Se palpa el frío en el lienzo, pero también el agotamiento de la larga marcha en los rostros de los soldados. «Aunque soy el autor, hay dos detalles que me gustan mucho de este cuadro: los bloques de hielo y ese viento rasante con polvo … de nieve. Ambos le dan un aspecto más glacial». Augusto Ferrer-Dalmau admite a ABC que, desde que arrancó el proyecto que presenta estos días, su obsesión era transmitir al espectador la pesadilla gélida que padecieron los dos centenares de miembros de la División Azul que representa su obra. Esos que se hallaban en Rusia en plena Segunda Guerra Mundial y que, en enero de 1942, cruzaron el lago Ilmen para socorrer a una unidad germana cercada por el ejército soviético.

Fueron una docena de jornadas, del 10 al 21 de enero, pero a los españoles les debieron parecer años. Tan terrible fue aquella marcha que, entre el frío y las balas soviéticas, apenas llegaron una veintena de divisionarios a su destino. Stanley Payne tildó el cruce del lago Ilmen de «misión suicida», y Ferrer-Dalmau está de acuerdo. Pero es precisamente eso lo que, afirma el pintor de batallas, hizo que este episodio trascendiera la ideología y se grabase en los libros de historia como una heroicidad. «Me cuesta ver la controversia en este cuadro. La que muestro es la historia de valor y de sufrimiento de unos compatriotas, y lo sería igual si la hubiesen protagonizado soldados del bando contrario. No nos debería importar el ejército al que pertenecieron», completa.

El lago Ilmen, de Augusto Ferrer-Dalmau

El lago Ilmen, de Augusto Ferrer-Dalmau.

(AUGUSTO FERRER-DALMAU)

Dice el artista que este proyecto arrancó de manera oficial hace dos meses, aunque él ya llevaba mucho trabajo hecho. «Siempre me llamó la atención. De joven, cuando hacía dioramas, contacté con algunos supervivientes de la División Azul como Mariano Sánchez y Guillermo Ruiz para preguntarles cómo vestían, qué equipo portaban…», afirma. La respuesta siempre era la misma: «¡Me cedían que iban cargados como mulas!». Toda aquella información conservada en blocs de notas ha sido la que ha utilizado Ferrer-Dalmau para dar vida a esta escena de manera fidedigna. «He querido plasmar la situación tal y como me la contaron ellos», añade. Es otra ventana al pasado; la enésima que ha abierto el pintor de batallas.

Gracias a ello, ‘El lago Ilmen‘, como la ha bautizado Ferrer-Dalmau, es una obra con mil y un secretos. Por el lienzo desfilan desde armas soviéticas como los subfusiles PPSh-41–«los divisionarios se apoderaban de ellas cuando acababan con enemigos»– hasta la ropa de abrigo. «Los veteranos me contaron que las mantas españolas eran de muy buena calidad comparadas con las alemanas; que les protegían más del frio y que las preferían», advierte. Pero este es solo uno de los muchos detalles. «A algunos miembros de la compañía les dieron lienzos blancos a modo de poncho; a otros, blusones tipo capa con capucha. Los últimos en incorporarse llegaron con lo puesto y tuvieron que hacerse con ropa de abrigo de todas partes para protegerse del frío: gorros rusos, por ejemplo», finaliza.

Hacia Rusia

El germen de esta historia se plantó cuando Adolf Hitler invadió la Unión Soviética en el verano de 1941. Francisco Franco se comprometió entonces a enviar a Alemania algunas unidades de voluntarios en compensación por la ayuda recibida en el conflicto fratricida. El 24 de junio, Ramón Serrano Súñer, ministro de Asuntos Exteriores, puso la primera piedra de aquella movilización con un discurso en el que clamó contra el entonces enemigo comunista: «¡Rusia es culpable! ¡Culpable de nuestra Guerra Civil! ¡El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa!». Tres días después se dio a conocer la existencia de la División Azul y se abrió el reclutamiento. La llegada de jóvenes fue masiva.

El artista, dando los últimos retoques al cuadro

El artista, dando los últimos retoques al cuadro.

(Augusto Ferrer-Dalmau)

El 13 de julio, la División Azul comenzó su partida escalonada hacia el Reich en una veintena de trenes. «En estos momentos en que las armas alemanas se dirigen a la batalla que Europa y el Cristianismo desde hace tantos años anhela, y en la que la sangre de nuestra juventud va a unirse a la de nuestros camaradas del Eje, como expresión viva de solidaridad, renovemos nuestra fe en los destinos de nuestra Patria», afirmó Franco en un discurso. Los españoles, a las órdenes de Agustín Muñoz Grandes, arribaron a Alemania poco después y, tras un breve entrenamiento, fueron enviados al frente ruso. En los meses siguientes demostraron su arrojo en el río Vóljov y en las poblaciones de Possad y de Otenski.

Problemas en el lago

En enero, cuando las bajas en la División Azul ascendían a 1.400, la situación era pésima para los ejércitos alemanes ubicados entre el lago Ládoga y el río Vóljov, al este de San Petersburgo. Tal y como desvelaba en 2019 a ABC el profesor de Historia Contemporánea de la URJC José Luis Jiménez Rodríguez –autor de ‘De héroes e indeseables: la División Azul’–, ese invierno los soviéticos lanzaron una gigantesca ofensiva para abrir un corredor con el que socorrer la asediada Leningrado. El 7, lograron abrir una brecha en el extremo inferior del lago Ilmen, en Nóvgorod. La resistencia del Reich quedó desbaratada sin remedio.

Boceto del lienzo

Boceto del lienzo.

