Luka Doncic ya no es un crio. Ha dejado de ser un niño prodigio y la realidad básica, una que acepta muchos matices, es que está doblando la esquina del cómo de arriba podrá ubicarse en la lista de los mejores jugadores de siempre (un debate que ahora, y hasta nueva orden, está cerrado) y se está acercando peligrosamente (solo acercando, por ahora) a la avenida del podría retirarse como el mejor jugador de la NBA que nunca consiguió ganar un anillo. Con las carreras de las grandes estrellas sucede, como con tantas cosas, que muchas veces cuesta interpretar el presente entre revisiones del pasado y cálculos, de lo científico a lo adivinatorio, sobre lo que está por venir (lo que luego se revisará, y vuelta a empezar). Y más cuando, como en el caso de Doncic, una buena parte del nudo, el tramo central, ha quedado enredado en una transición que debería terminar ya para que le salgan las cuentas (deportivas).

Doncic lleva ocho años en la NBA, eso es el grueso de una carrera, y tiene 27 años que serán 28 cuando comiencen los próximos playoffs. Los trayectos, es obvio, son ahora más largos para unas estrellas que se retiran más tarde y también llegan antes, sin las estancias más largas en college de los viejos tiempos. Pero sigue habiendo un compás deportivo que, en teoría, pone al esloveno en su prime, a las puertas de su momento aunque parezca que (no debería ser así) muchos debates ya se han agotado, de tanto manosearlos, con él.

Michael Jordan y Nikola Jokic, por ejemplo, ganaron su primer anillo a los 28 años, LeBron James a los 27 y Stephen Curry y Giannis Antetokounmpo, a los 26. En la historia de la NBA no hay apenas casos de jugadores que fueron campeones con menos de 25 como, a la vez y claramente, el referente definitivo de sus equipos: Tim Duncan, Dwyane Wade (al lado de David Robinson y Shaquille O’Neal, eso sí), Larry Bird, Bill Walton y, si acaso, el Magic Johnson de 1985, que ya había ganado dos títulos con dos MVP de las Finales pero en un equipo, sobre todo en el primero (él era rookie), que todavía giraba en torno a Kareem Abdul-Jabbar.

Así que, en teoría, Doncic debería estar en la lanzadera hacia sus mejores años aunque, para dar eso por bueno, primero hay que hacer las paces con el concepto inicial: ya no es un jugador joven, aunque todavía no es un jugador veterano. Y hay cuentas, en el saco de lo colectivo, que han engordado poco mientras se discute cuánto se han reducido parámetros que teóricamente miden su retroceso físico (número de penetraciones por partido, volumen de tiros cerca del aro…), se rumian peligros por sus lesiones musculares en la era de las lesiones musculares, las de un baloncesto cada vez menos sostenible en la encrucijada de un número de partidos que no se reduce y un ritmo y estilo de juego que cada vez exige más, y por el cuestionable cuidado de su cuerpo que ha tenido en algunos momentos de su carrera. Y mientras The Athletic cuenta que repetirá la dieta que le devolvió a una forma óptima el pasado verano, él anuncia que no jugará con Eslovenia, algo que en el pasado hubiera sido inimaginable, porque está metido en una batalla legal por la custodia de sus hijas, otra prueba de cuánto ha ido avanzando en su vida. Que es algo que muchas veces ni se planifica: sucede. Y por eso el tópico del que se mira al espejo y se pregunta dónde narices han ido a parar los años. Sí, a las estrellas de la NBA les sucede también. En carreras, además, que duran un suspiro. Todo depende de que con qué se las compare.

La madre de todos los veranos

Lo bueno aunque puede acabar siendo lo malo, en todo caso lo estimulante y lo vertiginoso de este momento de la vida profesional de Luka Doncic, es que el punto de inflexión clave al que se asoma este verano coincide con uno igual de determinante, un momento bisagra, para unos Lakers que se han pasado el último año y medio intentando igualar el timeline de su proyecto deportivo al de su gran estrella. Lo han conseguido, más o menos. Pero ese no era el trabajo, no el definitivo. Era el trabajo para poder hacer el trabajo. La antesala: de la gestión de las próximas semanas (especialmente entre ocho y diez, digamos) depende el futuro a corto plazo de la franquicia, seguramente el techo (insisto: logros colectivos) de la carrera de Doncic y desde luego una relación que se ha ido consolidando y fortaleciendo después de ese extraño trance que fue el traspaso/suicidio de los Mavericks. Un súper jugador traspasado cuando era lo último que quería y todavía con 25 años. Insólito. Una megaestrella que llega a los Lakers con cara de pero qué demonios hago aquí. Todavía más insólito.

