Alguien se había pasado con el butano. Los expertos en energía llevan tiempo advirtiendo de que la guerra en Irán provocaría la mayor crisis de … suministro de petróleo de la historia. El cierre del estrecho de Ormuz dejó sin salir 14 millones de barriles diarios de petróleo. Para destruir tanta demanda, decían, el precio del crudo Brent debería ser más del doble de su nivel anterior a la guerra, situándose muy por encima de los 150 dólares por barril. Sin embargo, los operadores petroleros estaban aturdidos. Todavía el 17 de abril los precios estaban por debajo de los 90 dólares. Durante la última semana, ante los rumores de nuevos enfrentamientos, han ido despertando. El 30 de abril los precios se dispararon por encima de los 125 dólares por barril.
Por desgracia, por muy mal que estén las cosas, la desconexión con la realidad persiste. No solo es posible que los precios al contado sigan subiendo, sino que además el mercado de futuros del petróleo, en el que los especuladores apuestan por la evolución del precio de dicha materia prima, indica que los precios caerán cada mes durante el resto del año, para cerrar 2026 en unos 88 dólares. Esto implica que la mayor parte de esta crisis se revertirá pronto. De ser así, los operadores deben creer que tres cosas son ciertas: que Estados Unidos e Irán alcanzarán pronto un acuerdo de paz, que su acuerdo reabrirá Ormuz y que, poco después de que el estrecho quede despejado, la gasolina y el combustible para aviación volverán a ser abundantes. Todo ello está en duda.
Una cosa en la que todo el mundo debería estar de acuerdo es el desastre que sería que el estrecho permanezca cerrado. Al inicio de la guerra, había mucho petróleo en las reservas o en petroleros en el mar. Sin embargo, los buques que atravesaron Ormuz antes del conflicto habían atracado todos antes del 20 de abril. Las reservas de petróleo pronto estarán en su nivel más bajo desde que comenzó el seguimiento por satélite en 2018. Los volúmenes en el mar de gasolina, diésel y combustible para aviación ya son tan bajos que las interrupciones en el suministro serán inevitables. Además, en Estados Unidos la demanda de gasolina está a punto de dispararse, pues el verano incita a la gente a subirse al coche y salir a la carretera.
Todo el mundo debería reconocer también lo que está en juego. La industria petroquímica asiática ya ha paralizado parte de su capacidad. Desde el inicio de la guerra, los precios del gasóleo y del combustible para aviación se han duplicado en Asia y se han duplicado con creces en Europa. A diferencia de los mercados bursátiles, donde las burbujas pueden mantenerse solo gracias a factores psicológicos e irracionales, el precio del petróleo está ligado a la economía en las gasolineras, los muelles y los aeropuertos. Si la oferta no alcanza para satisfacer la demanda, los precios deben subir para restablecer el equilibrio. Ya hay datos de barriles de gasóleo que se venden a 600 dólares. El optimismo no puede sustituir a la realidad.
Los motivos para el optimismo son evidentes. Las descabelladas declaraciones de Donald Trump no solo indican que está a la deriva, sino también que intervendrá cada vez que los precios del petróleo suban demasiado. La economía de Irán está en ruinas: necesita dinero urgentemente, lo que significa que también querrá llegar a un acuerdo. Si un punto muerto lleva a la ruina a ambas partes, se superará.
The Economist es reacio a cuestionar a quienes tienen los datos a mano y miles de millones de dólares en juego. Sin embargo, los mercados tienen un historial deficiente a la hora de valorar el riesgo geopolítico. Y con el petróleo, les cuesta evaluar las complejidades del comercio físico.
