Nacido en la localidad de Aznalcóllar (Sevilla), se llamaba José Domínguez Muñoz, pero es dudoso que su nombre de pila fuera conocido entre los aficionados. Su imagen, que es icónica, está —y estará— asociada a su sombrero, a su real condición de cabrero, con la que se crio y a la que nunca quiso abandonar del todo y, sobre todo, a su cante, que no se entiende sin sus letras, inundadas de rebeldía y reivindicación social y campesina. La suya es una larga carrera de casi cincuenta años que se detuvo hace apenas siete, cuando enfermó y se retiró de los escenarios con la dignidad que siempre lo acompañó.

Fue el creador y dramaturgo Salvador Távora el que lo incorporó a su compañía, La Cuadra, a principios de los setenta del pasado siglo. Su cante era el complemento idóneo para el teatro del grupo, de carácter socialmente reivindicativo, pero su figura, marcada por su fuerte personalidad, se proyectaría de inmediato con una identidad propia, siendo uno de los artistas más reclamados en los por entonces esplendorosos festivales flamencos de Andalucía. También tuvo una importante proyección internacional que lo llevó a escenarios europeos —uno de sus discos más recordados es su directo en Paris (1994) con la guitarra de Paco del Gastor—y a eventos asociados con la world music.

Ni los ingresos de tanta actividad artística (no es suficientemente conocida su generosidad de donante para múltiples causas) ni la supuesta fama de artista popular —y, a la vez, de culto—, lograrían, sin embargo, doblegar nunca su indómita y luchadora condición.

Continuó su labor de pastoreo en el campo, por cuya defensa fue juzgado y condenado a dos meses de cárcel a principios de los ochenta, y mantuvo su condición de militante anarquista (CNT) durante años. Tampoco ello pareció impedirle el desarrollo de una carrera profesional que lo llevó a registrar una veintena de discos y que fue reconocida en eventos de la importancia del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba (1986) o el Festival del Cante de las Minas de La Unión (Murcia), donde obtuvo el Castillete de Oro en 2019.

Son distinciones que reconocen, aunque solo en parte, la verdad de su arte, de cantaor largo, con afición y con conocimiento de los estilos canónicos, pero, a la vez, con libertad sobrada para llevar su poesía —o la de otros poetas— al punzante fandango, a la tersa soleá, a la dolida seguiriya o a la pujante bulería, que por todos los estilos se le ha podido escuchar. Y, vueltos a su condición de artista de culto, no se puede obviar que, a lo largo de su vida artística, ha sido objeto de dos documentales que han retratado su figura: El Cabrero, el cante de la Sierra (1988), de la cadena francesa La Sept, nunca emitido en España, y Mi patria es la libertad, estrenado con motivo de su 80 cumpleaños.

Durante los últimos años, desde su enfermedad y retiro, su compañera —también manager y coautora de algunas de sus letras— desde los años setenta, Elena Bermúdez, ha mantenido de forma incansable la llama de El Cabrero en las redes sociales, algo por lo que los aficionados seguro que le estarán más que agradecidos.