La buena noticia es que la cosa va bien: Doncic ha encajado y los Lakers se esforzaron desde el primer día, hay muchas cosas que no salen en la prensa, en que tuviera claro que no está en un equipo cualquiera y que ser la estrella de los Lakers no es lo mismo que ser la estrella de otro equipo. Ambas partes fueron consensuando el plan de mínimos que ha desembocado en este verano con dos pasos sin fallo por playoffs (bien) pero sin opciones reales de ganar el título (mal). No las habrían tenido ahora, o eso es el pensamiento más lógico, aunque Doncic no se hubiera perdido los diez partidos de los Lakers en estos playoffs.

“Estoy muy cómodo, me encanta ser un laker”, dijo -una reafirmación sedosa que espanta unas habladurías que hace mucho que no tienen fuerza- cuando se cerró oficialmente la temporada 2025-26 con el 4-0 contra los Thunder. “Empieza la cuenta atrás”, dicen en la liga con la vista puesta, con obvia curiosidad, en una reformulación que atraerá miradas como un imán. La cuestión es que, efectivamente, ahora sí se escucha el tic tac del reloj, para bien y para mal. Si las cosas no se hacen bien o se hacen bien pero salen mal, que también sucede, dentro de un año el debate será muy distinto. Las caras antes de las vacaciones, también. Y los Lakers, este es el punto de partida, conviven en el Oeste con dos proyectos monstruosos que marcan el ritmo, los de Thunder y Spurs, a los que no van a ganar solo a base de buena sintonía, esgrimiendo el poder de la amistad. Y a los que, o eso parece, no tienen solo a un par de buenos movimientos de distancia.

La temporada de los Lakers ha sido buena: 53 victorias (53-29), la mejor cifra desde que el equipo fue campeón en 2020. No ha sido la catástrofe que anticipaban los más pesimistas cuando desde los despachos se afrontó la construcción de la plantilla con el objetivo principal de evitar cargas de contratos futuros y no gastar balas para lo que tendría que venir en 2026 y/o 2027. Pero tampoco ha sido un milagro con techo de anillo. Como mucho, y es algo, ha sido el trayecto de un buen equipo, por tramos muy bueno, que se ha ganado el derecho a regalarse un what if: cuando se lesionaron Luka Doncic y Austin Reaves en el mismo partido, en OKC un maldito 2 de abril, los Lakers venían de un marzo imperial en el que habían firmado un 15-2 con sensaciones excepcionales, de equipo en el top 5 de la NBA -justo en el momento oportuno- y la mejor versión en dos años de un Doncic que cayó para, sin tratamientos milagrosos en ningún lado del Atlántico, no jugar más.

Pero en ese marzo que sí existió Doncic reabrió el caso del MVP (solo por unos días) y promedió 37,5 puntos (doce partidos seguidos de al menos treinta, el tope de un base desde 1966), 8 rebotes y 7,4 asistencias con un 39,2% en triples. En esas semanas sí, y sin duda, los Lakers comprobaron que Doncic no había pasado a ser buenísimo pero no tanto como antes, que todavía podía ser uno de los tres o cuatro mejores jugadores del mundo, uno sobre el que construir un equipo campeón. De los que firman un par de milagros cuando lo demás no alcanza. Los que, en definitiva, separan a los aspirantes de los campeones.

Porque lo cierto es que las dudas han existido, y en parte han sido legítimas: cómo de bueno (¿todavía top 5, ahora top 10?) seguía siendo, cómo se comportará su físico en lo que está por venir de su carrera, habrá forma de ocultar sus carencias defensivas. En marzo, los Lakers jugaron como un equipo capaz de llegar lejos en playoffs si los astros se ponían de su lado, al menos un poquito. Si no para ser campeones, desde luego, y como mínimo, para no hacer el primo. Pero las lesiones de Doncic (sobre todo) y Reaves cerraron virtualmente una temporada que se reservó un buen final: eliminaron a los Rockets en una primera ronda que parecía perdida antes de jugar. Y después hicieron lo que pudieron contra unos Thunder en todo caso inalcanzables. En ocho enfrentamientos entre regular season y los playoffs, 8-0 y +181 de diferencial total, la cuarta mayor en un cara a cara de siempre, la más amplia desde 1987. Con Doncic los Lakers habrían estado algo más cerca, podrían haber ganado algún partido. Pero difícilmente la eliminatoria. Dejaron, en todo caso, esa puerta abierta al what if y aroma a equipo formal. Serio, esforzado, bien entrenado y con cultura. ¿Sirve para algo? Debería, al menos.