(Augusto Ferrer-Dalmau)

Según explica Carlos Caballero Jurado en ‘La División Azul. De 1941 a la actualidad’, el primer punto donde el frente del Grupo de Ejércitos Norte alemán se colapsó «fue el sur del Ilmen, donde los soviéticos cruzaron el ángulo suroriental desbordando el flanco occidental de la 290ª División alemana y avanzaron hacia Staraia Russa». La situación no podía ser más desesperada, pues las líneas ferroviarias de esta última ciudad eran claves para que las tropas pudiesen desplazarse por la zona. Pero, a pesar de la intensidad del ataque, el Ejército Rojo no pudo acabar en su avance con una pequeña guarnición germana presente en Vzvad, en la desembocadura del río Lovat. Eran 543 soldados.

Como la División Azul era la unidad más cercana a ese punto, el 8 de enero recibió órdenes de reforzar Vzvad. Muñoz Grandes aceptó sin remilgos: «Haremos cuanto esté en nuestra mano realizar, y hasta puede ser que algo más». ABC recogió en un artículo publicado el 13 de febrero de 1942 aquel momento: «El general […] tiene extendido ante sí el mapa del lago Ilmen y calcula la distancia que medía entre sus riberas septentrional y meridional. Es menester efectuar un recorrido de 30 kilómetros para alcanzar la aldea rusa de X, partiendo de las posiciones guarnecidas por la División Azul». El reportaje también señalaba las bajas temperaturas a las que tendría que hacer frente el grupo: un mínimo de 40 grados bajo cero.

«Me cuesta ver la controversia en este cuadro. La que muestro es la historia de valor y de sufrimiento de unos compatriotas, y lo sería igual si la hubiesen protagonizado soldados del bando contrario»

Los elegidos para tal tarea fueron los soldados de la Compañía de Esquiadores 250ª, una unidad creada en noviembre de 1941 sin apenas formación. «Eran 207 hombres que, en su mayoría, no habían esquiado en su vida. Quizá solo como deporte o entrenamiento», señalaba Jiménez Rodríguez. Al mando quedó el capitán José Manuel Ordás, que ordenó a sus hombres prepararse para la larguísima travesía a través del lago helado.

Cruzar el Ilmen

El episodio fue narrado, día a día, en el ABC de la época. «El 10 de enero, antes del alba y cuando todavía la luz bañaba en pálidos tintes el paisaje petrificado de hielo, se pone en marcha el capitán Ordás con su compañía de esquiadores, compuesta de soldados, de algunas ametralladoras, una estación radiotelegráfica de campaña, un médico y provisiones para tres días». Y también con trineos tirados por caballos, como bien muestra Ferrer-Dalmau en su nuevo cuadro. Las condiciones fueron atroces: temperaturas de hasta 58 grados bajo cero, zonas líquidas en las que había riesgo de ahogamiento, mapas pésimos, ventiscas constantes… El periódico lo plasmó: «Sobre el lago se han formado bastiones de hielo que hay que salvar con un rodeo».

Boceto del lienzo

Boceto del lienzo.

(Augusto Ferrer-Dalmau)

A pesar del pésimo tiempo y de los problemas con la emisora, los divisionarios pudieron escuchar durante su marcha los mensajes de su jefe. El primero de ellos, enviado poco después de las nueve y media de la noche del 10 de enero: «La guarnición continúa resistiendo heroicamente. Es preciso salvarla. Lo exige el honor de España y la hermandad de armas que liga a nuestros dos pueblos. Tenemos depositada la máxima confianza en los soldados de Ordás. Portaos como valientes». No fue el único. Al día siguiente, el capitán recibió un mensaje directo de Muñoz Grandes: «La guarnición, perdida si todos nuestros soldados sucumben sobre el hielo. Sigue luchando con los pocos que te quedan. Y si es preciso, continúa combatiendo tú solo hasta la muerte».

Los vaivenes provocados por las grietas y las barreras de hielo hicieron que el trayecto se alargara. «Además, durante el camino pasaron por varias pociones alemanas porque se perdieron y porque, en muchos casos, querían asegurarse de que en ellas había todavía soldados germanos. Hicieron labores de observación. Eso también contribuyó en que hubiera muchas bajas. A algunos hubo que amputarles los dedos de los pies por el frío. Y otros tantos fallecieron de hambre», explicaba el profesor universitario a ABC. A la primera de estas posiciones arribaron el 12 de enero: Ustrika, una ciudad al oeste de Vzvad. Su ayuda fue clave para defender la zona y liderar un contraataque junto a la 81ª División.

Boceto del cuadro

Boceto del cuadro.

(Augusto Ferrer-Dalmau)

Terminada la batalla en Ustrika, los españoles solicitaron volver a su misión original, pero el alto mando alemán se negó. Necesitados de ayuda como estaban, reforzaron a los españoles con una unidad letona y les ordenaron partir hacia Schismorovo, una región clave para restablecer las comunicaciones por ferrocarril. Allí lucharon hasta el 14. Por entonces, apenas quedaban en el contingente 60 miembros. Luego fueron enviados a Staraia Russa, donde resistieron el 17 el asalto de unidades acorazadas rusas. «El 20 de enero, a las 14:30, el capitán Ordás puede anunciar en un mensaje que el enemigo ha sido rechazado definitivamente. El jefe de la División alemana tiene sentidísimas palabras de cordial reconocimiento para los valientes», explicó ABC.

El 20, el mando alemán les permitió cumplir al fin su misión original y dirigirse hacia Vzvad. Allí llegaron un día después, cuando los defensores habían iniciado su retirada. «En la tarde del 21 de enero logran, por fin, abrazarse los muchachos de la compañía de esquiadores y los defensores de la aldea», explicaba este diario. Así terminó una marcha de 14 días que habían cumplido tan solo 12 hombres. Entre ellos, Ordás.