Irán no es una democracia y el régimen puede sobrevivir mientras su pueblo sufre
Incluso aunque un acuerdo redunda en interés de ambos países, podría ser difícil de concretar. Es posible que cada parte esté subestimando a la otra. Trump parece creer que tiene todas las cartas en la mano. Sin embargo, Irán ya ha soportado largas interrupciones en sus exportaciones de petróleo anteriormente, al inicio de la campaña de sanciones de «máxima presión» de Trump en 2018. Irán no es una democracia y el régimen puede sobrevivir mientras su pueblo sufre. Tiene un incentivo para aguantar con la esperanza de una buena oferta todo el tiempo que pueda. Trump puede reanudar los bombardeos, pero proceder de ese modo tiene tantas posibilidades de retrasar un acuerdo como de catalizarlo.
Del mismo modo, con las elecciones de mitad de mandato acechando en Estados Unidos, los líderes iraníes pueden pensar que Trump no puede tolerar un precio alto del petróleo. Sin embargo, Trump es egoísta. Puede que intente frenar las subidas de precios en su país limitando las exportaciones de productos refinados. Las elecciones de mitad de mandato ya están perdidas, al menos en la cámara de representantes, puede que piense. Seguramente le preocupen menos las carreras de los políticos republicanos que su propia humillación si llega a un acuerdo nuclear con Irán que parezca peor que el de Barack Obama en 2015. Su última señal a Irán es que se está preparando para un largo bloqueo.
Incluso si se llega a un acuerdo, es posible que el estrecho no se reabra por completo. Por un lado, llevará meses negociar los temibles detalles de un pacto nuclear. Ahora que Irán ha descubierto que tiene influencia, puede verse tentado a ejercer presión con amenazas de volver a cerrar el estrecho. Y las amenazas pueden desembocar en ataques. Quizás Trump anteponga la erradicación del programa nuclear a la reapertura completa del estrecho: al fin y al cabo, Estados Unidos es exportador de energía. Supongamos que Estados Unidos aceptara que Irán trate Ormuz como un peaje. ¿Qué pasaría entonces?
Incluso aunque el estrecho en principio estuviera abierto, en la práctica el abastecimiento de combustible a los depósitos seguiría enfrentándose a innumerables retrasos imprevisibles. Es de esperar una avalancha de petróleo para cuando los petroleros que están a la espera escapen llenos hacia el océano Índico. Sin embargo, el regreso de los petroleros vacíos al golfo Pérsico será más complicado. Muchos habrán aceptado operaciones en otras rutas. Será necesario desminar el estrecho, lo que podría llevar meses. Las primas de los seguros podrían ser prohibitivas, por lo que los gobiernos podrían tener que organizar un plan para cubrir los riesgos extremos. El cierre de la producción podría haber dañado los pozos de petróleo. Restablecer la producción también llevará tiempo. Las refinerías parcialmente paralizadas no volverán inmediatamente a su plena capacidad.
El mundo apenas está empezando a hacerse a la idea de lo que puede deparar el futuro. Los bancos centrales podrían enfrentarse pronto al segundo choque inflacionario de la década, tras la pandemia de Covid-19. En Asia, muchos gobiernos ya han tomado medidas drásticas, como acortar la semana laboral. Los gobiernos europeos también tendrán que cambiar de rumbo. Hasta ahora se han centrado en apoyar la demanda de los consumidores. Es posible que tengan que hacer frente a la destrucción de demanda y, dada la posibilidad de escasez de gasóleo y combustible para aviación, planificar la protección del reparto de alimentos y los servicios esenciales.
Algo así nunca sucederá, ¿verdad?
Los inversores optimistas también podrían llevarse una desagradable sorpresa. La recuperación de la Covid-19, la adaptación de Europa a la pérdida de la mayor parte del gas ruso y la moderación de los aranceles por parte de Trump han llevado a los operadores a confiar en que las cosas siempre se arreglan por sí solas. Ante los sólidos beneficios empresariales en Estados Unidos, puede parecer que la economía mundial puede soportar cualquier sacudida —y que Trump, obviamente, dará marcha atrás antes de que se produzca una catástrofe—. Se acerca el dolor de un escenario que los analistas petroleros llevan décadas temiendo. No será agradable. Prepárense.