Decisiones en todos los niveles

Porque todo lo que han hecho los Lakers en las últimas ventanas de mercado, y sobre todo lo que no han hecho, estaba dirigido a este momento, a lo que vendrá ahora: el fin de la era LeBron James (siga o no siga la próxima temporada el eje se ha movido) y el puente hacia ese futuro que surgió de la nada cuando, todavía cuesta creer cómo, Doncic se puso a tiro en el invierno de 2025. Pese que muchos les afearon la parálisis y la falta de órdagos, los Lakers cerraron con el (catastrófico) experimento fallido con Russell Westbrook los golpes de efecto para la pareja LeBron James-Anthony Davis. La llegada de Doncic ayudó a cerrar sin traumas ese núcleo, que había sido campeón, y redefinió una ruta que podía permitirse, tan grande era la fuerza gravitatoria del recién llegado, sacar a LeBron (que ya ha cumplido 41 años…) de la cima de la pirámide. De pronto, el objetivo era el primer anillo de Doncic, no el quinto de LeBron. Aunque ambas metas podrían parecer la misma, al menos en un mundo ideal, hay algo más que un matiz obvio en la forma de planificar: en los tiempos. Se trataba de asegurar la renovación del esloveno, poner el peso en el medio plazo, terminar de cerrar deudas de operaciones pasadas y plantear una redefinición completa en el plan estratégico.

Doncic renovó el pasado verano y certificó así su apoyo al plan. Firmó por tres años y 165 millones. Evitó así la extensión máxima para flexibilizar sus opciones y optar, este era el asunto principal, a otro grandísimo contrato que debería llegar en 2028, si renuncia a su player option para ese verano, por otros cinco años y más de 400 millones. Siempre fue lo que más sentido tuvo desde un punto de vista contractual, pero es además un camino permite a Doncic jugar con esa posible condición de agente libre en el verano de 2028 y, por lo tanto, de jugador (de facto) ante un último año de contrato el próximo (2027). En la NBA, y más en esta era de los aprons y las reinvenciones, de los proyectos exprés, la estabilidad es un valor cada vez más frágil y la línea entre la construcción y la reconstrucción acaba siendo extremadamente fina.

Esto, en esencia, implica que los Lakers estarán en una situación muy complicada si su reinvención de los próximos meses no saca buena nota. Serán, en las proyecciones actuales, el segundo equipo con más espacio salarial en el mercado veraniego: hasta 48,1 millones que solo supera, ahora, Chicago Bulls (54,4); y al que se solo se acerca otro equipo en reconstrucción, Brooklyn Nets (47,7). Eso en, y aunque hay otras formas creativas de usar ese margen, un momento en el que construir a partir del mercado de agentes libres y de la liberación de masa salarial está pasado de moda, no es el formato de ingeniería óptimo en tiempos en los que los jugadores importantes, sobre todo las estrellas, se mueven en traspasos y los equipos planifican a través de ellos y el draft. El convenio aprieta demasiadas tuercas. Eso no quité que todos, no puede ser de otra manera, hagan cuentas por si Nikola Jokic (difícil) o Giannis Antetokounmpo (quién sabe) aparecen como torpedos en el mercado veraniego de 2027. Por todo esto no es descartable que si el plan A de este verano no cuaja o hay cantos de sirena de rango altísimo para el siguiente, los Lakers podrían regresar a un formato continuista que exigiría, otra vez, mucha paciencia y poco barullo.

Los Lakers, además, entraron en un histórico proceso de venta casi en paralelo a la llegada de Doncic. La salida (en diferido) de la histórica familia Buss y la entrada (paso a paso) de Mark Walter, que en los últimos años ha invertido mucho y ha ganado mucho con los Dodgers, redobló el optimismo e hizo tener miedo de forma legítima a unos rivales que anticipaban un gigante relanzado por un nuevo propietario, que está en proceso de potenciar y diversificar una estructura de despachos que se había quedado obsoleta y raquítica, desfasada y con demasiada tendencia a la endogamia. Muy a remolque con respecto a los nuevos modelos de éxito, los modernos, de la actual NBA. Pero, ¿una franquicia con el poder de atracción de los Lakers con un propietario dispuesto a gastar y poner al día su potencial, y con una estrella todavía en su prime como Doncic? Eso es otra cosa, una seria de verdad. El esloveno, por cierto y según la prensa de Los Ángeles, tiene una relación fluida, cercana y por ahora óptima, con Walter.

