John Patton Ford debutó con el drama criminal Emily la estafadora en 2022, contando con Aubrey Plaza como protagonista principal. Cuatro años después lo tenemos de vuelta con Jugada maestra, remake de Ocho sentencias de muerte, que se considera una de las obras más relevantes de Robert Hamer y adaptaba la novela de Roy Horniman de 1907 titulada Israel Rank: The Autobiography of a Criminal.

Se ha puesto el listón alto, todo hay que decirlo, de modo que a pesar de reunir a un elenco muy apreciable, queda algo lejos de su referente principal, aquella película en la que un esmerado Alec Guinness interpretaba los roles de los ocho integrantes de los aristócratas D’Ascoyne que acababan bajo tierra.

En esencia, el corazón de la historia se mantiene con una combinación explosiva de sátira social, comedia criminal y drama familiar pero la distancia temporal impone muchísimos cambios estilísticos, no siempre acertados, puesto que se echa en falta más impronta autoral, sobre todo a nivel musical y de fotografía. Es bueno que se aleje de clichés, pero le habría venido bien algo más de impulso desde su planteamiento estilístico, que es un poco impersonal.

Un carismático asesino en serie

Como la película del 49, la trama comienza cerca del final, con el protagonista esperando su ejecución y rememorando a través de flashbacks el descrédito de su rama familiar y cómo ideó y cometió sus crímenes.

Becket Redfellow es el heredero universal de un fideicomiso de su noble familia, pero es considerado un bastardo porque su madre fue expulsada de la familia al quedarse embarazada y ha tenido que salir adelante por sus propios medios al margen de lujos y privilegios. Decidido a ocupar el lugar en el mundo que cree que le corresponde, se decide a liquidar uno por uno a todos sus antecesores para hacerse con el dinero lo que le lleva a tener que idear una estrategia distinta en cada caso.

Por supuesto, la muerte en cadena de tantos integrantes de una misma familia adinerada, pone sobre aviso al FBI que arranca un seguimiento ante sus sospechosas actividades, pero su movimiento más arriesgado será volver a entrar en contacto con la mujer de la que lleva enamorado desde la infancia. Establecerá con ella un juego peligroso mientras entabla una relación con la viuda de su primo.

John Patton Ford sacrifica en parte el factor sorpresa al primar la claridad expositiva ante todo, valiéndose de la voz en off del protagonista y de un árbol genealógico del que va tachando integrantes a medida que se producen los decesos. No deja por tanto mucho margen de maniobra al espectador para atar cabos: le da la trama muy masticada y por tanto no consigue llegar a una conclusión en exceso impactante.

Ojo a los secundarios, que tienen su miga: Margaret Qualley, Jessica Henwick, Ed Harris, Bill Camp o un histriónico Topher Grace componen un tapiz estupendo sobre el que ir componiendo el relato. 

Pero honestamente habría sido divertido que se hubiera mantenido el «multirol» para un único intérprete como ya exploró por ejemplo Cate Blanchett en Manifesto en otro registro. Sobre todo teniendo en cuenta el enorme impulso que tienen a día de hoy las caracterizaciones. Habría sido un reto interpretativo muy interesante.

Glen Powell por su parte es un buen protagonista, a la altura de las circunstancias y dando un paso más en su carrera en la dirección de recuperar clásicos de todo tipo: ya tuvo su oportunidad con The Running Man en el apartado de la acción y en Twisters con el cine de catástrofes y ahora con este relato de humor negro y tintes criminales que dialoga con Hit Man: Asesino por casualidad y le permite abrazar su potente vis cómica. 

Pero quizás deba plantearse mover ficha para salir del bucle de secuelas y remakes, afrontando proyectos originales con algo más de riesgo.

Sea como fuere, Jugada maestra es un digno pasatiempo primaveral, con margen de mejora pero suficiente atractivo como para funcionar bien en taquilla.

Valoración

Nota 68

Entretenido aunque poco memorable remake que trata de actualizar el relato desprendiéndolo de algunas de las señas de identidad del género.

Lo mejor

Que no renuncie a la diversión: el visionado es cómodo y la voz en off tan unívoca que no hay dobleces ni posibilidad de reinterpretaciones.

Lo peor

El giro final es bastante pobre y se echa de menos una impronta musical y fotográfica más potente. Aunque los secundarios son estupendos habría sido sensacional salvaguardar el tener un actor interpretando ocho papeles distintos.