Célebre por sus paisajes urbanos de ciudades como Madrid, Nueva York y Lisboa, Paula Varona salda hoy una deuda íntima con Málaga, donde nació. La … artista, conocida por su pintura realista, inaugura ‘Espacios y luces’ en el Museo de la Semana Santa de Málaga (Muro de San Julián, 2), una exposición patrocinada por la Fundación Unicaja que recrea interiores de museos como el Guggenheim, la Tate o el Prado pero también azoteas, jardines, patios y horizontes malagueños.
–Vuelve a Málaga, donde nació. Supongo que es una exposición especial para usted.
–Sí, es una exposición muy especial. Volver a Málaga significa regresar a mis raíces, al lugar donde comenzó mi manera de mirar y de sentir. Aquí nacieron muchas de las imágenes, luces y emociones que siguen presentes en mi pintura.
–¿Pinta Málaga desde la nostalgia o desde la observación?
–Hay nostalgia, claro, porque Málaga forma parte de mi memoria emocional. Pero también hay mucha observación. Cada vez que vuelvo intento mirar la ciudad de nuevo: su luz, sus espacios, el ritmo del mar, los silencios. Pinto tanto lo que recuerdo como lo que sigo descubriendo.
–¿Cuándo supo que quería dedicarse a la pintura?
–La pintura ha estado presente en mi vida desde que tengo uso de razón, pero llegó un momento en el que entendí que no era solo una pasión o una compañía. No puedo imaginar mi vida sin pintar. Es la forma más auténtica que tengo de expresarme y de relacionarme con el mundo.
«No puedo imaginar mi vida sin pintar. Es la forma más auténtica que tengo de relacionarme»
–Antonio Soler habla de «desmuseizar» el museo. ¿Comparte esa idea?
–Si, comparto plenamente esa idea. Creo que el museo deja de ser solo un lugar que contiene obras para convertirse también en una experiencia emocional, casi viva. Me interesa mirar el museo desde dentro, desmenuzarlo en sensaciones, reflejos, silencios, miradas y memorias.
–¿Qué le atrae de la imagen de gente mirando cuadros?
–Me interesa mucho la actitud de quien mira. Ese instante de silencio y conexión me parece profundamente pictórico y emocional. En esas escenas se crean distintos niveles de realidad: el cuadro, el espectador y la emoción que surge entre ambos. En el fondo, hablo de cómo el arte nos transforma mientras lo contemplamos.
–¿Hay algo autobiográfico en esas figuras que observan, pasean, se detienen…?
–Sí, claro. Estoy presente en varios cuadros de esta muestra. En ‘A la luz de Velázquez’, por ejemplo, aparezco subida a una escalera pintando dentro del propio cuadro. También están mi madre, mis hijos, las hijas de mi marido y mis perros paseando por la sala de ‘Las Meninas’ en el Museo del Prado. Hay mucho de mi vida y de mi mundo personal en esas escenas.

Varona vuelve a Málaga con ‘Espacios y luces’.
(Ñito Salas)
–Sus cuadros transmiten mucha calma. ¿Es una búsqueda consciente frente a la velocidad actual, frente a este tiempo de instantaneidad y ruido?
–Mi pintura busca espacios de pausa. Vivimos rodeados de velocidad, estímulos y ruido constante, y quizás por eso siento la necesidad de crear imágenes donde todavía sea posible detenerse a mirar y respirar.
–¿Se puede pintar el silencio?
–Sí, creo que el silencio también tiene espacio y presencia y puede pintarse. A veces aparece en una atmósfera, en una figura detenida, en una distancia o en una determinada manera de plasmar la luz.
–¿Cómo decide el instante exacto que quiere llevar al cuadro?
–Normalmente pienso lo que me gustaría pintar antes de empezar. No lo elijo por lo espectacular, sino por la emoción que me produce cuando se convierte en una experiencia emocional para mí.
«No elijo lo que voy a pintar por lo espectacular sino por la emoción que me produce»
–¿Hace muchas fotografías previas o trabaja más desde la memoria?
–Trabajo con fotografías, notas y apuntes, pero también con todo aquello que la retina guarda cuando estoy en el lugar que quiero pintar. La memoria siempre transforma la imagen inicial.
–¿Qué tiene la luz de Málaga que no encuentra en otros lugares?
–Málaga tiene una luz muy particular, como suspendida sobre las cosas. Es cálida, limpia y serena. Tiene una calma luminosa difícil de encontrar en otros lugares.
–Las vistas urbanas no parecen postales turísticas. ¿Es una huida intencionada?
–No me interesa la postal turística. Pinto ciudades vividas, con miradas desde dentro. Intento apartarme del ruido. Busco, la luz, el silencio y la poesía de lo cotidiano.
–El mar aparece como cierre de la exposición. ¿Qué representa para usted?
–El mar es muy importante para mí. Cuando no lo tengo cerca, me falta algo. Su sonido, el olor a mar. Lo llevo dentro desde mi niñez. Es un lugar donde la mirada puede descansar. El mar tiene algo de infinito y contemplativo: me encanta!!
–Álvaro Pombo habla de una «claridad pictórica» poco frecuente hoy. ¿Cree que el arte contemporáneo ha perdido interés por la belleza?
–No creo que haya desaparecido la belleza, pero quizás a veces se mira con desconfianza. A mí me interesa una belleza que emocione y que invite a detenerse. Durante un tiempo parecía que la belleza debía justificarse. Yo creo que todavía tiene una enorme capacidad para conmovernos.
–¿Se ha sentido alguna vez fuera de ciertas corrientes del arte contemporáneo?
–Sí, alguna vez. Pero nunca me ha preocupado demasiado. Intento ser fiel a mi manera de mirar y de pintar.
«Nunca me ha preocupado estar dentro o fuera de las corrientes. Intento ser fiel a mi manera de mirar»
–¿Qué le interesa de Velázquez, Goya o Sorolla desde una mirada actual?
–De Velázquez me impresiona la naturalidad y el misterio. De Goya, su profundidad humana. Y de Sorolla, la luz entendida casi como emoción. Me interesa cómo consiguen que la pintura siga sintiéndose viva y contemporánea siglos después.
–¿Hay algún cuadro suyo al que vuelva especialmente?
–Sí, hay cuadros a los que vuelvo porque tocan mi parte más emocional. Mi familia, mis perros y los lugares que para mí tienen un significado especial. Algunos marcan momentos importantes o descubrimientos personales dentro de mi pintura.
–¿Qué le gustaría que sintiera alguien al salir de ‘Espacios y luces’?
–Me gustaría que saliera con una sensación de calma, de pausa del tiempo, con la mirada un poco mas atenta a la luz y a los silencios de lo cotidiano.