Una plantilla ante un nuevo universo

El problema es que ahora mismo los Lakers 2026-27 son un lienzo prácticamente en blanco. La flexibilidad y la maniobrabilidad que se han apilado son la herramienta, no el fin. De los quince jugadores que han terminado la temporada en nómina, hasta nueve pueden ser ahora agentes libres. Lo serán seguro LeBron James, Rui Hachimura, Luke Kennard, Maxi Kleber, Jaxson Hayes y probablemente Nick Smith Jr. Y de los que tienen tienen player options, Austin Reaves: 14,8 millones que rechazará en busca de un contrato mucho más largo y lucrativo. Y habrá que ver qué deciden otros dos titulares, Deandre Ayton (8,1) y un Marcus Smart (5,3) que fue un fichaje que chirrió a muchos pero que ha aportado: en pista y en el vestuario. De hecho, el ingrediente secreto para que la mezcla de Doncic, Reaves y LeBron funcionara era él, el cuarto elemento, al menos si se atiende a las mediciones de la estadística avanzada.

Los Lakers tienen asegurados los 49,8 millones que cobrará Doncic, pero a partir de ahí casi todo está por decidir. Jarred Vanderbilt (12,4) y Jake LaRavia (6) tienen contrato pero por cantidades que a los Lakers les encantaría perder de vista, amasar en un traspaso por una pieza de más valor deportivo. Dalton Knecht (fallido pick 17 del draft de 2024) es un tirador que no mete los tiros que ha perdido cualquier valor, incluso el más residual, después de dos temporadas muy malas. Los Lakers (hay una team option de 4,2 millones) tendrán difícil usarlo como pieza de intercambio porque casi nadie lo considerará reconducible, todavía de techo alto. Adou Thiero, elección de segunda ronda el año pasado, llegó muy verde y se ha pasado media temporada con problemas físicos. Es difícil saber si los Lakers pueden contar con él, en los plazos que requiere el siguiente proyecto, como especialista defensivo y turbina física. Entre él y Bronny James, cuyo futuro podría (o no) estar vinculado al de su padre, ocupan menos de cinco millones de esa masa salarial por redefinir.

Los Lakers tienen su primera ronda (pick 25) del próximo draft (2026), una noche en la que dispondrán (no antes) de tres (y opciones de intercambio: swaps) con las que ya se puede pensar en traspasos de rango alto. En el pasado reciente han vivido exprimidos por intentos acertados (Davis) o totalmente errados (Westbrook). Casi sin rondas y con la moraleja que obliga, ahora, a maximizar las que van entrando: usarlas con tino, detectando las oportunidades adecuadas, el precio justo. La de 2032 tendrá valor porque nadie sabe dónde y cómo estará entonces Doncic, pero operar alegremente con ella reventaría las opciones de usar las de 2031 y 2033 (no se pueden traspasar dos primeras rondas de draft consecutivos: sí usarlas en intercambios). Y, aviso para los más ansiosos, la ventana de oportunidad más propicia para usarlas puede apuntar al próximo mercado invernal. Eso, claro, devolvería al equipo a la construcción en suspenso. Entre la paciencia y el ejercicio de fe.

Las necesidades son obvias: un pívot que encaje con el estilo que ayuda a que Doncic meta el turbo: que intimide y acabe jugadas por encima del aro; y especialistas defensivos, físicos y polivalentes, que además puedan anotar triples liberados. Es más fácil enumerar roles que encontrar nombres en el mundo real, claro, pero es el molde del equipo con el que, en los Mavericks, Doncic llegó a los Finales de la NBA en 2024. El que, dicen los periodistas Sam Amick y Dan Woike, le han prometido los Lakers que intentarán replicar ahora. Volver a lo que funciona.

