[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE OFF CAMPUS]

Los primeros minutos de metraje de Off Campus son una declaración de intenciones: la serie arranca con una pantalla partida, mostrando dos mundos opuestos, el de Hannah (Ella Bright) y Garrett (Belmont Cameli), que convergen en las duchas de un vestuario de hockey. Aún no sabemos a dónde nos llevará esta historia, pero, nada más empezar, confirmamos que se tratará de un amorío deportivo e improbable que no temerá subir la temperatura. 

El nuevo romance juvenil de Prime Video, hogar de otros éxitos del género como El verano en que me enamoré o Maxton Hall, tiene mucho de cúmulo de tropes literarios. Los protagonistas, estudiantes en la universidad de Briar, son dos polos opuestos (ella, una aspirante a compositora que compagina trabajos para poder graduarse; él, el capitán del equipo de hockey e hijo de una leyenda del deporte) que se ven envueltos en una relación falsa. 

Hannah acepta ayudar al popular deportista a aprobar una asignatura a cambio de que Garrett se haga pasar por su novio para poner celoso al verdadero interés romántico de la joven. El ‘fake romance’ desemboca en una amistad que, entre alusiones a Dirty Dancing, himnos musicales compartidos y traumas enquistados, desemboca en un ‘friends to lovers’. 

Si bien su preludio y el denostado género del romance juvenil pueden provocar ceños fruncidos y espantar a más de un espectador prejuicioso, esta premisa es solo el envoltorio que cubre una apuesta singular por lo mucho que reflexiona y ahonda en el amor en mayúsculas, ese que alivia y otorga sentido de pertenencia, sin limitarse a sentimentalismos facilones o entregarse únicamente a la química de su pareja principal. 

La primera temporada de Off Campus aboga por las relaciones sanas, subrayando el consentimiento, plasmándolas como un espacio seguro donde la confianza y la comunicación rigen las dinámicas de forma natural. Hannah y Garrett son, en el fondo, dos personas que eluden la conexión profunda por sus heridas del pasado. Fueron víctimas de abusos (ella sufrió una violación en el instituto y él fue maltratado por su padre) y, primero como amigos y luego como amantes, encuentran en el otro un lugar de catarsis y recuperación. 

Ellos son el corazón latente de un romance reparador, protector, sólido, un ejemplo del que debería tomar nota un género que a menudo ha romantizado demasiados patrones tóxicos en favor del drama instantáneo. 

Ese vínculo aspiracional se enfatiza a través de sus amigos, Logan (Antonio Cipriano), Dean (Stephen Kalyn), Allie (Mika Abdalla), Tucker (Jalen Thomas Brooks) y demás compañeros en Briar, futuros protagonistas de la ficción, secundarios con el tiempo de desarrollo justo que oscilan entre el alivio cómico y las confidencias, que suman a la trama principal, que representan la otra gran historia de amor en la franquicia de Kennedy: la amistad. 

Garrett, Hannah y los demás: de los libros a la pantalla

Como toda buena adaptación, Off Campus se toma licencias con respecto a las novelas que la inspiran, pero se vale del lenguaje audiovisual para elevar la historia, actualiza referencias pop y toma desvíos argumentales que sostienen mejor las luchas internas de los personajes (por ejemplo, el padre de Garrett, lejos de ser un villano tan obvio como el del libro, se vuelve más sibilino). 

Ciertos cambios resultan más drásticos y podrían chirriar a los lectores de Kennedy, como la presencia en esta primera entrega de enredos que en la saga literaria tienen lugar más tarde. Sin embargo, la buena mano a la hora de adaptar la relación de Hannah y Garrett, con bifurcaciones pero guardando la esencia, merece que confiemos en la visión de la creadora Louisa Levy. 

Off Campus es, además de una oda a las relaciones sanas, una carta de amor a la época universitaria, a la entrada en la edad adulta, al viaje de autodescubrimiento y a la familia elegida. Es quemar el pavo de Acción de Gracias con esos amigos convertidos en hermanos, mirar ensimismado lo bien que canta en un karaoke la chica que te gusta, asistir borracho a una obra de Shakespeare. Off Campus es una carta de amor al hogar que construyes, un recordatorio para que escribas a las personas que te suman, un abrazo hecho de tus canciones y películas favoritas. 

Decía Taylor Swift en su canción Cardigan que, cuando eres joven, la gente asume erróneamente que no sabes nada. Sin embargo, tus deseos y aspiraciones jamás son tan libres como en la veintena, con las esperanzas de la adolescencia recalibrándose pero sin haber sido tocadas por el desaliento de la edad adulta. De eso habla esta serie, de ese «yo» ilusionado, temeroso, resolutivo, autoexigente, perdido, valiente, enamorado, perfectamente imperfecto y en constante evolución. 

Off Campus no se avergüenza del género romántico juvenil al que pertenece, lo trasciende; se contagia de sus clichés para dignificarlos, para demostrar que, con visión, el equilibrio entre la comedia romántica y el drama humano, una factura impecable y un elenco afinadísimo, no hay mejor aliado que el romance para retratar las transformaciones y las conexiones humanas. 

Los fanáticos del amor en todas sus épocas, seguidores de El verano en que me enamoré o Los Bridgerton, encontrarán aquí las mejillas sonrojadas, la química y la pasión sexual que buscan. Los espectadores dispuestos a dejar sus prejuicios y el desaliento de la edad adulta a un lado, probablemente se sorprendan viéndose reflejados en los protagonistas, nostálgicos de aquel momento en el que empezaron a escribir su propia historia.