“Algunos podrían decir que a veces es un poco arrogante”, afirma Laurens. “Yo creo que simplemente es un ganador nato que tiene mucha confianza en sus propias capacidades”. Drury está de acuerdo: “Es esa seguridad extraordinaria, esa serenidad que tiene, como si simplemente supiera que ese es su lugar”.
En el trayecto desde el aeropuerto Charles de Gaulle hacia París, justo al salir de la autopista, hay un imponente mural de Mbappé. Es una señal de que estás pasando por Bondy, el barrio periférico de la capital situado en el departamento de Seine-Saint-Denis donde se crio. Muchas estrellas francesas proceden de esta región concreta de Francia, conocida por ser la más pobre del país.
Mbappé disfrutó de una infancia tranquila gracias a una familia numerosa y unida que lo introdujo en el mundo del deporte. Su madre, Fayza, criada en Bondy por padres inmigrantes argelinos, fue jugadora de balonmano de alto nivel. Su padre, Wilfrid, inmigrante de Camerún, era entrenador en el club de fútbol local, el AS Bondy. Vivían en un modesto apartamento frente al estadio, donde Mbappé, cuando apenas había dejado los pañales, seguía a su padre con un balón.
Fue una infancia con un único objetivo. “Dondequiera que estuviera, tenía que jugar”, cuenta Laurens. “Era casi algo visceral. No era solo una obsesión, era una necesidad”. Idolatraba a Zinedine Zidane, el maestro francés que llevó al equipo a la gloria en el Mundial de 1998, el año en que nació Mbappé. Según cuenta la tradición familiar, cuando era niño le pidió al peluquero el corte de pelo de Zidane —calvo por arriba y rapado por los lados— porque era demasiado pequeño para comprender que Zizou no estaba calvo por elección propia. “¡Era muy pequeño!”, protesta cuando le saco el tema. “Es gracioso, pero también muestra la inocencia de un niño que no entiende que un hombre tan famoso y tan fuerte pueda perder el pelo”.
Mbappé ya jugaba en el Bondy con seis años. Cuando cumplió los 12, ya se había corrido la voz entre los ojeadores de toda Europa sobre este niño mágico de los suburbios de París. Pronto recibió ofertas para hacer pruebas en grandes clubes, entre ellos el Chelsea y el Paris Saint-Germain. Zidane llevó a su familia a la capital española, donde trabajaba para el Real Madrid, en un intento por convencerlo de que se uniera al equipo. Sus padres gestionaron con cautela su incipiente carrera y rechazaron las ofertas de los clubes más importantes para permitirle un comienzo más pausado cerca de casa.
“Creo que fue una infancia normal”, afirma, y describe a sus padres como “cariñosos y atentos”. Se marchó de casa muy joven y se mudó a Mónaco a los 14 años. “En realidad, no he convivido mucho con mis padres”, dice. “Es algo diferente, pero es lo que yo quería”.
Mbappé nunca dudó de lo que le depararía el futuro. Cuando tenía seis años, le decía a todo el que quisiera escucharlo que jugaría en el PSG y en el Real Madrid, que se haría con un Balón de Oro —el premio al mejor jugador del mundo— y que ganaría el Mundial con Francia. A los 19 años, ya había cumplido dos de esos objetivos.