El esloveno, hace dos años, era el rey sol con un segundo generador, Kyrie Irving (lo que, en su rango, debería replicar Austin Reaves) y, junto a ellos, una guardia pretoriana defensiva que incluía a PJ Washington, Derrick Jones Jr, Dereck Lively II o, en los márgenes, Dante Exum. Esa versión de los Mavs ganó el Oeste acabó con la decimoséptima mejor defensa de la liga… pero la séptima desde la reconfiguración del mercado invernal. En 2022, cuando Doncic pisó por primera vez la final de Conferencia, también tenía a un segundo generador (un Jalen Brunson en ascenso) y perros de presa como Dorian Finney-Smith y Reggie Bullock, entonces ejemplos perfectos de 3&D: defensores con tiro exterior. Un rol en el que entonces todavía encajaba Maxi Kleber. Ese equipo, que también tenía a Frank Ntilikina y empezó la temporada con Kristaps Porzingis como protector del aro en ayudas a Dwight Powell, firmó el mejor rating defensivo de un equipo de Doncic en un curso completo: octavo de la NBA.

Distintas formas de enfocar el futuro

Para los Lakers, que han terminado muy satisfechos con JJ Redick y que por lo tanto ni se plantean cambios en el banquillo, podría haber un plan impredecible que pasaría por una llegada bombástica que tendría que materializarse de lo que ahora es la nada: si Giannis se mueve vía traspaso, y parece casi inevitable, hay pretendientes capaces de hacer ofertas mucho mejores. Y el griego, que podría apretar (más o menos) para dirigir lo más posible la operación, prefiere -o eso se dice- seguir en la Conferencia Este. Donde, entre otras cosas, el camino a las Finales parece más recto. En el Oeste, Thunder y Spurs, Shai Gilgeous-Alexander y Victor Wembanyama, marcan un listón altísimo mientras los demás deciden si van o vienen: Nuggets, Timberwolves, Rockets…

Por ahora, esa vía disruptiva parece un castillo en el aire. Pero a veces sucede: Luka Doncic es jugador de los Lakers. El propio esloveno, sin embargo (otra vez, Amick y Woike), prefiere que se priorice la continuidad de Reaves y se construya a partir de ahí. De hecho el plan podría ser más continuista, finalmente, de lo que a buena parte de la afición le gustaría (lo nuevo siempre es más emocionante). Los Lakers verían con buenos ojos el regreso, aunque por el precio adecuado, de Hachimura, Kennard y Hayes. Está por ver qué decide Ayton, en absoluto un pívot de primer nivel pero que ha cumplido para lo que su porcentaje salarial exigía.

Lo ideal sería tener otro tipo de cinco, con Hayes como suplente, pero será difícil encontrarlo en las condiciones adecuadas. Walker Kessler es un sueño ya de largo recorrido y Jalen Duren aparece como una opción sugerente (aunque sus playoffs están siendo un jarro de agua fría). Pero ni Utah Jazz ni Detroit Pistons han dado señales de que vayan a facilitar una salida. Así que la vía puede acabar siendo, también en esto, la conservadora: poco después del traspaso de Doncic, los Lakers apostaron por Mark Williams y luego pararon una operación que ya se había anunciado. En parte por el riesgo de lesiones que persigue al ex de Duke; pero también, seguramente, porque no era una opción ideal como apuesta fuerte, definitiva para armar un proyecto superior. Williams acabó en los Suns, donde no ha quitado la razón a quienes piensan así.

Smart es otro jugador que, visto los visto, los Lakers querrían de vuelta salvo que se presente una oportunidad mejor. Comprobado su rendimiento, sería una buena noticia que acepte su player option (5,3 millones), aunque podría declararse agente libre y optar a más: si es en L.A., sería como mucho algo parecido a un contrato de dos años y unos 20 o 24 millones en total. Pero, en definitiva, la decisión que de verdad moverá montañas será el nuevo contrato de Austin Reaves, que ha repetido cada vez que ha hecho falta que no quiere cambiar de equipo. Tal y como se ha ido exprimiendo el mercado, tampoco habrá huecos gigantescos en otras horas salariales y algunos de su teóricos pretendientes, como Utah Jazz, han movida ya sus fichas en otra dirección.

Reaves ha sido un chollo durante su contrato de cuatro años y 53,8 millones de dólares. Y ahora, de forma legítima, quiere adecuar su salario a su historia, la de unos de los mejores jugadores no drafteados de siempre. Aspira a un máximo de cinco años y hasta 241 millones, pero los Lakers preferirían moverse en un rango de cuatro y entre 150 y 175. Todo apunta a que, con la bendición de Doncic, ambas partes se encontrarán en algún punto del camino. El escolta de Arkansas es un excepcional jugador de ataque que sufre en defensa, especialmente contra esos rivales los ultra físicos… que inevitablemente marcan el ritmo en el Oeste. El quid de la cuestión es cuánto dinero es demasiado, porque los Lakers tienen pocas formas de reemplazar su rendimiento y ninguna gana de dejar que se vaya como agente libre, sin dejar nada en caja. Plantear un sign and trade (firmar con un traspaso a otro equipo cerrado) es un juego peligroso que puede provocar indigestiones si no fructifica. Así que parece lo más lógico apostar por Reaves al lado de Doncic… y matarse buscando buenos defensores que trabajen a destajo para cubrir las carencias, atrás, de un backcourt así de vulnerable.

