganos per cápita en el mundo. El que condena a Hamás cuando asesina civiles el 7 de octubre de 2023 y el que no puede aceptar que miles de niños mueran en Gaza como si fueran una estadística. El que protesta mucho, insulta bastante, pero luego aparece cuando hace falta.
Una España —más empática que solidaria, más visceral que organizada— que no se reconoce en el duelo a garrotazos. Daniel Innerarity lleva tiempo advirtiendo de que ese esquema es poco más que un fósil ideológico, un decorado rancio, de hooligans, que simplifica una realidad que ya no cabe en bloques.
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Juanma Moreno ha hecho de esa transversalidad su principal activo político. Llegó a San Telmo con un pacto imposible: gobernar con Ciudadanos y apoyarse en Vox. Un encaje de bolillos que justificó con pragmatismo.
Años después, mutatis mutandis, fue capaz de firmar con la vicepresidenta socialista Teresa Ribera un acuerdo histórico sobre Doñana que enterraba su propia ley pactada con Vox. De la derecha a la izquierda sin cambiar de sitio. Como esos equilibristas que cruzan el alambre evitando mirar abajo.
Algo parecido ocurrió con la crisis migratoria. Mientras otros gobiernos autonómicos convertían el asunto en una competición de indignación, la Junta de Andalucía optó por una fórmula menos rentable pero más útil: criticar la mala gestión del Gobierno y, al mismo tiempo, poner recursos a su disposición. Discrepar sin bloquear. Protestar sin desentenderse. Algo tan básico que hoy parece casi subversivo.
Opinión
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Y luego llegó Adamuz. Porque los políticos se definen menos por lo que dicen que por cómo reaccionan cuando la realidad les golpea sin aviso. Moreno estuvo allí. Volvió varias veces. Habló poco y acompañó mucho. Hasta que llegó la gala del Día de Andalucía y rompió a llorar. No como gesto impostado, sino como reacción humana. Incontrolada. Incómoda. Muy incómoda. Real.
En una política donde la tragedia se convierte en munición, ese gesto explica mejor que cualquier encuesta por qué su figura trasciende siglas. Porque hay una España que prefiere líderes que se conmueven a líderes que calculan.
Juanma Moreno ha hecho de la transversalidad su principal activo: de la derecha a la izquierda sin cambiar de sitio
Y así llegamos al verdadero territorio comanche de estas elecciones: ese 25% de indecisos que aún no ha decidido si Moreno gobernará con mayoría absoluta o tendrá que volver a sacar la caja de herramientas para llegar a pactos. La encuesta de IMOP confirma que cuanto más se acerca uno a los extremos, más vota con el carné en la boca; cuanto más se instala en el centro, más se permite dudar. Y en esa duda se juega la partida.
En ese electorado que no vota en automático, que no responde a consignas y que decide en función de factores más prosaicos: quién le inspira más confianza, quién le parece más razonable, quién le recuerda menos a un tertuliano de sobremesa. Es ahí donde Moreno ha construido su hegemonía. No en la épica, sino en la normalidad.
Y esa, probablemente, es la mayor ironía de todas. En un país obsesionado con las trincheras, el político que mejor refleja lo que es España es el que se comporta como si dichas trincheras no existieran. En una política diseñada para el conflicto, el que triunfa es el que parece buena gente. Y si luego resulta que lo es, entonces, miel sobre hojuelas.