Todo baila en la cabeza de los ciclistas del Giro, que vuelan a Calabria desde Sofía la noche del domingo, y se preparan para ascender por la península hasta las montañas de la frontera y la guerra con Austria en un viaje de 20 días. Es día de descanso. Pocos duermen bien, y ni los orfidales les ahorran las pesadillas a muchos, conmocionados aún por el bum catacrac, crujido de huesos astillados y dientes, rostro ensangrentado, modelo para eccehomo, de Adam Yates, quejidos, de la caída sangrienta de la segunda etapa, llegando a Veliko Tarnovo durante la excursión búlgara. Para Thomas Silva, de 24 años, el día de la pesadilla de todos fue el de su anhelo cumplido, duerme profundo y solo le desvelan sueños que son rosa lindos, como la maglia que viste.
Líder del Giro. Un uruguayo, primado en Bulgaria, y ya en Italia. Y en la República por la que entra el sol en el sur, en su Maldonado junto a Punta del Este, todos celebran, y muchos recuerdan a su Pepe Mujica, ciclista, revolucionario y presidente. “Arriba de su Peugeot azul, Pepe Mujica descubrió que a los sueños hay que pelearlos para que sean menos sueño”, escribe Mintxo (Fermín Méndez), periodista en la diaria, en una hermosa semblanza, publicada en El Malpensante de Bogotá, del presidente tupamaro que murió hace justo un año a punto de cumplir los 90, y aún conservaba la Peugeot que se compró a los 13 años con el dinero que ahorró en su trabajo de jardinero y vendedor de flores.
Eran los años 50 y el ciclismo era el deporte del pueblo, el deporte de Mujica, que era del pueblo y se federó y compitió hasta que se rompió las piernas en una caída, catacrac, “y sintió por primera vez que la vida humana es un milagro. Nada vale más que la vida”.
Con su juventud y su pasión, Pepe Mujica se desenvolvió entre las figuras de la época, y peleó, y mostró una dureza inquebrantable, una resistencia, que ni pudieron doblegar ni la figura ciclista más adorada de la República Oriental, Atilio François, conocido como El León de Carmelo –y, muerto de hambre en una carrera, no se atrevió a soltarse de manos para no perder la rueda de la locomotora de Atilio, así que en vez de pelar la banana que llevaba en el bolsillo se la comió con piel–, ni años después los militares y dictadores que le balearon y torturaron y encarcelaron en prisiones siniestras de las que podía fugarse en bici, como se podría fugar del pelotón, como asistía a las reuniones clandestinas, como recorría los pueblos pobres del interior proclamando la verdad de la revolución.
Para alcanzar su sueño, Mujica, el presidente más votado en la historia de su país –raíces vascas e italianas, donde el ciclismo es más que la vida, es grito de libertad–, sudó y luchó en el interior transformando la sociedad de Uruguay, allí de donde debió exiliarse Thomas Silva persiguiendo los suyos, dejando atrás no más rastro que el que dejaría una sombra, y una ausencia. Para sentirse campeón hay que triunfar en Europa, como sintió hace casi 50 años Héctor Rondán, a quien José Miguel Echávarri llevó a Navarra, y fue el primer uruguayo que corrió la Vuelta con su Reynolds. A Navarra hace nada también llegó Silva, de juvenil, que de niño empezó siendo ciclista como su primo argentino Matías Medici, y futbolista, no pudiendo ser ni Polilla da Silva ni siquiera Luis Suárez, y volvió a ser ciclista en serio ya.
En España, guiado y aconsejado por Diego Milán –nómada del ciclismo también: albaceteño de Almansa acabó con nacionalidad dominicana y padre de niños dominicanos después de terminar su carrera profesional en un equipo de Santo Domingo–, recaló en 2022 en el Caja Rural, compartió apartamento en Oyokiz con un amateur inglés, y dejó a todos admirados. “Hay ciclistas que entienden mucho de entrenamientos y vatios pero no saben correr. Tomi, sobre todo, sabe correr, moverse en el pelotón, entender la carrera, colocarse, dónde gastar, dónde esperar y reservar. Es la inteligencia de carrera personificada”, revela Milán, que le llama Tomi a Silva y trabaja desde hace unos años como ojeador para los mánagers italianos Alex y Johnny Carera, y en su equipo se unen Silva y Pogacar. “Corre con el cuchillo entre los dientes, con una mentalidad de ganador muy desarrollada. Y también sabe, y mucho, de vatios”.
Como Milán es de la antigua escuela, y le rechina el alma cuando lee las historias de los niños de 19 años que quieren estar todos ya en el WorldTour, Silva creció con dedicación y mucha paciencia, sin saltarse un escalón en su crecimiento. Triunfó en el Caja Rural, ganó carreras en China, en una clásica italiana, el GP Industria e Artigianato, peleó con Hirschi bajo la lluvia, que adora como adora los descensos, y enamoró a Alexander Vinokúrov, que rompió la hucha del Astana para pagarle al equipo navarro la cláusula de rescisión y elevarlo al WorldTour. “Es un joven superserio, muy profesional y disciplinado, que rompe el tópico y los prejuicios que hay en España con los ciclistas latinoamericanos”, subraya Milán, que habla con él todos los días y con él marcó la etapa que en Veliko Tarnovo le dio la victoria y la rosa. Todo estudiado, todo planificado, científico, como lo haría un profesor de inglés que descubre que su verdadera vocación es enseñar ejercicio físico, y aparta a Shakespeare para hace sudar riguroso el espíritu de los alumnos.
En el Caja Rural y en Oyokiz –ya vive en Andorra, como decenas de corredores del mundo– dejó huella, anécdotas, buenos recuerdos. Inteligente, eficaz. Generoso. Tímido en la calle. Descarado en el pelotón. “No es ni el mejor escalador ni el más rápido, pero es capaz de derrotar a los mejores escaladores y a los más rápidos por su capacidad para leer la carrera y estar donde hay que estar siempre”, destaca Álvaro Lana, que trabaja en el Caja Rural. “Cuando le montaron su primera bicicleta en profesionales, Pedro Muruzabal, una vieja gloria del ciclismo navarro y muy del equipo, le dijo, ‘con este bólido, no va a haber quién te pare’. Y Tomi le respondió, ‘pero, ya sabes, no es la flecha, es el indio…” Duro e inquebrantable como Mujica, como todos los que pelean sus sueños.