Al final del camino, LeBron James

Puede funcionar, pero solo con un lote de acompañantes muy concreto, especializado y de elite en su rol. Al menos, si se piensa en las últimas instancias de los playoffs. La NBA evoluciona hacia equipos cada vez más profundos y físicos, con rotaciones largas, menos estrellas principales en los eslabones fuertes pero más jugadores útiles en los débiles. Si se piensa en refuerzos de primer rango, las opciones realistas que han sonado son las que son: Tobias Harris es un anotador profesional, con un rango de tiro que sería muy útil; pero en julio cumplirá 34 años y, aunque será agente libre, su primera opción es seguir en los Pistons, la última gran historia de éxito del Este.

En el mercado de agentes libres restringidos (aquellos con los que sus equipos pueden igualar las ofertas que reciban y retenerlos) no habría más remedio que pagar de más para sacar de los Rockets a un alero como Tari Eason (irregular, encajaría a las mil maravillas en su mejor versión) y sobre todo a Peyton Watson de los Nuggets, un aspirante a estrella que en las Rocosas quieren mantener a toda costa. Incluso si eso implica, asunto peliagudo pero veremos si inevitable, traspasar a un titular (Cam Johnson, Aaron Gordon si desaniman drásticamente sus permanentes lesiones musculares…). Watson tiene 23 años, dejó esta temporada (entre un reguero de problemas físicos) aroma a jugadorazo en ciernes y sería un alero perfecto para un equipo que empieza en Doncic y Reaves. Pero tendrá más pretendientes (¿los Nets?) y los Nuggets, aunque pondrá a prueba sus normalmente escasas ganas de gastar más de la cuenta, no querrán perderlo.

La última pata de la mesa, claro, es un LeBron James con el que no hay ninguna certeza. No se sabe si seguirá o no, pero parece más probable que lo haga y se convierta en el primer jugador con 24 años en la NBA (cumplirá 42 en diciembre) después de haber sido, finalmente con un enorme éxito (por lo visto en playoffs), el primero con 23. Hace meses se llegó a dar por hecho que si seguía no sería en ningún caso con los Lakers, pero ahora esa opción vuelve a ser realista. Seguramente querrá ganar un quinto anillo, pero tal vez tenga que acabar aceptando la opción que adapte mejor su ambición deportiva con sus planes familiares.

Los Lakers pueden, con su estela además de vehículo legendario, ser ese molde. El más conveniente, puestas todas las cartas sobre la mesa. Cuesta imaginar un sí a los Warriors o imaginar opciones tapadas (¿Clippers?), y mientras Knicks y Cavaliers sigan en competición no habrá noticias sobre qué querrán hacer con sus proyectos. El regreso a casa con los Cavs siempre será una baza posible, aunque muy difícil desde un punto de vista salarial, mientras no se demuestre lo contrario. Por si acaso, los Lakers tienen sus bird rights (pueden pagarle más que nadie), su relación con Doncic es estupenda (con Reaves también) y en el citado estirón de marzo jugó muy cómodo como secundario, con menos bola y exigencia. Los Lakers, que ya marcaron terreno y le dejaron claras las prioridades, le abren la puerta porque ya ha quedado claro que sería en sus términos, los de la franquicia. La llegada de Doncic les dio la fuerza para meter en ese rango la comunicación con un jugador histórico… pero en la obvia recta final.

Con otra estrella o con secundarios de primer rango; con Reaves o sin Reaves; con LeBron o sin LeBron; con una apuesta por ganar ya u obligados a esperar, otra vez, a las siguientes ventanas de mercado. Hay diversos formatos posibles para los próximos Lakers, los primeros que sí o sí tendrían que dar un gran salto competitivo con Doncic a los mandos. Y casi todos pueden funcionar… o estrellarse. Así que, sin más demora, una relación por ahora muy bien avenida se enfrenta a un trance clave, el que la asentará contra viento y marea o el que puede meter a la franquicia en una batidora indeseable si la cosa no avanza. Es, para Doncic y los Lakers, básicamente una cuestión de ahora o nunca. Y empieza ya.

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