Hubo un tiempo no muy lejano en el que Alexander Zverev estaba llamado a ser uno de los grandes favoritos para llevarse todos los grandes títulos del circuito. Su estilo de juego agresivo, su potencia en el golpeo y su capacidad para conectar ganadores pronto le convirtieron en uno de esos pocos jugadores capaces de hacer sombra al Big Three. Era uno de esos outsiders que les robaba títulos, algunos de ellos, de importante calado.

Fue en 2016, en San Petersburgo, cuando el alemán levantaba su primer título ATP. En los siguientes cinco años, se convirtió en campeón de 19 torneos diferentes, entre ellos consiguiendo grandes logros como el oro olímpico en Tokio o ser Maestro en dos ocasiones, en 2018 y 2021. Pero se le apagó la luz en 2022. Algunas lesiones y ciertas dudas en el juego le hicieron dar demasiadas vueltas a su estilo y el bloqueo se instaló en su tenis.

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Desde esa fecha hasta la actualidad, solo ha sido capaz de cinco títulos, el último hace ya más de un año. Actual número 3 del mundo, sus números (casi) siempre le permiten estar en las rondas finales de los torneos, pero no consigue dar ese salto cualitativo que le permita levantar grandes títulos. El problema es que no ha sido capaz de coger el relevo que se esperaba de este Big Three, testigo que jugadores como Jannik Sinner o Carlos Alcaraz sí han atrapado.

Dos jóvenes le han adelantado por la derecha, volviéndole a dejar con la miel en los labios. No termina de tocar metal, al menos el que tanto desea, y las dudas se han instalado con él. Empieza a demostrar un patrón habitual: combina enormes partidos con otros donde debería ganar, pero colapsa por cualquier situación —un error, una protesta, alguna situación de la grada— y se sale del partido. Cuando quiere darse cuenta, eso le ha costado la eliminación.

Es lo que, una vez más, le ocurrió ante Luciano Darderi, el rival de Rafa Jódar este pasado miércoles. Tenía el encuentro ganado, con cuatro bolas de partido, y falló. A partir de ahí, se desmoronó y el italiano le dio la vuelta al partido para derrotarle. Lejos de ejercer ningún tipo de autocrítica, aseguró que buena parte de la responsabilidad de lo sucedido era de la arcilla: «Para ser honesto, creo que esta es la peor pista de tenis en la que he jugado en mi vida», afirmaba.

El problema es que no es la primera vez que le sucede y las excusas empiezan a comerse a ese jugador que lo tiene todo para ser el mejor del mundo. Pero cerca de la treintena, el bloqueo empieza a dar paso a la resignación. De hecho, él mismo confirmaba lo difícil que es derrotar a alguien como Sinner, aunque asegura que se obliga a seguir creyendo en sus opciones de ganarle en Roland Garros. Eso sí, sin ninguna convicción en sus palabras.

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«Tengo que creer que soy capaz de vencerlo. Tengo que creerlo, de lo contrario, podríamos entregarle ya el trofeo sin llegar a jugar», afirmaba sobre el Grand Slam parisino. Parece más un mantra repetido para convencerse de que puede pelear contra él que un ejercicio de seguridad plena en sus posibilidades. Solo hay que ver los números para darse cuenta de una realidad: ha perdido sus últimos nueve partidos contra Sinner. Le tiene más que cogida la medida.

Siendo un grandísimo jugador, la realidad es que Zverev no pudo romper esa barrera para alcanzar el nivel de leyenda. No ha conseguido ser número uno del mundo ni posee ningún Grand Slam en su palmarés. Al menos, hasta la fecha. El problema es que el tiempo pasa y, lejos de dar ese salto hacia delante que le permita subir al escalón de los más privilegiados, siempre tropieza en el último momento. Roland Garros será una nueva oportunidad. ¿Podrá hacerlo?

Hubo un tiempo no muy lejano en el que Alexander Zverev estaba llamado a ser uno de los grandes favoritos para llevarse todos los grandes títulos del circuito. Su estilo de juego agresivo, su potencia en el golpeo y su capacidad para conectar ganadores pronto le convirtieron en uno de esos pocos jugadores capaces de hacer sombra al Big Three. Era uno de esos outsiders que les robaba títulos, algunos de ellos, de importante calado.